ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 28

26 · El viento que trae el fuego

Cuarta parte · La puerta de ninguno

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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La transición a la ceniza empezó en los árboles, no en el suelo.

En los matorrales grises aún cantaban insectos. Elyen les mostró las hojas: oscuras en la cara que miraba al viento, verdes por debajo. Más adelante, donde los cursos calientes se habían desviado hacia una quebrada, las raíces estaban al aire y los árboles caían aunque las copas siguieran sanas.

—No es una enfermedad que avance por voluntad —dijo el cazador—. Les quitaron el agua y les mandaron polvo. Hay una dirección.

Siguieron esa dirección.

En las huertas de basalto, los agricultores habían levantado muros para retener humedad. En la cuenca, el suelo cedía bajo una costra aparentemente firme. Serik se hundió hasta la rodilla y perdió una bota antes de que Beran encontrara una tabla para repartir su peso. La piel le quedó quemada. Teren la lavó con agua fría sin dejarlo fingir que no importaba.

En la cuenca de los cursos calientes encontraron un puesto de peregrinos. Habían llegado desde tres ciudades para esperar cerca de

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la obra de Ordan. Algunos llevaban retratos de sus muertos. Otros cuidaban a retornados que sufrían la llamada. No eran una guardia. Protegían el camino porque pensaban que por allí podía llegar la única oportunidad que habían tenido.

Un hombre sujetó la rienda de Teren.

—Sabemos quiénes son. Vienen a cerrar.

Serik se llevó la mano al cinturón y la apartó antes de tocar la espada. Maera empezó a contar salidas. Elyen observó a los niños: llevaban los labios cubiertos por una costra gris. La ceniza entraba en los pulmones mientras los adultos defendían una promesa.

—Venimos a impedir que los usen —respondió el clérigo.

El hombre le mostró un retrato. Era un dibujo pequeño de un hombre y una mujer junto a un telar. Ella había muerto. Él sostenía la imagen y no pensaba dejarlo pasar porque un desconocido afirmara comprender mejor su pena.

—Mi hermana era toda mi casa —dijo—. Usted vuelve a un templo. Ellos vuelven a sus ciudades. Yo no tengo dónde.

Teren no había previsto

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la envidia que despertaba poder partir. Se desmontó. Pidió ver a los enfermos.

El hombre se negó al principio. Después un niño tosió hasta vomitar y su madre apartó la manta de la entrada.

Pasaron cuatro horas allí. Ivara calentó agua sin consumir el combustible que escaseaba. Beran reforzó un toldo para que el polvo no cayera sobre los catres. Neris recogió los nombres de quienes buscaban familiares y los destinos donde habían preguntado. Maera encontró un convoy de Dalia lo bastante cerca para enviar comida.

Nada de eso demostraba que tuvieran razón sobre la puerta. Los peregrinos no dejaron de querer a sus muertos. Pero pudieron mirar a los viajeros sin convertirlos enteros en la amenaza que les habían descrito.

Una mujer retornada pidió hablar con Teren a solas. Se había despertado tres meses atrás, junto a una laguna. Su esposo la llevó al canciller creyendo que podrían ayudar a recuperar un recuerdo de los últimos años. Le colocaron una pulsera. Desde entonces soñaba con la cámara y caminaba

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dormida hacia el sur.

—Quiero seguir con él —dijo—. Pero no me quiero quedar así.

El clérigo le explicó lo que habían aprendido de los sellos. No tenía una cura segura para la memoria, ni sabía si quitar la pulsera terminaría con la llamada inmediatamente. Ivara la abrió con una pinza. La mujer sostuvo la mano del esposo hasta que el temblor cedió.

Los peregrinos los dejaron pasar al amanecer.

El hombre del retrato no se disculpó. Les pidió que dijeran a Ordan que ellos seguían esperando una explicación. Si iba a cerrar la obra, debía ser él quien se presentara ante las personas a las que prometió una casa.

Teren guardó el retrato. El hombre conservó una copia. No le entregaba su esperanza: le encargaba una pregunta.

La noche antes de llegar, vieron señales luminosas desde la costa. Los barcos de Arel habían dejado observadores en los promontorios. Ninguno podía acercarse al Templo por mar: las paredes caían sobre arrecifes de piedra caliente. Pero vigilaban los movimientos de tropas.

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Ysara mantenía a la Armada fuera de los límites acordados. Darven había desplegado a la Horda en los caminos del sur. Ambos necesitaban que el otro cumpliera y ambos habían preparado una respuesta para cuando dejara de hacerlo. La paz ocupaba una franja tan estrecha como el lugar donde marchaban los siete.

