La deuda de los que vuelven / 24
23 · El roble hueco
Tercera parte · Ninguna voz alcanza
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
La Cámara del Roble Hueco no estaba bajo un árbol muerto. El tronco rodeaba la sala y seguía vivo. Por una abertura muy alta se veía un pedazo de cielo. Las raíces sostenían las paredes sin ocultar las cicatrices de la piedra.
El sello del renuevo estaba en el centro. Habían retirado su límite para colocar la cuña de Ordan. A su alrededor crecían tallos blancos sin hojas, unidos por filamentos a unas cajas de madera.
Dentro de las cajas había nombres.
Teren reconoció a la madre de Serik. Más allá encontró familias enteras de Valdelinde. El dispositivo no podía devolver a quien quisiera; aprovechaba los vínculos de quienes ya habían regresado y los obligaba a buscar otras presencias, a repetir la llamada hasta que algo respondiese. Ordan no estaba abriendo una puerta. Estaba poniendo a los retornados a empujar desde ambos lados.
Neris arrancó una caja. Los tallos se contrajeron. Un rostro apareció en la madera, con la boca abierta.
—No así —dijo Ivara.
La maga les mostró el
flujo entre las raíces. Necesitaban devolver a cada nombre su aislamiento antes de retirarlo. Un trabajo lento, imposible si llegaban guardias.
Los guardias ya venían.
Elyen los oyó en la escalera y se tendió detrás de una raíz con el arco preparado. Maera se quedó a su lado. No discutieron sobre quién debía recibir el primer golpe. Serik cerró la entrada con su escudo y Beran buscó dónde apuntalarlo.
Ivara separó los hilos. Teren leyó los nombres, uno por uno, y sostuvo a las presencias que encontraban una salida por su voz. No les ordenaba nada. Les decía dónde estaban y que no tenían que quedarse.
Una mujer apareció junto a Serik. El paladín no podía verla sin apartarse del escudo. La oyó pronunciar su nombre de niño.
Su madre siempre lo había llamado por una abreviatura que odiaba.
Serik cerró los ojos.
—Podés irte —dijo.
La mujer tocó el aire junto a su cara. Luego dejó de estar.
Elyen recibió una saeta en el hombro. Maera lo arrastró detrás
de la raíz y salió a ocupar su lugar. Neris empezó a leer con Teren. A medida que los nombres quedaban libres, los tallos se volvían pardos.
Beran encajó una cuña de madera bajo el escudo. Su única mano estaba llena de astillas.
Cuando llegaron a la última caja, el clérigo no pudo pronunciar el nombre. Era Adria Ordan.
Dentro no había presencia. Solo una llamada repetida, tan antigua en su desesperación que Teren sintió el cansancio del padre sin poder perdonarle nada.
Teren se detuvo frente a la caja de Adria. Conocía la forma de la letra: Cael había escrito el nombre con la misma mano que firmaba las asignaciones de grano. Lejos de ser una inscripción torpe hecha durante un duelo, había sido repasada muchas veces hasta borrar toda vacilación.
Dentro, la llamada volvía sobre sí misma.
La sintió contra la cicatriz de su muslo. No intentaba matarlo. Quería que prestara atención, como un niño que tira de una manga. La diferencia era que no podía dejar de
hacerlo. No había niño. Había una necesidad repetida por un mecanismo incapaz de cansarse.
Teren recordó el barco inclinado, el patio del hospicio. Comprendió que bastaba acercar aquel recuerdo para que la llamada adquiriera una voz. Le ofrecía a Cael el material con que seguir creyendo. También podía ofrecérselo a él.
—¿Está ahí? —preguntó Neris.
Le costó decir que no lo sabía. Le costó aún más añadir que la caja no podía demostrarlo.
Una saeta golpeó la raíz sobre su hombro. Cayó polvo de corteza. Maera perdió un cuchillo al cubrir a Elyen. Lo vio deslizarse por el suelo hasta quedar junto al agua. No fue a buscarlo. Serik estaba recibiendo demasiados golpes y necesitaba a alguien a su lado.
Los atacantes no avanzaban todos de la misma manera. Algunos querían cumplir una orden. Otros estaban sujetos a una llamada que les torcía el paso hacia la cámara. Uno se detuvo al ver una caja con su apellido y dejó caer la lanza. El hombre detrás lo empujó. Maera le
abrió el cinturón con una cuchillada para quitarle la pulsera enganchada.
El soldado cayó de rodillas y empezó a vomitar.
—¡Los de atrás también la tienen! —gritó ella.
Serik miró las muñecas. Había tirado contra hombres que no podían apartarse. No pudo corregir los golpes dados. Bajó la espada y empezó a cortar correas en vez de cuerpos.
