ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 18

17 · Las terrazas del amparo

Tercera parte · Ninguna voz alcanza

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

ELDERLANDS18 / 001

Albarroca se veía antes de que se oyera. Al salir de las colinas aparecieron los tejados azules, después los muros claros y las terrazas sostenidas por contrafuertes. El agua caía de una altura a otra en canales abiertos. Bajo el sol parecía que la ciudad entera derramaba plata.

Teren recordaba aquel resplandor. De niño había pensado que demostraba la benevolencia de los dioses. Ahora vio a las mujeres que subían cántaros desde los barrios de abajo porque las conducciones limpias pasaban por encima de sus casas.

En la terraza baja, un hombre vendía agua en jarras. Más arriba caía una cascada destinada a enfriar el patio del archivo. Los niños del vendedor sabían en qué horas podían acercar un cubo a la salida sin que los guardias los vieran. Habían convertido un sobrante de la ciudad en un oficio clandestino.

Teren pidió una jarra. El hombre lo reconoció como clérigo por la costura de la manga y quiso regalarle el agua. Él pagó. No era el gesto que había venido

ELDERLANDS18 / 002

a realizar, pero le pareció un buen modo de entrar.

Neris se quedó mirando un mosaico en la pared. Mostraba a los primeros albañiles recibiendo la medida del mundo de manos de Aethrion. Todos parecían humanos, todos tenían la misma altura. En un rincón, bajo un mortero, se distinguían dedos muy pequeños. La figura que antes sostenía el recipiente había sido cubierta al renovar el dibujo.

—Gnomos —dijo.

Ivara se acercó. La reparación era de otra época; detrás del hombro de un cantero quedaba la punta de una oreja oscura. Bajo la inscripción de la fundación imperial había un signo más antiguo de cofradía.

No encontraron una edad de oro escondida. Los albañiles originales tampoco habían pintado a las mujeres que transportaban comida. Alguien las añadió siglos después y otro volvió a borrarlas. La historia no era una pared limpia esperando que quitaran una única capa.

En el mercado había una fila de enfermos. Venían a registrarse para el Refugio de la Mano. A una mujer le exigían demostrar la

ELDERLANDS18 / 003

muerte de su marido antes de permitirle buscarlo entre los retornados.

La mujer llevaba el cuchillo que lo había matado.

Teren intentó intervenir. El escribiente no se burló ni la trató mal. Explicó que seis personas habían reclamado al mismo retornado en dos días y que el hombre no reconocía a ninguna. Una familia quería llevárselo a trabajar a su taller. Él no sabía cuál.

—Si la dejo pasar sin control, me dicen que no protejo al hombre. Si la detengo, me dicen que separo a una esposa.

Ivara propuso que la audiencia se hiciera dentro, con ambos presentes y un testigo que no perteneciera al refugio. El escribiente buscó en sus normas. No estaba prohibido. Tampoco autorizado. Serik escribió una recomendación y dejó su sello junto a la firma. No exigió que obedecieran. El hombre tomó la hoja y abrió el postigo.

Se quedaron hasta verla cruzar.

Por las escaleras bajaba un coro de aprendices. Cantaban que el amparo de Albarroca no distinguía procedencias. Uno se distrajo mirando a

ELDERLANDS18 / 004

Maera, perdió una nota y siguió con la boca abierta para que el maestro no lo notara.

La asesina tuvo que apartarse para ocultar una sonrisa. La ciudad que detestaba también producía chicos convencidos de ayudar a sostenerla. Le resultó difícil mantener una imagen de ella que cupiera entera en su odio.

Los detuvieron en la segunda puerta. Serik dijo su nombre y presentó la carta enviada a Ysara. El oficial de guardia le pidió la espada. Maera dejó los cuchillos en una bandeja, pero sostuvo la mirada del hombre hasta que él se quitó también el arma.

—Una conversación —dijo ella—. Ya que así la llaman.

Los condujeron ante Adela Veyr. La gobernadora tenía un mapa sobre las rodillas y una bota sin abrochar: acababa de volver de los graneros. Había autorizado las detenciones de los retornados. No intentó negarlo.

—Me dijeron que podían enfermar —explicó—. Que había que impedir un segundo desastre.

