ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 33

31 · Los que regresan por el camino

Cuarta parte · La puerta de ninguno

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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La salida no fue triunfal.

Elyen no podía caminar. Teren pesaba más de lo que cualquiera había recordado. Cael iba con las manos vendadas y las muñecas atadas; Maera había hecho el nudo sin aceptar discutir si aquello significaba perdón. En la forja, Derren los esperaba junto a Orel. Le había dado agua y sostenía un extremo de la puerta usada como camilla. Se incorporaron a la fila. El oficial conservó las manos lejos de cualquier arma.

Ivara se volvió dos veces para observar la bóveda rota. De la piedra caía polvo y por la abertura entraba un aire frío que olía a noche. No parecía un lugar salvado. Parecía un lugar al que se le había permitido dejar de trabajar.

El tramo más peligroso no fue el que custodiaban los enemigos.

La salida de la Forja había perdido la mitad de los peldaños. La descarga de presión se llevó una conducción y el agua enfriaba una pared con tanto vapor que no se veía la pasarela. Beran pidió que

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lo dejaran acercarse solo. Serik lo acompañó sin discutir. Entre ambos comprobaron el borde con una barra.

Orel seguía sangrando bajo la venda. Derren había evitado que la viga lo matara, sin poder impedir la pérdida de la pierna; Teren habría podido cortar con más cuidado, pensó Ivara, hasta que recordó que Teren iba encima de la otra camilla. La curandera de Brasanegra tendría que decidir qué podía salvarse del resto.

Orel pidió que lo abandonaran. Serik respondió que no tenía autoridad para dar órdenes.

La broma les permitió avanzar tres escalones antes de que el hombre empezara a gritar por el movimiento.

Cael caminaba detrás de la camilla de Teren. Quiso ayudar a levantarla. Maera le apartó la mano. No se lo prohibió para castigarlo: necesitaba que sus muñecas atadas siguieran donde podía verlas. No tenía fuerzas para compadecerlo y vigilarlo al mismo tiempo.

En el punto más estrecho, la camilla del clérigo rozó la baranda. La manta se enganchó y dejó al descubierto un pie.

Neris se detuvo

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para cubrirlo.

—Tenemos que seguir —dijo Ivara.

La gnoma la miró con una furia que no pertenecía a la discusión. La maga se agachó junto a ella, soltó la tela y volvió a sujetar el extremo de la camilla. No insistió. A veces el único gesto que alguien podía hacer por un muerto era también lo que lo mantenía capaz de seguir caminando.

Elyen cruzó sostenido entre dos. Cada paso le abría la herida de la espalda. La ceniza le entraba en la boca; pidió agua y después la escupió porque no podía tragar sin toser. Maera lo dejó maldecir. No tenía por qué recordar su especie, su oficio o su historia en una lengua noble mientras le dolía el cuerpo.

Beran fue el último. Golpeó dos veces una viga y la oyó responder de manera distinta. No la tocó de nuevo.

Al salir al corredor superior, todos se sentaron sin acordarlo. Habían llegado a un sitio donde el techo seguía entero y aquel fue todo el triunfo que pudieron

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soportar.

Cael preguntó cuánto faltaba.

Neris quiso contestarle con una ofensa. Se descubrió demasiado cansada incluso para elegir una. Serik señaló la escalera.

—Lo suficiente para que tenga que seguir andando.

En el Atrio de Ceniza los esperaba Radan con seis hombres de Dalia. Había llevado a los cautivos hasta el puesto de observación y regresado con ayuda.

Maera le golpeó el pecho con una mano.

—Te dije que siguieras.

—Yo también puedo volver por alguien.

La abrazó con cuidado de no tocarle los dedos quemados.

Los combates en los accesos habían durado dos días. Ysara se negó a cruzar la frontera pese a las provocaciones de una de las bandas de Darven. Darven hizo colgar a dos saqueadores de su propia gente y dejó vivos a tres oficiales de la Armada que quería canjear. No era una alianza limpia ni una reconciliación. Habían evitado una guerra mientras luchaban por otra cosa, y los muertos no podían distinguir la precisión de los términos.

En Brasanegra, Dalia ordenó que las campanas

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tocaran por todos. Hubo quienes protestaron porque sonaron también por los soldados enemigos. Hubo quienes se taparon los oídos porque esperaban un nombre que nadie había podido traer.

Teren fue llevado a la casa de baños. La curandera que lo había recibido antes de la partida le lavó la cara. Neris esperó en el corredor, sosteniendo la taza que Sura le había dado. La carta de Iven estaba ya en manos de quien debía leerla. Aquella entrega, al menos, había llegado a tiempo.

Serik vigiló a Cael hasta que Adela envió custodios de las cuatro ciudades. El canciller preguntó una vez si Teren había vuelto.

—No —respondió el paladín.

No añadió «todavía».

El carro destinado al viaje al valle tenía una rueda partida. Beran pidió las herramientas y dejó que Neris se sentara cerca. Todavía no sabía cómo iba a sujetar la madera.

El segundo día discutieron dónde enterrarlo.

Teren no tenía familia cercana en Brasanegra. Su padre estaba muerto y las cartas a una hermana lejana volvían sin respuesta

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desde hacía años. Oren ofreció una tumba en Valdelinde. Albarroca reclamó el cuerpo como miembro de su hospicio. Neris no soportó que aquella palabra, «reclamó», siguiera alcanzándolo.

La curandera intervino antes de que el debate se volviera una acusación.

—Él me habló del molino —dijo—. No de una tumba.

Serik propuso llevarlo al valle. El camino demoraría la partida porque Elyen no podía viajar todavía. Acondicionaron una cámara de servicio donde corría agua de la montaña bajo el piso. Era la zona más fría de los baños. La mujer explicó cuánto tiempo podían esperar antes de tener que actuar. Nadie lo llamó una ceremonia para atraerlo.

Maera se sentó fuera de la puerta. Había vigilado a personas vivas toda su vida, para protegerlas y para impedirles salir. No sabía qué hacer con un muerto que no podía escuchar el riesgo ni obedecerlo. Terminó afilando uno de los cuchillos y guardándolo sin terminar. El ruido le parecía una falta.

Darven vino a preguntar si quería que enviaran escolta al valle. Al

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ver el rostro de ella, dejó de hablar de organización.

Se sentó cerca.

Durante un rato fueron dos personas de la misma ciudad que habían aprendido demasiado pronto a pedir poco. Después el líder le dijo que Radan estaba comiendo.

Maera asintió. Aquella noticia no compensaba la muerte. Le permitió pasar la siguiente hora.

Neris llegó con las astillas de la bandurria y la taza de Sura. Quiso dejar algo junto al cuerpo, pero la taza seguía siendo útil y a Teren le habría irritado que privaran de ella a alguien con sed. La dejó en el pasillo y bebió.

La gnoma no cantó.

El tercer día, Beran le pidió ayuda para la rueda del carro. Neris sostuvo una pieza. El enano intentó trabajar como antes, falló y golpeó la madera con el martillo. Ella esperó sin consolarlo.

Cuando él le pidió que acercara más la mano, obedeció.

Lo terminaron juntos.

Al cuarto amanecer, la curandera entró con agua limpia.

Teren estaba sentado en el borde de la mesa, desnudo

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bajo la manta, intentando recordar dónde había dejado sus botas.

Ella no gritó ni llamó a los guardias. Dejó el cántaro, le acercó un vaso y se sentó frente a él hasta que pudo decir su propio nombre.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.