La deuda de los que vuelven / 29
27 · La galería de los nombres
Cuarta parte · La puerta de ninguno
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Dejaron a los cautivos bajo un arco resguardado. Radan conocía un tramo del camino de regreso y podía conducirlos hasta los observadores de Dalia. Maera tuvo que arrancarse de su abrazo.
La Galería de los Sellos estaba cubierta de nombres que se reescribían.
En las primeras paredes eran signos antiguos: advertencias de fundidores, invocaciones de Tharom, listas de quienes habían mantenido los hornos cuando el volcán despertó. Más adentro, letras nuevas ocupaban los espacios borrados. Había nombres de Albarroca, de Cuencapuente, de los campamentos sin ciudad. Las marcas en las pulseras estaban reuniéndolos allí.
Ivara apoyó sobre el suelo las tres piezas recuperadas.
—No tenemos que devolver cada una a su lugar original —explicó—. Hara dejó una disposición de emergencia. La red admite un nuevo límite desde cualquier cámara si el anclaje central sigue entero.
Beran estudió las ranuras del piso.
—Si cortamos el pulso antes.
—Y si conseguimos la cuarta piedra.
La disposición de emergencia se parecía a una mesa sin asiento principal. Cada piedra exterior debía contener una
parte del flujo, y la cuarta cerraría la posibilidad de que alguien lo reuniera en su nombre. No anulaba los dones divinos. Impedía que aquellas cuatro cámaras fueran usadas para sujetar a quienes los recibieran.
Beran siguió las líneas con el cortafrío. Habían añadido abrazaderas nuevas sobre las conducciones originales. La red podía aceptar un límite compartido, pero Ordan había construido una segunda capa para obligarla a buscar un centro.
—Hay que quitar eso —dijo.
Ivara descubrió que las abrazaderas estaban ligadas a las pulseras. Abrir una de golpe podía transmitir el daño a las personas sujetas. No sabía a cuántas. Los registros de las paredes superaban con mucho a los cautivos que acababan de liberar.
Neris pensó en una canción con demasiadas voces puestas a seguir una sola nota. Si el director callaba, las otras no necesariamente quedarían libres: podían seguir sosteniéndola por costumbre o por miedo.
—¿Hay que darles otra cosa para escuchar? —preguntó.
La maga la miró. No era una mala descripción. Los testimonios de las Criptas
mostraban que los vínculos no obedecían solo al sonido de un nombre: conservaban la relación entre el nombre y quien lo pronunciaba. Las listas de Ordan estaban formadas por recuerdos recogidos de las familias. Usaban el afecto como un hilo.
No podían cortar el afecto. Tenían que retirar la orden que lo envolvía.
Beran sacó herramientas. La primera abrazadera estaba caliente. Al tocarla con una varilla, apareció en la pared el nombre de una mujer. Serik sintió el tirón en el antebrazo.
Todos se volvieron hacia él.
—No —dijo el paladín—. No es ella. Es lo que puse en el registro.
Su padre había escrito sobre la sopa. Él, en otra visita al hospicio, describió un patio donde su madre lo esperaba al regresar de jugar. Lo hizo para ayudar a identificarla si llegaba a volver. Ahora aquella tarde se usaba para sujetar a una persona que quizá no tenía ninguna relación con ella.
Ivara le pidió que contara algo más, algo que no hubiese entregado al archivo. Serik habló
de un día en que rompió un plato y culpó a su hermana. La madre supo la mentira, no lo castigó y esperó hasta que él vino a confesar.
Mientras hablaba, el nombre en la pared perdió nitidez.
Beran aflojó la abrazadera un cuarto de vuelta. No se disparó ninguna alarma. La nueva memoria no borraba la anterior; volvía demasiado grande el vínculo para la fórmula que intentaba reducirlo a una orden.
Habían encontrado una grieta. No una llave capaz de hacerlo todo.
Abrieron solo lo necesario para llegar a la forja. El resto exigiría tiempo y personas libres al otro lado de la llamada.
Entre los nombres de la galería había anotaciones de oficios.
