La deuda de los que vuelven / 30
28 · La forja del eclipse
Cuarta parte · La puerta de ninguno
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
El techo de la Forja del Eclipse era una bóveda de vidrio volcánico. Sobre ella se movían las sombras de las nubes. Cada vez que el sol quedaba oculto, el metal central brillaba más.
Beran entendió el mecanismo al ver el primer pistón. La luz no le daba fuerza: regulaba el momento en que una válvula liberaba la presión. Habían atado el ritmo de la red a una promesa de permanencia, pero seguían usando agua, peso y metal. Aún había algo que un ingeniero podía romper sin pedir auxilio a los dioses.
Señaló dos puentes de mantenimiento.
—Uno lleva al freno. El otro, a la cámara. Necesitamos ambos.
Dividirse allí pareció una mala idea a todos. Ninguna mejor pudo decirse antes de que llegaran los guardias.
Serik, Maera y Elyen sostuvieron el puente de entrada. Ivara acompañó a Beran hacia el freno. Teren y Neris siguieron los nombres que bajaban por las paredes.
La pasarela estaba sostenida por cadenas que bajaban desde la bóveda. Una de ellas vibraba al ritmo
del pistón. Serik vio que no podría resistir una multitud corriendo y levantó el brazo para detener a los guardias antes de que entrasen todos.
Interpretaron el gesto como una amenaza.
La primera jabalina pasó junto al cuello de Maera. Ella cortó la correa de una tolva y dejó caer polvo de mineral sobre el extremo del puente. Los hombres se cubrieron la cara. Elyen aprovechó para tirar dos flechas a los peldaños, no a los cuerpos. Las puntas de hierro les mostraron dónde no debían avanzar.
Serik pidió hablar con el oficial. El hombre se quitó el yelmo.
Se llamaba Derren. Habían servido juntos en un puesto de frontera donde la lluvia convertía cada camino en una zanja. Derren tocaba una flauta hecha por su hijo y siempre repetía la misma melodía porque no sabía otra. Una noche compartió sus botas con Serik: uno guardaba mientras el otro se calentaba los pies envueltos en una manta.
Ninguna de esas cosas le impedía sostener la orden de abrir la cámara.
Derren tenía una esposa en el refugio. Serik lo supo antes de que lo dijera. Podía ver la forma de la esperanza en el cuidado con que protegía su pulsera debajo del guante.
—No quiero matarte —dijo el oficial.
Maera oyó la frase y miró a Serik. Había quienes la pronunciaban para dejar que la víctima cargara con la culpa de obligarlos.
El paladín bajó un poco el escudo.
—Entonces no cruces.
Detrás de Derren venía Orel, un muchacho de la misma compañía al que Serik había visto aprender a ensillar en aquel puesto de frontera. Fue él quien empujó, por miedo a quedarse atrás. La pasarela tembló. Se desprendió un remache y cayó al fondo de la forja. El ruido tardó mucho en llegar.
Beran gritó desde el otro puente que se detuvieran. Nadie podía oírlo bien entre el vapor y el metal. Ivara trazó una línea de luz para señalar la cadena defectuosa. La tomaron por el comienzo de un hechizo ofensivo. Un arquero disparó hacia ella.
La
flecha rompió el guante de la maga y se perdió contra la rueda. La luz se cortó.
Maera pudo matar al arquero. Apuntó y vio detrás a otro hombre apenas adolescente, incapaz de retroceder porque los de atrás seguían entrando. Cambió el ángulo y disparó a la lámpara sobre la entrada. La oscuridad detuvo por un instante a la fila.
Ese instante dejó a Derren solo en el tramo central.
Serik avanzó hacia él para hablar. El oficial también avanzó. Por un momento pareció que iban a reconocerse fuera del ruido.
Después Derren levantó la espada y le gritó que todavía podía volver a su puesto. El paladín reconoció la cadencia de las viejas órdenes.
—Vos también —le respondió.
El hombre atacó.
