La deuda de los que vuelven / 35
Epílogo · La cuenta continúa
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Un año después, Neris llegó al molino con una bandurria nueva y una carta que olía a mar.
Arel había escrito desde un puerto de la Selva Esmeralda. En el Santuario Élfico, las Raíces del Santuario estaban creciendo a través de una antigua defensa y los custodios no se ponían de acuerdo sobre si debían cortarlas. Más al sur, los pescadores de Escarlata habían oído golpes en la Cámara de la Caldera. En la costa de los Náufragos, dos familias se disputaban el derecho a registrar la Gruta del Contrabandista. El Faro Sumergido seguía encendiendo una luz que nadie había aprendido a apagar.
El mundo no se había quedado sin historias después de la suya.
Ivara mandaba una copia del primer libro de testimonios. En la portada no figuraba su nombre en letras mayores que los de los copistas. Adentro había una página en blanco para quienes hubieran sido olvidados. Neris protestó: una sola página no alcanzaba. La maga respondió al pie que podían encuadernar más.
Beran había enviado un
dibujo de su nueva herramienta: un apoyo de cuero que le permitía sostener clavos sin pedirle a un aprendiz que arriesgara los dedos. Debajo escribió que las minas no estaban seguras. Estaban vigiladas. Nadie debía confundir ambas cosas.
Serik no escribió. Llegó una semana más tarde, cojeando, con una escolta y una orden para perseguir a un grupo de saqueadores que se escondía en los pasos del norte. Uno llevaba un antiguo salvoconducto de Darven. Maera lo acompañaba con un salvoconducto propio y una opinión distinta sobre cómo llegar hasta ellos.
Discutieron durante la cena sin que el techo se desplomase.
Teren sirvió vino y dejó que se escucharan.
La mujer que un año atrás había llegado sin ruta volvió durante la tarde.
Se llamaba Rula. Teren tardó en reconocerla porque ya no llevaba el abrigo de viaje que le prestaron ni la expresión de quien espera encontrar un error en todo lo que toca. Tenía un arco nuevo y una cicatriz junto a la ceja. Entró al molino preguntando
por Lina.
Habían mantenido correspondencia sobre una deuda de harina. Rula había ayudado a conducir un convoy hasta una comunidad del norte; pagaban tarde, pero habían pagado. Traía las monedas envueltas en una tela azul que la molinera reconoció antes de contar.
Teren le ofreció sentarse.
La mujer preguntó si todos habían vuelto por la reunión. Él dijo que algunos solo venían de paso. Rula miró a Serik y Maera discutir sobre rutas, a Beran señalar un error en el soporte de una rueda y a Ivara proteger sus papeles del polvo de la harina.
—En las canciones parecen estar siempre de acuerdo.
Neris levantó la cabeza.
—Escuchaste las peores.
Rula se rio. Quiso contarles algo que había visto en el norte: un muchacho regresado de la muerte, incapaz de recordar por qué odiaba a la familia de la casa vecina. Sus hermanos intentaban devolverle el odio como si fuese una herramienta extraviada. Él seguía cruzando el patio para jugar con los chicos.
Nadie supo si aquel olvido era un
regalo.
—No vine a preguntarles qué hacer —aclaró la mujer—. Me pareció que debían saberlo.
A Teren le alivió que nadie lo consultara como custodio de todas las respuestas. Una historia compartida no los volvía dueños de las siguientes.
Rula había encontrado a dos personas con chispas distintas de la suya. Una no regresó de ninguna muerte que pudiera recordar. La otra no quería hablar de dioses. Las tres viajaron juntas una semana y se separaron por una discusión sobre cómo pagar un peaje. La chispa no les había dado un criterio común.
Maera preguntó por la ruta. Rula corrigió una parte del mapa que la elfa oscura llevaba en el cinturón. El paso del arroyo no era seguro desde la última tormenta; los carreteros habían abierto otro junto al bosque. Serik hizo una copia y pidió permiso para transmitirla a sus patrullas.
La mujer asintió.
—Si ponen un puesto, que no cierren el camino a los que no llevan papeles.
El paladín no prometió que jamás ocurriría. Anotó el
nombre de la comunidad y el del comandante de la zona. Tendría que discutirlo, y después volver a discutirlo.
Al caer la noche, pusieron mesas frente al molino. Vecinos que no habían bajado a una mina en su vida contaron cómo se sostuvo el valle mientras los viajeros estaban lejos. Los chicos interrumpieron para pedir más pan. Un hombre se enojó con otro por una deuda antigua y Lina los mandó pelear del lado donde no hubiera jarras.
No era una paz universal. Era una cena que podía continuar.
Ivara abrió el libro de testimonios por la página del mundo. El título decía «Tierras Antiguas». Debajo habían escrito, en la lengua de los navegantes, «The Elder Lands». Ninguna de las dos expresiones pretendía demostrar quién llegó primero o a quién pertenecía la tierra. Eran un modo de nombrar la extensión compartida sin fingir haberla terminado de conocer.
Rula dejó una corrección junto al mapa del norte.
Alguien tendría que verificarla antes de cambiar la copia del archivo. Nadie la rechazó
por venir de una desconocida que todavía no había hecho nada digno de una canción.
Oren había muerto a principios del invierno. No volvió. Lina se presentó a la elección del concejo y perdió por cuatro votos frente a una mujer que sabía bastante más de cosechas. Después aceptó encargarse del molino y descubrió que también desde allí podía obligar a escucharla.
En el cementerio, las raíces del gran roble habían empezado a levantar una piedra. Teren quiso corregirla, pero el sepulturero le dijo que esperaran hasta el verano: moverla con la tierra blanda dañaría la tumba vecina. Le pareció una instrucción digna de ser tallada junto a los tratados más solemnes.
Aquella noche, Neris cantó de nuevo la historia de Madruga.
Esta vez Hara era una enana. El puente se hundía hacia el lado correcto. La niña no dormía hasta el final. Cuando llegó al cuchillo de escritorio, un viajero la interrumpió: en la versión de su abuelo había sido una pluma de metal.
Neris lo invitó a sentarse
cerca.
—Contámela después —dijo—. Primero termino esta.
Teren salió un momento al patio. Las ranas habían vuelto a las acequias. Cada una cantaba desde su porción invisible de agua y ninguna parecía esperar el permiso de las otras.
Sobre el camino avanzaban dos figuras. Una llevaba espada; la otra, un bulto que podía ser un instrumento o un niño. No alcanzaba a distinguirlas. En las cumbres aún había nieve. Al oeste se juntaban nubes. Más allá de los campos, los bosques ocultaban animales, ruinas y agravios que no habían desaparecido porque cuatro ciudades firmaran un papel.
Teren dejó la puerta entornada. Había visitas y todavía quedaba pan.
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