Mago, paladín, clérigo, bardo, asesino, guerrero, cazador: las palabras eran útiles para administrar turnos y riesgos. Algunos encargados empezaron a escribirlas como si definieran todo lo que una persona podía llegar a querer.
Ivara encontró a una mujer clasificada como maga por haber calentado agua en un refugio. Nunca estudió el oficio. Tenía una chispa
que respondía al miedo y una familia que la envió al canciller buscando ayuda. Al lado de «bardo» figuraba un hombre que cantaba para recordar nombres de rutas. La anotación recomendaba emplearlo como foco de coordinación.
Neris apoyó un dedo sobre esa línea.
—No les basta con que uno haga algo. Necesitan que sea eso para siempre.
Maera encontró su propio nombre.
No llevaba una pulsera. El registro la había añadido por sus vínculos con Radan. Describía su oficio y recomendaba intentar una recuperación indirecta, mediante familiares. Un escribiente observó que era poco probable lograr obediencia directa. La frase le provocó una satisfacción amarga y después miedo por las personas que conocía.
Serik tomó la hoja. Su apellido también estaba incluido como garantía futura, no solo por la madre. Los archivos habían relacionado amistades, deudas, campañas y entierros. No podían forzar a todos, pero seguían buscando por dónde empezar.
Teren reconoció el lenguaje de algunos formularios del hospicio. Los clérigos preguntaban por familia para avisar cuando alguien enfermaba o moría.
Había entregado cientos de nombres creyendo ayudar. Esa información seguía siendo necesaria para cuidar. No podía dejar de preguntar por los demás porque alguien hubiese usado una respuesta para dominarlos.
Ivara propuso guardar menos y separar responsabilidades. Neris respondió que después tendrían que hablar de eso con las personas de las listas, no decidirlo en la galería.
Teren asintió. La tarea no terminaba retirando un nombre del sello. También debían revisar la costumbre de acumular todo lo que alguien confesara bajo la promesa de amparo.
Beran encontró una ranura libre junto a los oficios. La etiqueta que faltaba había caído al piso. Decía «otros».
El enano la recogió y la dejó sobre el mecanismo.
Aquella palabra abarcaba más mundo que todas las columnas juntas.
Teren escuchó pasos y se volvió. Cael Ordan estaba al fondo, protegido por una reja. No llevaba armadura. La camisa manchada de hollín lo hacía parecer otro obrero.
—Les ofrecí participar —dijo—. Todavía pueden.
Serik apoyó su escudo en la reja.
—Vimos a los cautivos.
—Vieron
a quienes mantienen la puerta abierta hasta que la voluntad pueda establecerse. Cuando termine, ya no habrá que forzar a nadie.
Ivara levantó la vista hacia los nombres.
—¿Y quién decide que terminó?
El canciller miró las piedras que llevaba Beran.
—Sabía que las traerían. No habría llegado a las otras ciudades sin una guerra. Ustedes han hecho un viaje admirable.
Neris sintió ganas de golpearlo. Le preocupó más que parte de ella hubiese esperado una explicación distinta, una pena suficiente para volver soportable la conducta de aquel hombre.
Ordan sostuvo la cuarta piedra al otro lado de la reja.
—Si no entro, el pulso seguirá aumentando. Pueden verlo en las paredes. Devuelvan el límite a mi nombre, ayúdenme a estabilizarlo y discutiremos quién manda cuando haya personas vivas para discutir.
Beran dio un paso al frente.
—No hace falta que sea su nombre.
—Hace falta que sea uno.
—Eso fue lo primero que falsearon.
Ordan lo miró con cansancio.
—¿Cuántas manos más aceptarías perder por una frase?
El enano
alzó el muñón sin dejar caer la piedra.
—La frase no me quitó esta.
Cael retrocedió. La reja empezó a bajar hacia una abertura y dejó salir un chorro de vapor. Maera alcanzó a meter una barra entre los dientes. No detendría el cierre mucho tiempo.
Serik se agachó y pasó primero. Del otro lado había una escalera envuelta en el resplandor de la forja.
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