La decisión le costó una herida en el hombro. Un atacante libre aprovechó la vacilación. Maera lo alcanzó antes del segundo golpe.
—No son todos prisioneros —le dijo.
—Ya lo vi.
Continuaron sin una regla que los absolviera de mirar a cada uno.
En el centro, Neris marcaba los nombres con la uña para no perder la línea. El dolor de Teren le llegaba como un sonido áspero. Se dio cuenta de que había empezado a canturrear entre frase y frase: la misma melodía sin palabras con que había acompañado la sierra en las minas.
El ritmo ayudaba al clérigo a respirar sin quedarse atrapado en la llamada.
Ivara lo oyó y
acomodó los cortes a esas pausas. Lo que parecía un acto solitario de magia se convirtió en una tarea distribuida entre manos, voz, acero y cuidado. Ninguno podía reclamar después que solo él la hizo.
Beran miró la caja de Adria.
—Hay que sacar también esa —dijo.
—Esa no —dijo Maera desde la raíz, sin dejar de apuntar—. Esa la llevamos entera.
Nadie le preguntó para qué. Lo sabían. Era lo único en el mundo que Cael Ordan cambiaría por la piedra de la costa. Con la caja intacta podían sentarse frente a él sin un ejército, y quizá sin otra muerte.
Ivara se quedó con el filamento entre los dedos. Miró a Teren. No le pedía permiso: le pedía que decidiera alguien que hubiera conocido a la niña.
El clérigo pensó en Luro y en su madre, en el papel que decía «posible garantía de obediencia», en el hombre colgado con un número reutilizado. Pensó también en lo que podía costar la otra piedra si no la conseguían así,
y en quiénes iban a pagarlo.
—No vamos a hacer con ella lo que él hace con los nuestros —dijo.
Maera bajó la vista un instante. No discutió. Tampoco le dio la razón.
Teren puso los dedos a ambos lados del nombre y lo sostuvo sin responderle.
No le dijo que no lo amaban. No le dijo que debía irse para que otros vivieran. No había una persona a quien convencer. Había una espera a la que debían permitir terminar.
Ivara soltó el último filamento.
Sacaron la cuña de dominio. De entre las raíces cayó la pieza de límite original, que los obreros habían abandonado por no reconocerla. Beran la recogió con su mano sana.
En la escalera, los soldados retrocedían.
Uno de ellos se quedó.
Tendría la edad del aprendiz de Valdelinde. No había soltado la lanza porque necesitaba apoyarse en ella. La pulsera le quemó la piel al quebrarse el vínculo y ahora le colgaba como una costra abierta.
Maera quiso pasar sin detenerse. Elyen pesaba sobre su
brazo y Teren estaba pálido por el esfuerzo. El muchacho levantó la cara. No pidió perdón. Pidió que no lo dejaran allí con las voces.
Serik le quitó la lanza y le ofreció el hombro libre.
La escalera se había llenado de raíces nuevas. No crecían a una velocidad imposible: las que habían quedado contenidas por los conductos se soltaron al variar la presión y ahora ocupaban el paso. Tuvieron que cortarlas. Beran iba indicando cuáles sostenían la tierra y cuáles podían retirarse.
Neris llevaba las hojas bajo la camisa. Le ardía la piel donde se mojaban con su sudor. En un rellano, un soldado del grupo que huía intentó arrebatárselas. No por maldad abstracta: el hombre pensaba que sus superiores le permitirían volver si presentaba algo útil.
La gnoma le golpeó la mano con el borde de la tabla de los juramentos.
El hombre cayó contra el muro. Serik lo sujetó antes de que resbalase por la escalera. El muchacho de la pulsera miró ambas acciones como si no
entendiera cómo podían pertenecer a la misma gente.
—Caminar —ordenó Maera—. Después tratás de explicarlo.
Salieron por las Raíces Sepultadas y encontraron el bosque bajo una luz de tarde. Habían pasado mucho más tiempo adentro de lo que Teren creyó: había dejado de contar los días mientras el cuerpo pedía otra cosa.
En el camino, los del clan de la Rama Alta aguardaban una señal. Sael vio la herida de Elyen y llamó a dos hombres para ayudar. El cazador intentó ponerse derecho.
La anciana le indicó que dejara de estorbar.
El soldado liberado se sentó sobre una piedra. Lo llamaban Endo. Teren le limpió la muñeca y anotó su nombre antes de preguntar por su destino. Podía volver a la compañía o quedarse con los guardas del bosque hasta sanar.
Endo eligió quedarse.
Era la primera decisión propia que podía reconocer en varios días, y la ejerció en un asunto tan pequeño como dónde dormir esa noche. El pulso que los había guiado ya no estaba.
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