La deuda de los que vuelven / 22
21 · Los que dijeron otra cosa
Tercera parte · Ninguna voz alcanza
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
No podían vencer al hierro cansándolo. Los guardianes no respiraban, no sangraban y no se enfurecían cuando erraban un golpe. Serik aprendió eso al tercer choque, cuando intentó abrirles una falsa retirada y una espada le atravesó la capa sin que la armadura abandonara su sitio.
Elyen encontró una salida lateral, cerrada con piedras. Maera empezó a retirarlas. Ivara miraba la inscripción de la pared.
—No son guardianes de una tumba —dijo—. Son el juicio.
Neris recogió una tabla caída. En ella había una declaración: un soldado afirmaba que Hara quiso apoderarse de la puerta. En otra, una cocinera decía que la enana había alimentado a enemigos heridos. Más allá, un supervisor la acusaba de abandonar su puesto; en el reverso de la misma tabla, alguien había escrito que el puesto ya estaba bajo el agua.
Teren quiso encontrar la mentira única. No existía. Había recuerdos torcidos por miedo, gratitud, vergüenza y una enemistad que llevaba mucho tiempo viva.
—¡Leé todo! —gritó Ivara a Neris.
La gnoma empezó por la
acusación. Al pronunciar el nombre del soldado, una de las armaduras bajó la espada. Siguió con la cocinera, el supervisor, la esposa del supervisor, que reconocía haber firmado sin estar presente. Cada testimonio recibía un espacio y luego dejaba de atacar.
Serik sostuvo a los que faltaban. Teren lo vio aceptar un corte en la mejilla para evitar que una hoja alcanzara a Neris. No hubo luz sagrada alrededor del escudo. Hubo un hombre que calculaba cuánto dolor podía soportar sin apartarse.
Una declaración pertenecía al magistrado que aprobó la clausura de los diques. Neris quiso dejarla para el final. La tabla estaba entera y era más fácil tomar antes las que se deshacían. Eso se dijo.
El hierro más cercano levantó la espada.
La gnoma apoyó la tabla sobre ambas rodillas. El magistrado afirmaba que los barrios bajos ya estaban perdidos. Si mantenían abierto el paso, la inundación alcanzaría los graneros donde habían reunido a doce mil personas. Sabía que quedaban familias, pero los jefes de cuadrilla no coincidían
sobre cuántas. Escribió: «Decidí con la cuenta que tenía».
En otra tabla, un recadero declaró haber llevado una cifra corregida. Lo hicieron esperar fuera de la sala. La casa de su madre estaba entre los barrios anegados.
Serik recibió un golpe en el borde del escudo. Tenía el antebrazo entumecido. Quiso pedirles que apresuraran. Las palabras que había oído lo detuvieron: «No coincidían sobre cuántas». Cada minuto de lectura era también una cuenta que a él podía dejarlo del otro lado.
Neris alzó la vista.
—Si no podés más, lo decís.
Él asintió sin responder.
La gnoma continuó con el testimonio del recadero. El muchacho regresó a buscar a su madre. La encontró en la escalera y trató de levantarla. La mujer se negó: había siete niños en un patio vecino. Él debía llevarlos antes. Cuando volvió, su madre ya no estaba.
No había una última frase suya. El hijo había guardado nueve versiones de la discusión en la cabeza antes de poder escribir una. Admitía que no sabía qué
palabras fueron realmente pronunciadas.
Teren conocía aquel desgaste. Había repetido tanto las conversaciones con su padre muerto que algunos tonos ya parecían prestados de otras personas. La memoria se volvía más segura al alejarse del cuerpo que la sostuvo.
Ivara encontró una declaración a nombre de una espía. La acusaban de entregar el acceso del este. Ella reconocía haber pasado planos a los sitiadores, pero afirmaba que incluían una salida para evacuar civiles. No sabían si mentía. Debajo había una nota de la propia Madruga: «Preguntarle por qué no dibujó las escuelas».
—Era capaz de dudar de los nuestros —murmuró la maga.
Había convertido a Madruga en la dueña de una verdad limpia. Descubría ahora a una mujer tratando de hacer preguntas dentro del desastre, sin saber todavía qué relatos serían conservados como heroicos.
Maera tiró una piedra para desviar una hoja que buscaba el cuello de Serik. El metal giró y partió una raíz. Brotes blancos se contrajeron como dedos.
—Necesitamos ese techo —gritó Beran.
Pasó su cuerda alrededor
de la raíz dañada para que no cayese sobre las tablillas. La tarea no le quedaba bien con una sola mano. Ivara se inclinó a ayudarlo y soltó su lámpara. El vidrio se rompió. La sala quedó a oscuras salvo por la luz que llegaba de la escalera.