El último campamento quedó sin fuego.

Había viento desde las laderas y cualquier llama levantaba una columna que podía verse desde el Templo. Comieron frío detrás de un muro de roca. Las señales de la costa desaparecían cada vez que el polvo cruzaba los promontorios. No podían saber si los observadores seguían allí.

Elyen pidió que se cubrieran la boca con telas húmedas. Maera gastó parte de su agua para mojar la de Beran. El enano protestó hasta que una tos lo dejó doblado sobre las rodillas.

No habían salvado el mundo de la necesidad de respirar.

Cerca de medianoche oyeron movimiento. Serik se levantó con el escudo y encontró tres animales pequeños buscando refugio entre las bolsas.

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Tenían patas largas y el pelaje del color de la piedra. Elyen les dejó un borde del muro. Si los espantaban, cruzarían la explanada y revelarían el campamento a cualquiera que supiera mirarlos.

Neris no durmió. Sin instrumento, sus dedos buscaban cuerdas en el aire. Se puso a revisar las copias. La luz de la luna era insuficiente y había nombres que solo recordaba porque los pronunció durante una pelea.

Teren la oyó repetir uno.

—Podés dejarlo hasta mañana.

—Si lo olvido esta noche, mañana voy a inventar una seguridad.

Él se sentó a su lado. Repasaron juntos los renglones. Donde ninguno estaba seguro, trazaron una señal de duda. Aquello no volvía inútil el texto. Impedía que una vacilación se endureciese después como una palabra sagrada.

A la madrugada, el viento cambió. La ceniza empezó a caer del lado donde habían dejado las monturas. Tuvieron que moverlas sin encender lámparas. Una mula se soltó y corrió hacia el campo abierto. Elyen la siguió agachado y regresó cubierto de polvo, sin

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una hebilla de la capa.

La hebilla cayó dentro de una grieta tibia. Era de su madre. Lo dijo la mirada que el cazador mantuvo un momento sobre la oscuridad.

No fueron a buscarla.

El cazador amarró la capa con cuerda y condujo el grupo hasta el siguiente muro. Los animales pequeños se quedaron en el refugio abandonado. Desde allí, los viajeros debían parecer criaturas torpes que cargaban demasiadas cosas y aun así seguían perdiendo las importantes.

Cuando llegó la luz, vieron el Templo.

No estaba construido sobre el volcán, sino dentro de su ojo. El cráter guardaba un lago de vidrio negro tan liso que el cielo se repetía entero en él, y en el centro se levantaba una torre de obsidiana pulida con una sola abertura circular. Cuando pasaba una nube, la abertura se oscurecía y volvía a aclararse, como una pupila que parpadea. El Atrio se abría al pie de la torre, sobre una lengua de piedra.

—Nos está mirando —dijo Neris.

—Está mirando el cielo —la

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corrigió Beran—. Nosotros somos lo que pasa por delante.

Ninguno estaba más preparado por haber sobrevivido la noche. Estaban más cansados y sabían un poco mejor cuánto podían pedirse.

En el Atrio de Ceniza encontraron los primeros cautivos. Estaban sujetos por las muñecas a una cuerda común. Sus pulseras de cobre vibraban al mismo tiempo.

Maera reconoció a su primo por la manera de inclinar la cabeza. Se llamaba Radan. Había envejecido desde el último encuentro, aunque solo habían pasado seis meses.

Podía usar la fila para llegar hasta Ordan: se veía su tienda al otro lado del atrio. Una muerte rápida y quizá terminase todo. El canciller salió a hablar con un ingeniero. Maera tuvo la espalda del hombre en línea con su arco.

Radan dio un paso hacia la hornalla del atrio. Lo siguieron los demás.

Maera bajó el arco.

Corrió hacia la cuerda y cortó las ligaduras. Los guardias gritaron. Elyen disparó desde una columna; Serik abrió un paso con el escudo. Ivara cubrió el suelo con

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una niebla baja que no tocó la cara de los cautivos.

Ordan desapareció dentro del Templo.

Cuando Radan pudo respirar por su cuenta, miró a Maera como si ella hubiera tardado años en llegar.

—No pude detenerme —dijo.

—Ya pasó.

Ella sabía que era mentira en cuanto la pronunció. Le sujetó la cara entre las manos.

—Ahora estamos acá —corrigió—. Empezamos por eso.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.