La deuda de los que vuelven / 20
19 · La orden y la herida
Tercera parte · Ninguna voz alcanza
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Ysara Venn los esperó fuera de la ciudad, junto a un campamento de la Armada. Tenía el pelo cortado al ras y una vieja lesión que la obligaba a desmontar apoyándose en la silla.
—No firmé una orden para quemar Valdelinde —dijo antes de saludar.
Serik sacó la copia encontrada en la aduana.
—Firmó la captura de quienes declaraban contra el canciller.
Ella leyó sin cambiar de expresión.
—Por robo de documentación de guerra.
—La documentación era la guerra.
Ysara levantó la vista. Dos soldados cercanos dejaron de fingir que trabajaban.
—Conozco al hombre que te entrenó. Te enseñó a presentar una acusación con pruebas.
Serik puso los registros en sus manos.
Ysara no se llevó las hojas a su tienda. Pidió una mesa y las leyó donde los soldados podían verla. Un teniente acercó una lámpara, aunque aún había luz. Ella le ordenó buscar el libro de movimientos del mes.
A Serik le resultó dolorosamente familiar aquella manera de trabajar. La comandante buscaba una cifra que pudiera llevar hasta
el final sin que se deshiciera. A él lo defendió una vez de una acusación de cobardía porque los horarios demostraban que recibió la orden de retirada después de empezar a evacuar heridos.
Le debía el derecho a seguir llamándose paladín. Hasta ese día había procurado no pensar qué significaba deberle también obediencia.
Un soldado joven los invitó a comer. Cocinaban habas con tocino. Maera aceptó y se sentó bajo una insignia enemiga. Los hombres hicieron un espacio demasiado grande a su alrededor. Uno quiso preguntar de dónde venía. Otro lo golpeó con el codo.
—Brasanegra —dijo ella—. También tenemos cucharas.
El cocinero le entregó una sin sonreír. Un momento después acercó más pan.
Elyen observó las torres de vigilancia. Estaban bien dispuestas para ver ataques desde el camino, pero dejaban un corredor ciego hacia el arroyo. Se lo señaló al teniente. El hombre agradeció y mandó corregir el puesto. Maera miró al cazador con una expresión que él conocía.
—No les enseñé a encontrarte. Les mostré por dónde les
podían matar al chico que nos trajo comida.
Ella quiso contestar. No encontró una objeción que no convirtiera al chico en una necesidad táctica.
Neris se sentó junto al cocinero. En el fondo de la olla se había formado una costra; él la raspaba para que alcanzara a la segunda guardia. Había servido antes en un barco y reconoció el nombre de Arel Dorna. La capitana sacó a su hermana de un puerto sitiado junto a otras cuarenta personas. No les cobró porque necesitaba manos para achicar el agua.
—Siempre cobra. Pero a veces te da trabajo en vez de deuda.
La gnoma guardó la frase. Después se obligó a devolverle otra: le contó que el grano de Valdelinde venía de Dalia. El cocinero quedó un instante con la cuchara detenida. Había perdido un hermano en una emboscada de la Horda.
—No lo sabía —dijo al fin.
Continuó raspando. Nadie le pidió que agradeciera en nombre del muerto.
Serik no se quedó a mirarla leer. Le había entregado la espada
al llegar, como correspondía a un acusado, y la esperó desarmado junto al fuego de la cocina mientras los soldados discutían si aquello había sido valentía o una rendición absurda. Maera no participó. Había visto agentes morir por respetar menos un vínculo que todavía podía servir.
La comandante volvió al cabo de una hora.
—No voy a entregar la ciudad a la Horda por esto —dijo.
—Nadie se la pidió.
—Alguien lo hará cuando empiecen los combates.
Serik pensó en Darven, en las familias del refugio, en el hombre que le había escupido a los pies.
—Entonces impídalo. Pero deje de impedir esto.
Ysara le devolvió la espada. Su insignia quedó sobre la mesa.
