ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 31

29 · Lo que nadie puede llevarse

Cuarta parte · La puerta de ninguno

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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La Cámara del Ojo contenía una abertura tan pequeña que Teren habría podido taparla con la palma.

Todo lo demás —los pilares, las conducciones, la bóveda, los hombres muertos en los caminos— estaba dispuesto para obligar a aquello a crecer.

Cael sostenía la cuarta pieza frente al anclaje. Tenía una quemadura en el cuello y una herida en la frente. El esfuerzo de mantener la voluntad sobre el sello le torcía los dedos.

—Traigan las otras —dijo.

Teren bajó las manos para que viera que estaban vacías.

—No hay nadie obligado a quedarse del otro lado.

—Hay gente que no encuentra cómo salir.

—Y usted está usando a quienes salieron.

Teren puso el retrato de los peregrinos en el suelo.

Cael reconoció el marco de madera. Había hablado con aquel hombre meses atrás. Sus asistentes anotaron la solicitud y lo invitaron a esperar cerca de las obras para facilitar el vínculo. El canciller no sabía que el hijo estaba enfermo por la ceniza.

—Quieren verlo —dijo Teren—. No a un

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enviado. A usted.

Ordan se llevó una mano a la frente. El gesto reveló un cansancio que no podía sostener como argumento.

—Los voy a ver cuando termine.

—Siempre va a faltar alguien. Es lo primero que me dijo usted en el hospicio.

Cael dejó de mirar la abertura. Recordaba la noche. Habían sacado dos cuerpos por una puerta mientras entraban cinco enfermos por la otra. Teren se puso a llorar junto a los recipientes. El hombre le dijo que, si esperaba a salvarlos a todos para descansar, terminaría haciendo mal incluso lo que todavía podía hacer.

Había tenido razón entonces.

—Aprendiste la parte más fácil —respondió—. A retirarte sin sentirte culpable.

El clérigo miró las manos de Cael. Estaban quemadas. La acusación le dolió porque contenía algo que temía de sí mismo. Había abandonado el hospicio después de la fiebre. Pidió un puesto en el valle, entre personas que lo necesitaran de una manera que pudiera comprender. Llamó vocación a una mezcla de deseo y huida.

—No dejé de

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sentirme culpable —dijo—. Dejé de creer que la culpa me da derecho sobre otros.

Ordan cerró los ojos. Dentro de la abertura apareció algo semejante a una mesa. Ninguno de los dos supo si pertenecía a un recuerdo o a una presencia que trataba de hacerse visible. Sobre ella había una manzana.

El canciller la vio.

Teren también.

Durante un instante, la cámara entera se volvió demasiado pequeña para la posibilidad de que Adria estuviera a un paso. El clérigo no podía demostrar que era una trampa. Sería más sencillo si pudiera señalar una falsedad y apagarla como una lámpara.

Pensó en los relatos del santuario: recordar no era devolver. Tampoco era fingir. La mesa podía ser verdadera sin contener a la niña. La niña podía existir sin estar esperando detrás de aquella mesa.

—Si está ahí —dijo despacio—, no necesita que tenga dueños el resto.

Cael abrió los ojos. La forma se borró y reapareció con un ángulo distinto. En la cabeza del canciller ya no había una diferencia

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soportable entre perder a su hija y aceptar que no podía decidir dónde estaba.

Tomó la piedra con ambas manos.

Neris buscó a Teren. Había escuchado la conversación sin interrumpirla porque sabía que una canción podía convertirse en otra forma de no dejar hablar. Ahora apoyó la copia del Pacto sobre el suelo, al lado del retrato.

Dejó visibles los nombres de quienes no sobrevivieron para firmarlo.

El canciller miró la abertura. Por un instante fue solo un padre agotado.

—La escuché —susurró—. Hace tres noches. Me llamó como cuando no podía dormirse.

Teren sintió una pena que no lo absolvía de elegir.

—Nos busca con lo que tenemos adentro. A Beran lo llamó un cascabel.

Cael negó, una vez y luego otra, con furia creciente.

Neris abrió las hojas.

—Hara se quedó. Madruga escribió. La mujer que volvió dijo que las voces no cantaban juntas. Ninguna puede traer a todos. Usted tampoco.

—No necesito traer a todos hoy.

Introdujo la piedra en el anclaje.

El pulso tomó a Teren

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antes de que pudiera retroceder. Sintió la cocina de su infancia, el pan sin terminar, el llanto de Lina, la mano perdida de Beran como si fuera propia. La abertura creció hasta ocupar el espacio entre dos pilares. Dentro había presencias que no formaban una multitud: cada una estaba sola y, sin embargo, todas le rozaban el cuerpo.

Llegaron Ivara y Beran. La maga apenas veía; él llevaba las tres piedras envueltas en la camisa.

—¡Las cavidades exteriores! —gritó.

