La deuda de los que vuelven / 34
32 · Lo que queda abierto
Cuarta parte · La puerta de ninguno
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Ninguno supo cómo recibirlo.
Neris empezó a reír, se enfureció con él y salió al patio antes de volver para abrazarlo. Beran le mostró la rueda arreglada. Ivara le examinó la cicatriz y después le pidió permiso para dejar de hacerlo. Elyen estaba dormido; cuando despertó, le dijo que tenía mal aspecto. Maera se sentó a su lado y comió una naranja sin hablar.
Serik fue el último. Había preparado una pregunta sobre lo que existía del otro lado. Al ver a Teren le preguntó si quería sopa.
Teren pidió que le contaran lo ocurrido.
Al principio lo hicieron con cuidado, evitando la sangre, la demora y el nombre de quien lo sostuvo. Él escuchó y después pidió la otra versión. No quería que su regreso obligara a todos a fingir que no habían tenido que vivir su muerte.
Neris le habló del carro. Maera, de la custodia. Serik reconoció que durante una noche esperó que la pulsera pudiera seguir llamándolo y la escondió en el bolsillo antes de tirarla
al agua. Ivara dijo que habría usado la red si hubiese encontrado una manera de hacerlo sin someter a otros. No estaba segura de haber renunciado por virtud o porque no pudo.
Teren los escuchó hasta el final.
No sintió gratitud por haber sido llorado. Sintió una tristeza difícil de explicar: el daño existió aunque él estuviera otra vez delante. No podía deshacer los días que sus amigos pasaron cuidando un cuerpo que parecía haber dejado de pertenecerles.
Beran le preguntó si recordaba la mano del canciller.
—Un poco.
—Te sostuvo.
El clérigo asintió.
—También me empujó.
El enano se quedó en silencio. Le había preocupado que el primero de esos hechos desapareciera debajo del segundo. Teren no iba a usar ninguno para borrar al otro.
Al día siguiente quiso ponerse de pie demasiado pronto. Se mareó y tuvo que sentarse. No descubrieron una ley universal del regreso en su debilidad: tenía hambre, llevaba días sin moverse y todos los que lo atendían estaban agotados. Otra retornada de la ciudad
caminaba desde la primera mañana; un tercero seguía sin reconocer la calle donde vivió. Los casos no aceptaban convertirse en una tabla sencilla.
Teren comió lo que pudo y pidió una prenda que no oliera a entierro.
La curandera le dio una camisa de un guardia. Le quedaba grande. Había pasado años vistiendo la costura de su oficio y ahora necesitaba prestado el abrigo de alguien que quizá habría obedecido una orden contra él.
Le pareció una forma apropiada de volver al mundo.
En la mesa, una mujer que también había retornado le preguntó si creía ser enviado. Teren no supo responder.
—Yo sí —dijo ella—. Pero todavía no sé para qué. Capaz es algo que tenemos que decidir nosotros.
Compartieron pan sin resolverlo. No había un maestro esperando asignarles una única tarea, ni una voz que les prohibiera seguir viviendo en la misma ciudad.
La chispa bajo la cicatriz brilló cuando el clérigo levantó el vaso. La mujer la vio y no se arrodilló.
Le pidió que le pasara
la sal.
El clérigo recordó fragmentos: una puerta sin pared, la posibilidad de no avanzar, una luz que no lo había llamado por ningún título. No supo cuánto era memoria ni cuánto había construido al despertar. En su piel, bajo la cicatriz, una chispa aparecía a veces y se apagaba antes de que pudiera señalarla.
No era el único. Llegaron noticias de retornados en lugares donde no había sellos de Ordan ni sacerdotes presentes. Una guerrera del norte, un panadero, una mujer que había sido ladrona y no prometía dejar de serlo. Algunos decían haber sido enviados. Otros no querían nombre alguno. Ninguno recibió un trono por ello.
El juicio del canciller empezó seis semanas después, en Cuencapuente.
La primera audiencia no trató sobre los dioses.
Una mujer reclamó el jornal de su marido. Había trabajado en los depósitos durante ocho meses y desapareció al cerrar las obras. El administrador alegaba que los libros no probaban la asistencia completa. La mujer presentó una camisa con los puños desgastados por cargar
sacos.
Nadie consideró suficiente la camisa. A Teren le pareció que el juicio fracasaba antes de empezar.