—Cuatro días. Voy a revisar las órdenes de los depósitos. No puedo prometerles más sin romper la cadena de mando.
—A veces ya está rota —dijo Beran—. Lo único que queda unido es el sonido.
Desde Albarroca partieron hacia los Túmulos. Atravesaron las praderas de las estacas, donde los campesinos marcaban el ganado extraviado; siguieron el
arroyo de los mimbres, entraron en un bosque lleno de cernícalos y llegaron a una planicie de raíces al caer la tarde del tercer día.
Elyen los detuvo antes del bosque. Había plumas arrancadas en el camino.
—No por un animal. Los cazaron para que no nos avisaran.
El ataque llegó desde las ramas. No llevaba insignias de Ordan. Eran hombres del clan de la Rama Alta, enfrentado a la familia de Elyen por derechos de paso.
El cazador pudo haber respondido con una flecha. Tiró el arco al suelo y gritó el nombre de una anciana.
La mujer apareció por detrás de un tronco.
—Tu padre cerró el sendero cuando enterramos a los nuestros —dijo.
Elyen no lo negó.
—Ahora lo necesito abierto para salvar a gente que no tiene nada que ver con nosotros.
—Siempre es por alguien más.
La anciana se llamaba Sael. Era tía de la niña muerta en el carro. No llevaba arco; sostenía un bastón con una muesca por cada estación desde el cierre
del sendero.
Elyen puso la espina de hierro en el suelo.
—La saqué de una rueda en el camino desde Valdelinde. Quedan más.
Los hombres de la Rama Alta se miraron. Uno quiso llamarlo cobarde por haber dejado pasar años. Sael le indicó que callara. No para defender al cazador, sino porque la ofensa le permitiría responder al enojo en vez de contestar la pregunta importante.
—¿Qué vas a hacer cuando termine esto? —preguntó.
Elyen miró el arco que había arrojado.
No podía entregar las tierras de su familia. Tampoco tenía derecho a prometer que su padre cambiaría de opinión. Ofreció su testimonio y los mapas de los pasos que ayudó a vigilar. Aceptaría que los revisara un concejo donde su familia no tuviese mayoría.
—Entonces vas a perder tu casa —dijo Sael.
—Puede ser.
La anciana sostuvo el silencio hasta asegurarse de que él no iba a convertir esa posible pérdida en un mérito que ella debiera agradecer.
Después le mostró el lugar donde la niña había muerto. Era
una curva pequeña, con un avellano que crecía inclinado. Habían retirado el carro y plantado flores. Nadie levantó un monumento porque los dueños del camino no autorizaron obras.
Elyen se arrodilló para arrancar una espina que asomaba junto a la raíz. Los dedos le quedaron ensangrentados. Sael le dio unas tenazas antes de que pudiera seguir usando el dolor como demostración de nada.
—Trabajá bien —dijo.
Teren los observó desde lejos. Casi ninguna reparación era hermosa al principio: había herramientas equivocadas, orgullo y el trabajo lento de admitir que la otra persona no tenía por qué sentirse mejor al recibirla.
Los miembros del clan discutieron las condiciones durante la cena. Algunos querían detenerlos. Otros habían oído que las llamadas del sello alcanzaban a parientes propios. No decidieron por una nobleza común a los elfos, ni por el bien inevitable del mundo. Decidieron porque cada uno podía nombrar algo que perder y una razón para aceptar el riesgo.
La discusión duró hasta la noche. Los dejaron pasar a cambio de una
promesa escrita: Elyen declararía contra su propia familia en el juicio de los caminos.
Neris lo ayudó a redactarla. Él sostuvo la pluma tan despacio como si estuviera apuntando a un animal amado.
Al amanecer, cuando abrieron el paso, Sael recogió la espina del suelo.
—Esta queda con nosotros —dijo.
Elyen asintió. No todos los recuerdos que servían para cambiarle la vida le pertenecían.
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