ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 21

20 · Bajo el peso de las raíces

Tercera parte · Ninguna voz alcanza

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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Las Raíces Sepultadas olían a tierra nueva, aunque las piedras llevaran siglos bajo ella. Había helechos pálidos en las junturas y diminutos hongos junto a las lámparas. Las raíces de un mismo roble atravesaban tres techos.

Ivara encontraba las inscripciones antes que los demás. Tocaba ciertas letras con el dorso de los dedos. Teren le preguntó si conocía la lengua.

—Mi madre hablaba así cuando estaba enojada. De chica creí que era el idioma del enojo.

En la escuela le habían enseñado que las comunidades de elfos oscuros se refugiaron allí después de traicionar el Pacto. Ivara había buscado otras versiones durante años, pero no había encontrado nombres. Ahora los tenía delante: canteros, sanadores, maestros de cocina, mensajeros. Habían venido a trabajar antes de la Ruptura y quedaron aislados después. Algunos pactaron con sitiadores. Otros resistieron. Varios fueron asesinados por ambos lados.

La historia de su pueblo era más dolorosa y más pequeña que la traición de un linaje entero. Le costó aceptar cuánto la aliviaba.

En una cámara lateral

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había una cocina.

Las ollas colgaban de ganchos corroídos. Una hilera de marcas en la pared medía la altura de los niños. Ivara encendió una lámpara más y descubrió que las últimas eran todas del mismo año: las familias dejaron de quedarse el tiempo suficiente para verlos crecer.

En el hogar había una piedra tallada con un nombre que parecía una receta. La maga lo leyó dos veces antes de entender que era una plegaria. Pedía a Ilyndra que dejara fermentar el pan sin que la humedad lo pudriera. La lengua de su madre, usada para algo tan sencillo, le apretó la garganta.

Ivara no había renegado de su origen. Eso decía siempre que alguien lo insinuaba. Aprendió las lenguas antiguas, estudió sus cantos y combatió errores en los catálogos. Pero evitaba hablar como su madre en las salas importantes. Se burló de sus supersticiones sobre las ollas vacías. Una vez regresó a casa con hambre y corrigió una palabra antes de abrazarla.

La mujer murió dos años antes de

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que Ivara recibiera su puesto. Su última carta preguntaba si la hija tenía suficiente ropa de invierno. Ella tardó nueve días en responder porque buscaba la forma menos ofensiva de pedir que no le enviaran más prendas hechas a mano.

Se sentó junto al hogar. La cocina abandonada no le ofrecía perdón. No sabía quién vivió allí. Podía haber sido alguien que despreciara a su madre por pobre. Sin embargo, allí estaba una lengua que ella redujo a la vergüenza de su infancia, pidiendo que no se echara a perder el pan.

Neris se sentó enfrente.

—Yo tampoco sé cocinar lo que hacía mi abuela.

Ivara soltó una risa involuntaria.

—Esto no es una receta.

—No importa. Si estuviera viva, me lo reclamaría igual.

La maga leyó la plegaria en voz alta. Su acento de colegio alteraba las vocales. Se detuvo y empezó de nuevo, recordando a su madre discutiendo con un tendero. Las palabras recuperaron un ritmo que no figuraba en ningún tratado.

Beran encontró un desagüe bloqueado bajo

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el hogar. Sacó tierra con el cortafrío. El agua empezó a retirarse y dejó al descubierto una franja de dibujos infantiles: una barca con patas, una figura de orejas grandes, un sol que parecía tener miedo.

Elyen se agachó a mirarlos. Había enseñado a un sobrino a dibujar animales. Durante las últimas campañas, él y su padre discutieron tanto que dejó de visitar a los chicos. No tenía derecho a echarles la culpa por aquella ausencia.

Sacó papel para copiar el animal de la barca. Tal vez se lo llevaría al niño si lograba encontrar una primera frase que no fuera una defensa.

Antes de irse, Teren recogió una olla del suelo y la dejó sobre el hogar. No sabía para quién. Le pareció una manera menos invasiva de honrar la casa que consagrarla a su propio dios.

La oscuridad volvió a cubrir la cocina cuando apagaron la lámpara. Esta vez ninguno la confundió con un lugar que hubiese estado siempre vacío.

