La deuda de los que vuelven / 27
25 · La ciudad que no debía alimentar a nadie
Cuarta parte · La puerta de ninguno
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Brasanegra aparecía debajo de su propio humo. Desde lejos, las paredes parecían negras; al acercarse se distinguían ladrillos rojos, cerámica rota, franjas de piedra volcánica pulida por las manos. Había balcones llenos de ropa y huertos protegidos detrás de muros bajos. El viento no levantaba ceniza en todas partes: la acumulaba contra las laderas orientales y dejaba limpias las calles que recibían las corrientes del mar.
Dalia Vark los recibió en un almacén, entre columnas de sacos.
—Llegan dos días tarde —dijo.
—No sabíamos que teníamos hora —respondió Neris.
La gobernadora abrió un postigo. En el patio había seis carros de Valdelinde vacíos. Habían consumido ya la ración destinada a tres barrios de Brasanegra. Cerca de la puerta, dos mujeres se peleaban por un nombre en una lista.
—No digo que no debí mandar comida —aclaró Dalia—. Digo que mandarla no la vuelve infinita.
Maera recorrió el patio con la mirada. Un capitán de Darven exigía fichas a quienes recogían raciones. Vio cómo una mujer se quitaba un anillo y
lo escondía en la palma del hombre.
La asesina le sujetó la muñeca antes de que pudiera guardarlo.
—Eso no es tuyo.
Él la reconoció y sonrió.
—El líder no come promesas. Tampoco sus hombres.
Maera lo golpeó contra el poste. Dalia llamó a dos guardias. Esta vez sí había una autoridad civil dispuesta a hacerse cargo: tomó el anillo, anotó el nombre y ordenó revisar las fichas. Darven llegaría después y discutiría la detención. Maera decidió no esperarlo.
La hija de una panadera les robó una bolsa antes de que llegaran a la casa de baños.
Maera la encontró bajo un puesto de pescado, intentando abrir el cierre con los dientes. La niña levantó una lasca de vidrio. No le temblaba la mano. Al otro lado del mercado, un hombre la observaba sin acercarse.
La elfa oscura se acuclilló.
—La bolsa tiene vendas.
La niña no la creyó.
Maera la abrió despacio. Dejó caer un rollo limpio sobre la piedra. El hombre del otro lado empezó a moverse hacia
la salida. Maera pudo ir tras él, pero la niña seguía empuñando el vidrio y no tenía intención de dejarse tocar.
—¿Qué te cobra? —preguntó.
—Nada.
—Entonces es un hombre generoso.
La niña apretó la boca. Era demasiado pequeña para que la ironía le resultara una defensa.
Maera apartó las manos de sus cuchillos. Cuando trabajaba de adolescente en los barrios del puerto, algunos agentes la llamaban niña para poder tratarla como un objeto perdido; los otros la llamaban asesina para no tener que verla llorar. A veces la palabra elegida dependía de si habían cobrado o no lo que ella debía llevarles.
—No voy a perseguirte si te vas —dijo.
La niña salió por el otro lado del puesto. Recogió una venda antes de correr.
Teren llegó tarde para verla. Quiso preguntar qué había pasado. Maera señaló al hombre, que se alejaba entre los cargadores. El clérigo pidió ayuda a una guardia municipal. La mujer negó con la cabeza al reconocerlo.
—Tiene permiso de Darven.
Maera sacó la carta
que llevaba para Dalia.
—Esto también.
No fueron a detenerlo por un hurto. Llevaron el nombre a la gobernadora y pidieron un sitio seguro para los chicos que trabajaban bajo él. Dalia preguntó quién lo pagaría. Teren ofreció lo que le quedaba de sus monedas. La mujer las miró sin tomarlas.
—Con eso comen dos días. No les puedo ofrecer dos días y devolverlos después.
Mandó llamar a la asociación de hornos y pidió que aceptaran aprendices. Le costó una revisión de impuestos. Cada solución exigía otra conversación y ninguna se parecía a sacar un cuchillo.
Maera fue a buscar a la niña al atardecer. La encontró junto a un desagüe, con dos hermanos menores. El mayor tenía una herida mal vendada.
No les habló de empezar una vida nueva. Les explicó dónde estaría el horno, qué trabajo tendrían y a quién podían denunciar si los golpeaban. La niña preguntó si denunciaban de verdad a gente con permiso.
Maera tardó antes de responder.
—Hoy sí.
No alcanzaba para una promesa
de futuro. La niña la siguió de todos modos, sin soltar la mano del hermano.
Se alojaron en una casa de baños cerrada por falta de combustible. Teren ayudó a una curandera a ordenar enfermos.
La casa de baños conservaba en la entrada una estatua sin cabeza.
La curandera dijo que representaba a Ina del Muro, una mujer que dirigió la evacuación durante la gran lluvia de ceniza. No era sacerdotisa ni señora de la ciudad. Vendía comida junto a una puerta hasta que el techo de una escuela empezó a ceder. Organizó turnos para sacar chicos y dejó un puesto de agua donde antes cobraba por las ollas.
Después de su muerte, tres familias se disputaron el derecho a llamarla antepasada. La cabeza desapareció en una pelea entre los partidarios de dos gobernadores. Nadie se puso de acuerdo sobre cómo reconstruirla.
—Las manos siguen —dijo la curandera.
Eran manos anchas, mal proporcionadas. Una sostenía un cántaro y la otra se extendía hacia un lugar vacío. Teren no pudo identificar
la raza de la figura. La curandera tampoco parecía segura. Años atrás habría creído que el olvido era una forma de igualdad. Allí sospechó que también podía ocultar a quienes jamás habrían recibido una estatua si hubiesen sido recordados enteros.
Una mujer oscura dejó una moneda en el cuenco. Un niño humano la retiró para pagar vendajes. Nadie lo acusó de profanar nada.
Dalia llegó a inspeccionar el almacén. Había suspendido al capitán que cobraba por las fichas, pero Darven pedía trasladarlo a su propio consejo. La gobernadora se negó. El hombre recaudaba en una entrega civil y debía responder allí.
Maera estaba presente. Darven mandó preguntar si respaldaba la decisión. Ella contestó que el anillo tenía dueña y la dueña había señalado al ladrón ante los guardias de Dalia.
No añadió una declaración contra la Horda. Tampoco permitió que la lealtad volviera invisible aquella mano.
Teren llevó comida a una mujer que se había negado a recibirla de una elfa oscura. Ivara lo vio pasar y no dijo nada.
El clérigo se detuvo en la puerta, volvió sobre sus pasos y dejó el tazón en la mesa común.
La mujer tendría que ir a buscarlo. No iba a dejarla morir de hambre. Tampoco a convertirlo en un mensajero cómodo para su desprecio.
Ivara siguió preparando remedios. No le agradeció en nombre de nadie.
Al salir, el clérigo rozó el cántaro de la estatua. Estaba caliente por las manos de los vivos.
Al atardecer subieron a la muralla. Más allá se extendían las huertas de basalto, los matorrales grises, una cuenca de cursos calientes y los campos de ceniza que rodeaban el Templo del Ojo. Cuatro jornadas si los puentes resistían. Cael iba por delante.
Muy al suroeste, el desierto del Sol Roto reflejaba una luz blanquecina. Los marineros situaban las islas de los Ecos más al este de aquellas arenas, en una posición antigua que las cartas modernas aún discutían. No viajarían allí. El mundo era demasiado grande para que una urgencia les diera derecho a conocerlo entero.
Teren
comió la última corteza del pan de Lina. Estaba dura. La remojó en un vaso y esperó.
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