ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 25

Interludio · El faro sumergido

Tercera parte · Ninguna voz alcanza

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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La niebla de la isla no subía del agua: bajaba. Arel Dorna la vio caer al amanecer desde la cofa, lenta como harina cernida, hasta borrar primero los mástiles y después las manos de los marineros sobre las drizas. A media mañana se abría un hueco redondo sobre el arrecife, siempre en el mismo lugar, y por ese hueco se veía la luz.

Venía de abajo. A doce brazas de profundidad, el Faro Sumergido seguía encendido. Nadie sabía qué ardía allí. Los pescadores de la Selva Esmeralda decían que era el ojo de un dios dormido; los sacerdotes, que era una advertencia. Arel había medido cuánto tardaba en latir, cuarenta y una respiraciones de una persona tranquila, y había anotado que el latido se apuraba con la marea viva. A ella le alcanzaba con eso. Una luz que se podía medir servía para volver.

Había gastado casi todo lo que tenía en la campana de inmersión: dos cascos de bronce con vidrios gruesos, una bomba de cuero y cuerda suficiente

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para atar un barco a otro. El hermano de Mara Dels gobernaba el segundo velero. La noche anterior le había dicho que nunca había visto una compra tan cara hecha por alguien que no pensaba vender nada.

—Pienso traer algo —le respondió ella.

Bajaron dos buzos en la primera ventana de calma. Uno era Merin, al que todos llamaban Tallo porque era largo y doblado y nunca se quebraba. El otro se llamaba Coll. Arel les ató ella misma las cuerdas, una de vida a la cintura y otra para el aire, y les repitió la regla: tres tirones, arriba; dos, más cuerda; uno, esperar.

Desde el bote se veía el faro entero bajo la superficie, inclinado como un árbol que el viento hubiera dejado a medio caer. Un cardumen plateado giraba alrededor de la linterna en un anillo perfecto, sin tocarla nunca. Las paredes estaban cubiertas de corales que se encendían cuando la luz los barría y se apagaban después, de modo que la torre parecía respirar.

Los buzos

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encontraron la puerta de servicio a media altura. Adentro había una cámara seca, sostenida por una burbuja de aire que nadie había puesto allí y que tampoco se escapaba. Coll lo contó después a gritos, temblando: en las paredes había relieves de custodios antiguos, figuras con manos de cántaro y ojos cerrados, y en el centro, sobre un pedestal, una piedra con el borde tallado como una ola. Detrás, una escalera seguía bajando hacia salas donde la luz era tan fuerte que no se podía mirar.

Merin quiso ver adónde llevaba. Coll no lo dejó. Cargaron la piedra entre los dos.

Al salir, la cuerda de vida de Merin se enganchó en una viga oxidada del muelle hundido. Arel sintió el tirón desde el bote: uno solo, largo. Esperar. Después, nada.

Tenía en las manos la cuerda del aire. Si tiraba, podía arrancar a Merin de la viga o cortarle el aire contra el filo. Si no tiraba, la bomba seguiría dándole aire mientras alguien bajaba a soltarlo, y no

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quedaba otro casco. La corriente ya empujaba el bote hacia el arrecife.

Arel decidió. Mandó tirar.

La cuerda subió cortada. Coll salió solo, con la piedra abrazada contra el pecho como un náufrago abraza una tabla. Un marinero se tiró a pulmón a buscar a Merin y no volvió.

Esa misma tarde la marea cambió antes de lo que decían los cuadernos. Una corriente arrojó el bote de apoyo contra las vigas del muelle y lo partió. Cuatro hombres quedaron en el agua. La niebla volvió a cerrarse mientras los buscaban con faroles. Al anochecer, el Faro latió una vez más, cuarenta y una respiraciones, y Arel contó seis nombres. Se equivocó en el orden y tuvo que empezar de nuevo.

Uno de los marineros jóvenes quiso bajar por la escalera de las salas brillantes. Su hermano había desaparecido en aquellas aguas un año antes, y estaba seguro de que la luz era él. Arel le prohibió acercarse a la borda. Él la empujó. Lo ataron al palo mayor y

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siguió gritando el nombre de su hermano hasta que la isla quedó atrás y la luz dejó de verse.

Arel no lo desató hasta mar abierto. Le llevó agua ella misma. Él no la aceptó.

En el puerto de escala del cabo, donde el camino del norte toca el mar, los esperaba una comerciante de sal con una caja sobre las rodillas y cara de pocos amigos. Había bajado desde las islas de hielo, había perdido un cargamento y una ruta, y no pensaba perder también la paciencia.

—Usted es la que junta piedras raras —le dijo a Arel—. Tengo una. Quiero cobrarla.

Arel abrió la caja. La pieza tenía el borde tallado como escarcha.

Se sentó en el muelle entre las dos piedras y, por primera vez en semanas, se permitió no hacer nada durante el tiempo que tarda una vela en llenarse. Después mandó reemplazar el palo de mesana con lo que hubiera y remendar las velas con sacos.

Cuencapuente estaba a nueve días. Si el agua seguía

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subiendo, tal vez llegaran a tiempo para algo.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.