Neris continuó leyendo de memoria lo que acababa de ver. Se equivocó en un apellido. El guardián más cercano dio un paso.
—Corregí —dijo Teren.
No dijo «seguí». La gnoma buscó la tabla con los dedos hasta que la maga encendió otra luz. Leyó el apellido verdadero. El guardián retrocedió.
No exigían una narración hermosa. Exigían que quienes hablaban pudieran reconocer cuándo no sabían.
Al terminar la declaración del magistrado, Neris añadió en voz alta que nadie había podido interrogarlo después. Murió en la misma inundación que ordenó contener. Esa muerte no demostraba arrepentimiento ni inocencia. Solo cerraba una posibilidad de preguntar.
Una de las armaduras dejó caer la espada. El ruido fue tan pequeño que a Teren le costó creer cuánto
habían trabajado para oírlo.
La última tabla estaba partida. Solo quedaba la declaración de un niño: «Yo no vi quién cerró. Vi quién volvió por nosotros».
Neris la leyó tres veces, una por cada nombre ilegible al pie.
Los guardianes quedaron inmóviles.
Maera terminó de abrir la salida y se sentó contra el muro.
—La próxima vez buscamos una tumba con ladrones normales.
Nadie rio hasta que Beran soltó una carcajada breve y dolorida. Se le había movido el vendaje. Teren se lo ajustó sin levantarse del suelo.
Se quedaron allí durante la noche.
Teren despertó con el ruido de una pluma raspando.
Ivara seguía copiando. Había llegado a la declaración de un soldado que usó la evacuación para sacar a su esposa antes que a otras familias. Después volvió y rescató a siete personas. Murió buscando a la octava. La copia oficial lo llamaba héroe; un testigo lo llamaba ladrón de lugares.
La maga mantenía ambos términos en el margen.
—¿Cuál vas a poner? —preguntó el clérigo.
—Primero el
nombre.
Él se sentó al otro lado. Le dolía la pierna. Llevaban tanto tiempo viviendo con heridas que empezaba a temer que alguno dejara de avisar cuando una empeorase. Revisó el vendaje de Serik sin despertarlo. Luego miró la bolsa de remedios y calculó cuánto quedaba.
Ivara vio el gesto.
—Podemos volver a la ciudad después de esto.
—Si nos dejan.
—Si no nos dejan, también tenemos que intentarlo.
La frase lo hizo reír sin ganas. Habían empezado buscando un documento capaz de terminar una discusión. Ahora necesitaban ciudades enteras para impedir que el documento se convirtiera en otra cosa guardada por los que mandaban.
La maga apoyó la pluma. Quiso preguntarle si creía que los dioses los escuchaban. En cambio preguntó si echaba de menos el valle.
Teren pensó en el molino, en la manera de Lina de mirar las ventanas cuando llovía.
—Extraño saber qué puedo hacer al llegar a una casa.
—Acá también lo sabés.
—Acá siempre falta algo que no entiendo.
Ivara se recostó contra la
pared. Durante muchos años pensó que estar preparada consistía en saber más que quienes podían echarla de una sala. Nunca llegó a sentirse segura. Cada pregunta nueva amenazaba con demostrar que había entrado por error.
—A mí me pasa en todas las casas —dijo.
El clérigo no le contestó con una bendición. Le alcanzó la taza de Sura. El agua estaba fría. La sostuvieron entre ambos hasta que dejaron de fingir que trabajaban.
A la mañana, Neris encontró una de las hojas manchada por el borde de la taza. Ivara quiso repetirla. La gnoma le pidió conservar esa copia además de la nueva. No como prueba mística de su amistad: la mancha cubría una palabra importante y serviría para recordar por qué necesitaban más de una versión legible.
La maga aceptó. Estaba aprendiendo a no llamar descuido a toda señal de que las manos habían estado vivas sobre el papel. Neris copiaba las declaraciones. Serik la ayudó con las palabras borradas sin proponer una versión más heroica. Ivara añadió las
historias de quienes habían sido llamados traidores por su sangre.
Cuando Teren le preguntó qué haría con tantos relatos incompatibles, ella respondió:
—Lo mismo que hacemos con los vivos. Buscar dónde se pisan, y no matar al que sobra.
La salida conducía al Santuario de las Voces. Antes de entrar, Neris dejó su hoja más limpia junto a la tabla del niño. Le pareció injusto haberse llevado tanto sin dejar un lugar donde alguien pudiera seguir escribiendo.
El progreso se guarda en este navegador. Las páginas de lectura son propias de esta edición digital.