Beran le puso la primera piedra en las manos a Neris. Teren se interpuso entre el anclaje y Cael, que intentó apartarlo. No era un luchador. Lo empujó con toda la desesperación que le quedaba.

Teren alcanzó a sujetar una manga de Cael. El canciller tiró hacia el anclaje. No quería golpearlo, pero había decidido que cualquier impedimento era menor que el daño de detenerse. La distinción le duró hasta el primer desgarro de tela.

Neris corrió hacia la cavidad exterior. El suelo vibraba. La piedra se le escurrió entre las

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manos y golpeó contra un peldaño. No se partió. La gnoma se detuvo a examinarla un segundo que pareció una traición. Si llegaba quebrada, todo el viaje habría servido para traerles una posibilidad defectuosa.

Beran le gritó que siguiera. Él había visto el golpe. Conocía el sonido de una fractura. Ella confió en ese conocimiento y levantó la pieza.

Ivara avanzaba pegada a la pared. Había recuperado suficiente vista para distinguir luces, no detalles. Las letras móviles se superponían a la piedra. Teren le dijo dónde estaba el borde. La maga lo siguió por su voz.

Cael intentó arrancar el retrato del suelo para alejarlo del flujo. El marco se quebró bajo su pie. La imagen no provocó el accidente ni reveló un poder oculto: era un dibujo que alguien tendría que reparar, una de las muchas cosas reales aplastadas por la prisa de salvar el mundo.

Teren soltó la manga y trató de ponerse entre el hombre y el anclaje.

El suelo cambió de altura.

No fue mucho. Una

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losa se hundió apenas. Bastó para que la pierna herida del clérigo fallara cuando intentó recuperar el equilibrio.

El clérigo cayó sobre una conducción rota. El metal le entró bajo las costillas.

No comprendió al principio. Intentó levantarse. Vio la sangre caer hacia la piedra y entendió que él también estaba formando parte del mecanismo.

Cael lo sujetó.

—No te muevas.

Cael sabía cómo hacer presión sobre una herida. Había trabajado noches enteras en el hospicio. Puso la palma donde creyó encontrar el sangrado y ordenó a Neris traer una tela.

La gnoma no se movió hacia él. Llevaba la piedra exterior entre las manos y Teren le señaló la cavidad.

Cael volvió a pedir la tela, esta vez con una furia que necesitaba un destinatario.

—Estoy tratando de salvarlo —dijo a Ivara, como si la maga hubiera cuestionado su intención.

Ella apoyó la segunda piedra junto a su cavidad antes de acercarse. Vio la conducción, el ángulo de la herida y la sangre. No tenía que ser una sanadora

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para reconocer el daño. Si retiraban el hierro, la pérdida sería más rápida.

Teren le pidió que se quedara donde podía verla.

La maga se arrodilló del otro lado. Había imaginado su muerte muchas veces desde que empezó el viaje. En esas imágenes siempre quedaba una cosa por hacer, una línea de fuego capaz de cambiar el final. Ahora no encontraba ninguna que no lo lastimara más.

Él tenía frío.

Cael lo cubrió con una parte de su abrigo. La misma mano capaz de mandar hombres a una prueba mortal estaba intentando que no temblara otro. La contradicción no lo convertía en dos personas. Era una sola, y debería responder por ambas conductas.

Teren buscó aire. Quiso decir que no permitieran a nadie poner su nombre en el sello para traerlo. No había tiempo suficiente para explicar toda la frase.

Neris lo oyó empezar y lo comprendió.

—No —dijo—. No lo vamos a hacer.

El clérigo dejó de intentarlo.

Pensó en el muchacho del arado, en la mano que no

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pudo salvar. Recordó la mujer que no lo despidió al salir del valle. No esperaba que aquella memoria lo acompañara hasta el final. Quiso que le devolvieran la posibilidad de llegar a su puerta y admitir que también él había querido una despedida más fácil.

No llegó una visión del paraíso. Había el rostro borroso de Ivara y un hombre pidiéndole que respirara como si pudiese obedecer.

Cael seguía apretando la tela. La sangre dejó de ser roja donde se mezclaba con polvo.

Teren no tuvo una revelación que justificara el dolor. Tuvo un instante en que pudo reconocer que sus compañeros seguían trabajando. Se aferró a eso hasta que ya no pudo sostener nada.

Cael volvió a ordenarle que respirara. Teren quiso reír. Había dado esa orden muchas veces sabiendo que no alcanzaba.

Neris colocó una pieza. Ivara la segunda. Beran metió la tercera y golpeó con el martillo una sola vez.

Nada se cerró.

Faltaba retirar el nombre del anclaje central. Ordan seguía aferrado a él.

Teren miró

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al hombre que intentaba taparle la herida con las manos.

—Puede ayudarme —dijo—. Pero no puede quedarse conmigo.

El canciller lo oyó respirar una vez más. Después tuvo que aceptar que el peso de un hombre muerto era distinto al de un hombre que todavía luchaba por incorporarse.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.