La deuda de los que vuelven / 19
18 · El padre de la ciudad
Tercera parte · Ninguna voz alcanza
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
La primera vez que Teren vio a Adria, la niña discutía con una enfermera sobre el tamaño de la luna.
Decía que, si podía entrar completa en un balde, no tenía sentido que los maestros insistieran en que era mayor que los castillos. La enfermera intentó explicarle los reflejos. Adria le pidió entonces que reflejara una manzana, porque no había comido en todo el día.
Teren era un novicio a cargo de lavar los recipientes. Se rio. La niña lo llamó para que actuara de juez y él sostuvo una opinión tan confusa que terminó declarando que ambos tenían razón. Adria lo acusó de cobarde.
Tres días después empezó la fiebre.
La recordaba así, aunque quizá hubiese confundido el orden. En aquellas semanas los días se parecían tanto que solo la entrada de un cuerpo nuevo hacía avanzar el calendario. La enfermedad había venido por los depósitos de agua de las terrazas. Las familias de abajo bebían de ellos; las de arriba creían estar a salvo hasta que una criada
llevó la fiebre a una casa de jardines.
Cael apareció con carros de sábanas. Todavía no era canciller. Había pagado los primeros tratamientos para los criados antes de saber que su hija enfermó. Teren quería recordar aquello con exactitud, incluso ahora.
Los sacerdotes cerraron una sala para preservar el santuario. Ordan preguntó si el santuario tenía más derecho a conservarse limpio que los niños a tener techo. La discusión terminó cuando él rompió el candado. Teren lo ayudó a cargar camas.
Durante seis noches trabajaron cerca. El hombre distinguía a los enfermos por sus nombres, sabía quién necesitaba otra manta y quién solo quería oír a alguien leer. Sus recursos no bastaban. Los remedios llegaban tarde; algunos estaban adulterados. Los encargados de los pozos se pasaban acusaciones para no admitir que debían cortar el suministro.
Una noche Adria pidió ver el agua. La llevaron en brazos hasta el patio. Tenía los labios partidos. Teren le acercó un recipiente limpio y ella puso dentro el barco que su padre le había
hecho.
El barco se inclinó hacia un lado.
—No sabés hacer nada derecho —le dijo a Cael.
Él se echó a llorar y la niña le tocó la mejilla como si estuviera curándolo.
Teren no sabía qué hacía la gente con una escena así después de nueve años. Había creído que se gastaba con el uso, igual que una moneda. En cuanto volvió a ver al canciller comprendió que también podía endurecerse hasta servir de hoja.
Adria murió cuando él estaba en el lavadero. Lo llamaron para llevar sábanas nuevas. Cael permanecía a los pies de la cama y le hizo la pregunta que el clérigo volvería a oír durante años en otras voces:
—¿Ya está?
El novicio no supo contestar. La enfermera dijo que sí.
Más tarde, Cael financió el entierro de los niños. Reconstruyó pozos, envió auditores, estableció cocinas. La ciudad empezó a llamarlo padre antes de convertirlo en canciller. Era posible seguir el camino entre aquellas decisiones y la red de sellos. No había, sin embargo, un
punto exacto en que la pena dejara de ser pena y se convirtiera en permiso.
Teren volvió al presente al oír rozar la jarra contra un vaso.
Ya no era un novicio. Al otro lado de la mesa tampoco quedaba solamente el hombre que había visto junto a una cama.
Cael Ordan sirvió el agua personalmente. Al ver la manga vacía de Beran, llamó a un criado para que trajera una silla más baja. El enano no la rechazó.
—Cuarenta y tres —dijo Teren.
El canciller dejó de servir.
—Ese era el número del hombre colgado en los puentes. Quiero saber su nombre.
Ordan acercó a sí una libreta y la abrió sin preguntar dónde habían estado.
—Esren Toll. Soldado desertor. Tenía una condena de ejecución.
—Eso no era una ejecución —dijo Serik.
—Era un experimento que debía impedir otras.
Maera apartó el vaso.
El canciller no buscó una palabra menos horrible.
—¿Creen que no sé lo que estamos haciendo? Hace nueve años enterré a mi hija con treinta y
siete niños. No tenía diez años. Las campanas sonaron hasta que el sacristán no pudo levantar los brazos. Después llegaron retornados. Una lavandera. Un hombre que había matado a su esposa. Un muchacho que nunca quiso volver a hablar con sus padres. Mi hija no.