Ivara le mostró las listas de garantías de obediencia. Adela leyó tres nombres, llamó a su

ELDERLANDS18 / 005

secretario y le ordenó verificar las familias. El hombre palideció sin moverse.

—Ahora —dijo ella.

Después de que salió, la gobernadora dejó los papeles sobre la mesa.

—Si esto es cierto, voy a necesitar su testimonio bajo juramento.

—Lo tiene —respondió Teren—. Pero primero abra el Refugio de la Mano.

Adela miró a Serik.

—¿Entienden lo que piden? Tenemos miles bajo esos techos. Si el auxilio se retira, yo no puedo reemplazarlo con un discurso.

El paladín había preparado una acusación. La dejó sin decir.

—No los libere para abandonarlos —respondió—. Líberelos y siga dándoles de comer.

El secretario volvió con una orden de audiencia del canciller. Cael Ordan los esperaba esa misma tarde.

Antes los dejaron ver el refugio. Había patios limpios, enfermerías, comida caliente. También había cerrojos en las puertas de los dormitorios. Una enana retornada cuidaba a dos niños que no eran suyos. Cuando Teren le preguntó si podía salir, ella le mostró una pulsera de cobre.

—Si me la quito, dicen que no voy a encontrar

ELDERLANDS18 / 006

de nuevo mi casa.

En la pared colgaba una representación de Ilyndra entregando una semilla. Debajo alguien había pintado la puerta de cinco trazos.

Teren se quedó junto a la puerta del dormitorio cuando empezó la cena.

Los cuidadores abrían el cerrojo desde afuera. Un niño ayudaba a repartir tazones y recibía un trozo adicional de pan por devolver la llave. Habían convertido la vigilancia en una tarea doméstica tan repetida que casi nadie la veía. Cuando Serik le pidió examinar el cierre, el muchacho creyó que había perdido algo.

La enana de la pulsera se llamaba Oda. Antes de morir había sido guardia de un almacén. Su hermana no quiso recibirla después del regreso; estaba convencida de que la verdadera Oda habría recordado la contraseña con que jugaban de chicas.

—Nunca hubo una contraseña —dijo la mujer—. Se la inventó después de que llegué.

Teren le preguntó si quería volver a verla. Oda siguió moviendo la cuchara.

—No hoy.

Un cuidador intervino para explicar que la hermana estaba atravesando

ELDERLANDS18 / 007

un duelo complicado. Oda lo escuchó con una paciencia ensayada.

—Yo también —respondió.

Teren sintió que la frase alteraba todo lo que había venido a preguntar. Hablaban de retornados como personas devueltas a los demás. Nadie les preguntaba qué habían perdido al encontrarse otra vez en un mundo que siguió sin ellos.

Serik pidió que dejaran el dormitorio sin cerrojo. El cuidador se negó. Tenía una orden escrita y dos intentos de fuga de pacientes desorientados.

La gobernadora llegó antes de que la discusión creciera. Adela miró el cierre y preguntó cuántos accidentes habían ocurrido fuera. No supieron decirle. Los registros incluían a quienes intentaron irse como prueba de que no estaban en condiciones de hacerlo.

No ordenó abrir todas las puertas sin más. Mandó traer las listas, identificar casos concretos y suspender la norma general. Oda pidió ser la primera en revisar su condición. Conocía cerraduras mejor que dos de los guardias.

Adela la escuchó describir el mecanismo. Al final le dio la llave para que abriera ella.

Los

ELDERLANDS18 / 008

niños dejaron de pasar platos durante un instante. La puerta no produjo un gran sonido. Un pasador de metal salió de una cavidad y nada obligó a quienes estaban dentro a levantarse.

Oda siguió cenando.

La libertad podía parecerse mucho a eso desde afuera: ninguna escena, ninguna huida memorable, una mujer decidiendo terminar su sopa antes de pensar a dónde ir.

Teren reconoció la voz antes de volverse.

—Todavía te detenés frente a los dibujos.

El canciller estaba solo. Llevaba una jarra de agua y cuatro vasos.

—Adria hacía lo mismo —dijo—. Los artistas dejan más preguntas de las que responden.

El progreso se guarda en este navegador. Las páginas de lectura son propias de esta edición digital.

ELDERLANDS

Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.