En un nicho descubrieron el retrato de una

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mujer enana con un martillo en el regazo. El nombre era Hara. La habían enterrado sin el brazo derecho.

Beran se sentó frente a ella.

—Siempre dijeron que escapó por el río.

La lápida tenía un texto escrito en dos manos: «Se quedó. No pudo salvar a todos». Debajo, una tercera había añadido: «No por eso dejó de intentarlo».

La historia de Hara estaba escrita en el muro contiguo, dentro de un marco sin adornos.

No murió en la Sala del Pacto. Aguantó la puerta mientras Madruga escapaba y después salió con tres guardias por el corredor del agua. Perdió el brazo cuando una viga la atrapó al subir a los barrios de los refugiados. La llevaron a los Túmulos porque era el único refugio capaz de mantenerse seco.

Vivió cuarenta y seis días.

Beran leyó la cifra varias veces. Había imaginado una muerte instantánea, un último golpe de martillo, algo que pudiera recitarse sin hablar del tiempo que una persona debe seguir teniendo cuerpo después de una catástrofe.

Hara

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discutió con quienes la cuidaban porque no la dejaban levantarse a revisar un muro. Se quejó de la comida. Dictó planos. Pidió que no le atribuyeran la salvación de personas a las que nunca alcanzó a ver.

En una nota, la mujer que la atendió escribió que soñaba con agua todas las noches y a veces insultaba a quienes intentaban despertarla.

El ingeniero se sentó en el suelo.

No encontró en ella una versión de sí mismo destinada a demostrar que sobreviviría con dignidad. Había una persona anterior que también tuvo derecho a ser insoportable, a no querer aprender, a pedir ayuda demasiado tarde.

Ivara leyó en voz alta una corrección de sus planos. Hara había tachado «acción del custodio» y dictado «acciones de los custodios». El copista conservó ambas porque ella insistió en que se viera el cambio.

No confiaba en un linaje bondadoso. Tampoco en una ciudad superior. Quería que el mantenimiento de las piedras requiriese voluntades separadas, capaces de interrumpirse.

Serik se quedó mirando el texto.

—Una

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orden compartida puede seguir siendo mala.

—Sí —dijo Maera—. Pero al menos alguien tiene que convencer a más de uno.

No lo presentaron como una solución al poder. Era un obstáculo construido por una mujer que había visto lo que sucedía al quitar los obstáculos para actuar más rápido.

Beran dejó el cascabel junto a la lápida y lo recogió un momento después. Quiso honrarla desprendiéndose de algo amado, como en los cuentos. La idea le resultó ajena en cuanto vio el objeto sobre la piedra.

—Es mío —murmuró.

Nadie se lo discutió.

Antes de partir, anotó la cifra de los cuarenta y seis días. Si alguna vez volvía a hablar de Hara en las minas, empezaría por contar que tuvo que vivirlos.

No encontraron una llave en su tumba. Hallaron planos de conducciones y una advertencia sobre los sellos: las piezas de límite podían trasladarse entre anclajes, pero debían ser asentadas por voluntades que aceptaran no poseer el paso. Repetir una frase no bastaría si los actos la negaban.

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Cada piedra guardaba el vínculo entre quienes la habían abierto.

—Una máquina que exige honradez —dijo Maera—. Alguien debió advertirles sobre nosotros.

Beran negó.

—Exige que nadie pueda accionarla solo. Lo demás viene después.

En las Criptas del Juramento había armas clavadas en el suelo y telas envolviendo cuerpos sin embalsamar. No eran los grandes señores de los relatos. Estos estaban en monumentos más cerca de la entrada. Aquí descansaban los que hicieron cumplir sus promesas.

Las armaduras empezaron a moverse cuando Serik cruzó el círculo central. No tenían cuerpos dentro. Viejos vínculos de guardia seguían sujetos al hierro.

—¿Qué juraste? —preguntó una voz desde el muro.

El paladín levantó el escudo.

—Proteger a quienes no puedan protegerse.

—¿Por orden de quién?

Serik miró las espadas que se volvían hacia él.

—Eso es lo que vine a averiguar.

La primera hoja le golpeó el borde del escudo. El sonido se perdió entre las raíces.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.