Teren había atendido a Adria durante su última semana. Recordaba menos de ella de lo que habría querido: los ojos hinchados, una broma sobre los sacerdotes calvos, un barquito de madera que no flotaba derecho. La memoria le pareció una forma miserable de justicia.
—No hay elección moral en ese reparto —siguió Ordan—. Ni piedad que podamos reconocer. Si los dioses administran una puerta, yo quiero quitarles la llave.
Ivara lo escuchaba con los dedos entrelazados.
—Entonces ¿por qué su nombre en los sellos?
—Porque hace falta una voluntad que reúna las partes.
—La suya.
—La mía hasta que exista una institución capaz de hacerlo mejor.
Beran levantó su muñón vendado.
—Siempre está por llegar esa institución. Entretanto, alguien se queda sin mano.
Ordan sostuvo
su mirada.
—Podría devolvérsela.
El silencio que siguió fue más cruel que un insulto. Teren vio a Beran abrir la boca y volver a cerrarla.
Cael hizo traer una caja con una pieza de piedra. Había sido hallada entre restos llegados de la Gruta del Contrabandista, en la costa de los Náufragos, al oeste de las Marismas Grises. Contrabandistas muertos disputándose un objeto que ninguno había sabido leer. Una parte de límite original, con el borde tallado como una corriente.
—La cuarta —susurró Ivara.
—La única en manos seguras —dijo Ordan—. Ustedes han desarmado dos anclajes. El peso se trasladó a los otros. El Templo del Ojo puede abrirse solo si seguimos destruyendo lo que no entendemos.
Teren se inclinó hacia delante.
—Devuelva esa pieza. Abra el refugio. Permita testigos en las obras. Podemos estudiar el resto juntos.
El canciller lo miró como al muchacho que había conocido.
—Todavía creés que tener razón te da tiempo.
Ordan llamó a un asistente y pidió el primer libro de recepciones.
Teren creyó
que iba a mostrarles pruebas de agradecimiento. Había muchas. Personas que recuperaron vínculos, comerciantes que pagaron sus propias raciones al marcharse, un anciano que volvió y murió otra vez en la misma estación sin querer alejarse de su huerto. También había errores: dos familias disputándose a un hombre, una mujer declarada retornada que jamás había muerto y aprovechó la confusión para escapar de una condena.
—A veces hay que decidir sin certeza —dijo el canciller.
Maera abrió el libro por la mitad. Encontró a una persona que pidió irse hacia Brasanegra y recibió tres prórrogas de observación. La última nota no tenía fecha de salida.
—¿Por qué seguía acá?
El asistente buscó en sus papeles. Era una tejedora con quemaduras del incendio de una aldea. Se negó a explicar por qué quería viajar al sur. Los encargados supusieron que sufría una compulsión vinculada al sello.
—Mi primo también quería ir al sur —respondió Maera—. Tenía familia.
Ordan insistió en que había ocurrido daño real cuando liberaron a personas demasiado pronto.
No era falso. Ivara pidió saber cuántas veces el daño fue causado por el regreso y cuántas por la reacción de los demás. Nadie había separado esas cifras.
El canciller cerró el libro.
—Pueden desarmar cada decisión hasta demostrar que ninguna fue perfecta.
—No hace falta que sean perfectas —dijo Teren—. Hace falta poder cambiarlas sin que usted sienta que le están quitando a su hija.
Cael se quedó inmóvil.
El clérigo supo que había sido cruel. La frase era cierta en una parte y usaba otra como arma. No iba a protegerla llamándola franqueza.
—Eso último estuvo mal —añadió.
Neris lo miró, sorprendida.
Ordan abrió otra vez el libro, aunque ya no buscó ninguna página. Pareció un hombre al que acababan de golpear delante de sus empleados y que debía elegir qué hacer con el poder de devolverlo.
—El daño no se vuelve menor porque lo reconozcas —dijo.
—Lo sé.
No quedaron reconciliados. Pero durante un momento ninguno pudo esconderse detrás de una intención pura, y aquella mesa dejó
de ser la escena sencilla que Cael había preparado para mostrarse rodeado de ingratos.
Los dejó ir al anochecer. Aquello no fue misericordia: les entregó una oferta por escrito y dispuso que hubiese testigos. Si rechazaban la reparación que él proponía y el mundo se rompía, quería que todos supieran a quién reclamar.
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