No fue un duelo limpio. Había vapor y un suelo mojado. El escudo de Serik pesaba demasiado para su antebrazo herido. Maera tuvo que matar al segundo hombre antes de que le cortara el tendón de la rodilla. Elyen, incapaz de tensar bien con el hombro vendado, disparaba
solo a las manos y piernas que podía ver. Cada flecha era una decisión que no podía corregir.
Al otro lado, Beran se ató una correa al muñón para girar una rueda. La fuerza le atravesó el brazo. Ivara vio sangre oscureciendo la venda.
—Puedo fundir el eje.
—Y si queda abierto, hierve la cámara. Necesito que se cierre.
La maga miró el metal. Había pasado la vida imponiendo formas mediante el fuego. Esta vez tuvo que calentar solo lo necesario para que otro pudiera moverlo. El esfuerzo la dejó ciega por unos instantes.
Beran giró.
La rueda cedió. Un chorro de agua salió por la conducción y golpeó la parte inferior de la bóveda. El vidrio estalló en una lluvia de fragmentos negros.
Elyen empujó a Maera bajo el puente. Un trozo le abrió la espalda. Serik arrastró al guardia que seguía vivo hasta cubrirlo con el escudo.
La presión cayó.
En el puente de entrada cedió la viga que había recibido la descarga.
Derren lo vio un instante
antes que los otros. Empujó a Orel bajo el arco y trató de seguirlo. Un extremo de la viga le golpeó la espalda. Cayó al borde de la pasarela con la espada todavía en la mano.
Serik soltó el escudo para llegar hasta él.
Maera pudo sujetar al paladín por el cinturón. Si no lo hacía, el peso de ambos habría roto la tabla que les quedaba. Elyen, herido, se arrastró hasta apoyar una rodilla sobre la correa. Los tres se quedaron así mientras Derren intentaba encontrar un sitio para el pie.
El oficial miró a Serik. No le pidió que cuidara a su esposa. No habría tenido por qué confiarle la frase perfecta al hombre contra quien acababa de luchar.
—Me resbalo —dijo.
Serik apretó más.
La tabla crujió.
Derren soltó la espada. La mano libre alcanzó una cadena y se cerró alrededor. Maera vio el cambio de peso y gritó que tiraran hacia el arco. Lograron ponerlo sobre piedra cuando el tramo de pasarela cayó con todas las
armas que habían quedado encima.
Orel gritaba bajo la viga menor. Tenía la pierna aplastada. Derren quiso levantarse para ayudar y se desplomó. Serik lo apartó del vapor y le puso una mano en el pecho hasta que dejó de intentar incorporarse.
—¿Ahora me vas a arrestar? —preguntó el oficial.
El paladín miró la pierna de Orel.
—Ahora vas a sostener una venda.
Derren obedeció.
Maera cortó las correas del herido. Ivara vino desde el mecanismo y mantuvo una luz sobre la zona que no debían mover. Beran encontró el punto donde levantar la viga sin que les cayera el resto encima.
No pudieron salvar la pierna. No tenían a Teren allí, ni tiempo para hacerlo bien. El paladín siguió las instrucciones de Ivara y usó una hoja caliente. Orel perdió el conocimiento antes del final.
Derren sostenía la venda con ambas manos.
Cuando el sangrado quedó contenido, el oficial miró hacia la cámara. La llamada de la pulsera había desaparecido. Se la quitó y la dejó en el suelo
sin pedir permiso.
Se quedó junto a Orel hasta que pudieron improvisar una camilla. Al oír a Serik decir que debía bajar a buscar a los otros, asintió.
Ya no intentó detenerlo. Más abajo, en la Cámara del Ojo, una luz que no venía del fuego quedó suspendida entre cuatro pilares.
Teren llegó al último peldaño con la garganta llena de polvo. Neris apretaba contra el pecho las hojas que había copiado en los Túmulos.
—Si se queman —dijo ella—, nos tocará volver a preguntar.
El clérigo intentó sonreír. No supo si lo logró.
El progreso se guarda en este navegador. Las páginas de lectura son propias de esta edición digital.