Mara ordenó buscar a los compañeros de turno. Declararon tres. El cuarto mintió para favorecer al administrador porque todavía dependía de él para conseguir trabajo. Hulda lo reconoció por una historia demasiado parecida a la propia. Lo llamó por su nombre y le pidió que repitiera la hora exacta en que vio al ausente.
El hombre se quebró antes de terminar.
Hubo agua servida durante una pausa, una vergüenza insoportable y una pregunta que alguien decidió repetir sin humillarlo. Aquella lentitud no era necesariamente una debilidad. Podía ser la forma en que la justicia evitaba parecerse a una orden.
Después llegó la hermana de Esren Toll.
Se llamaba Vesa. Reconoció al hombre de las minas por una fractura antigua en la clavícula. No dijo que era inocente. Había desertado después de incendiar una granja durante una incursión. Volvió a casa con fiebre y pesadillas; ella lo ayudó a esconderse. La condena de muerte
vino más tarde.
—No vengo a decir que no debía responder por nada —declaró—. Vengo a decir que no era una cosa de ustedes.
Cael inclinó la cabeza. Su defensor quiso preguntar si la hermana sabía que la pena era legal. Los jueces permitieron la pregunta. Vesa respondió que conocía la ley y que aquella no explicaba las cuerdas, los números ni el libro de observaciones.
La audiencia se suspendió para buscar los registros originales.
Teren salió a respirar junto al canal. Había querido que la sentencia fuera rápida, visible, suficiente. Ahora le preocupaba que el tiempo borrara la voluntad de seguir preguntando. En la baranda, Sura había dejado dos tazas de su taller para los testigos que esperaban.
El clérigo bebió de una. Quemaba menos de lo que recordaba.
Sura se sentó al lado.
—No lo están haciendo por Iven solamente —dijo.
—No.
—Bien. Él no habría sabido qué hacer con tanta importancia.
Teren le devolvió la taza y aceptó que lo hiciera reír. No era una falta de
respeto al muerto. Era una conversación que todavía podía tener con una viva. No terminó con la primera confesión. Hubo libros que faltaban, oficiales que culparon a subordinados muertos, familias que defendieron a Cael porque les había dado de comer cuando nadie más quiso. Teren declaró sobre Esren Toll y sobre Adria. No usó una muerte para borrar la otra.
Cael aceptó haber dirigido la red y negado libertad a los retornados. No aceptó que el mundo estuviera mejor sin su obra. La sentencia le quitó todo cargo, ordenó reparaciones con sus bienes y lo dejó bajo custodia mientras seguían las causas por las muertes. No devolvió hijos a las familias ni reconstruyó un solo puente.
Eso debían hacerlo los vivos.
Albarroca abrió el refugio y conservó las cocinas. Cuencapuente dividió el control de las compuertas entre barrios que todavía discutían las marcas del agua. Brasanegra recuperó parte del grano prestado y perdonó otra parte a cambio de ayuda para sus huertos. Valdelinde volvió a moler al final de la
estación.
Teren asistió al primer giro de la rueda. Lina tenía harina en la ceja y la misma costumbre de contar con los dedos.
—¿Cuántas? —preguntó él.
—Campanadas. No se me curó por lo que pasó.
Oren llegó con pan recién hecho. Le dio al clérigo una hogaza y se quedó mirando el agua.
—Hay una familia que no quiso volver —dijo—. Vendieron la casa. Dicen que acá no van a dormir nunca más.
Teren asintió. El valle se había recuperado sin recuperar a todos sus habitantes. Aquella era una diferencia que ninguna fiesta debía ocultar.
En el camino, los viajeros se separaron.
Elyen debía declarar en el juicio de los senderos. Beran regresaría a las minas para enseñar a otros a revisar los alivios. Ivara y Neris llevarían los archivos a las cuatro ciudades, con copias de sus errores incluidas. Maera tenía familia en el sur y una discusión pendiente con Darven. Serik volvió a solicitar su puesto en la Armada bajo condiciones que Ysara consideró insolentes y terminó
por aceptar.
Teren se quedó una semana más en el molino.
Una mañana entró una mujer desconocida con barro hasta las rodillas. Se había despertado en una ribera y no encontraba la ruta. En la mano sostenía un destello breve, como la luz debajo de la cicatriz del clérigo.
Teren no le preguntó quién la había elegido.
Le puso una taza delante y acercó una silla.
—Primero decime cómo te llamás.
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