La deuda de los que vuelven / 17
16 · Las cuentas de una canción
Segunda parte · Lo que se sostiene entre todos
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Neris cantó en la plaza de Valdelinde cuando los muertos estuvieron enterrados y el primer horno volvió a encenderse.
No contó toda la historia. Empezó por la harina. Dijo de dónde venía, quién la había cargado y quién se había negado a abrir las puertas a los hombres armados. Nombró a los muertos de la inundación y a los de las minas. Incluyó al capitán caído en el puente y a Luro, que seguía preso bajo vigilancia de Mara Dels. No les dio la misma muerte ni la misma culpa.
Cuando llegó al fragmento de Madruga, se detuvo.
—Mi abuela decía que el primer escriba fue un pájaro. Aprendió a guardar el canto de los otros y se creyó dueño del bosque. Un día todo el bosque calló y el pájaro descubrió que no había guardado el canto: solo lo había escuchado.
Un hombre se levantó del borde de la fuente.
—Mi hermano volvió. Si destruyen esa puerta, ¿lo perdemos?
Neris buscó a Teren con la mirada.
El clérigo dio
un paso hacia la luz.
—No sabemos prometerles que nadie se pierda. Sabemos que hay hombres usando a los que volvieron para obligar a sus familias. Y que, antes de abrir esa puerta, alguien escribió que ningún regreso tendría dueño.
—Entonces decí eso —respondió el hombre—. No que vienen a salvarnos a todos.
Neris inclinó la cabeza.
Después de la canción, tres hombres se acercaron para corregir nombres.
Uno tenía razón. La muchacha muerta en el desborde no se llamaba como figuraba en la lista. Otro afirmaba que su primo no había estado entre los guardias, aunque dos vecinos lo reconocieron. El tercero quería retirar a un soldado de la relación de muertos porque era enemigo y no merecía que se gastara aire en él.
Neris llevó a los tres hasta una mesa. Pidió a la primera familia que escribiera el nombre correcto o lo dictara a quien supiera. Al segundo le dijo que añadirían su declaración sin borrar las otras. Al tercero le preguntó quién devolvería el cuerpo a
la madre si dejaban de decir que había muerto allí.
—No vino a devolvernos nada —respondió él.
La gnoma asintió.
—Entonces escribimos eso también.
El hombre creyó que se burlaba. Se alejó insultándola.
Teren miró las hojas y sintió un miedo distinto al de los túneles. Podían encontrar una inscripción original, demostrar que un pago era falso, conservar un sello. Ningún objeto impediría que la gente eligiera el relato que la dejara mejor colocada.
Ivara tomó una silla.
—No hace falta que cada versión valga lo mismo —dijo—. Hace falta que se vea por qué creemos una.
Prepararon una columna para el nombre de quien declaraba y otra para lo que pudo observar directamente. Las suposiciones irían aparte. Aquello no convertiría a todos en honestos. Al menos haría más caro mentir sin que alguien pudiera volver a preguntar.
Neris pensó en su abuela. Había vivido de mezclar versiones y ahora la nieta estaba inventando casillas para separarlas. Le habría parecido una traición a la música. Tal vez lo fuera. El
respeto a una persona muerta no exigía conservar intacta cada costumbre suya.
Lina trajo velas. Se sentó a contar lo que había visto en el molino: la lámpara, el aceite, el guardia que ayudó a su padre. No sabía si el fuego fue provocado. El escribiente que sobrevivió seguramente presentaría aquella duda como una absolución.
La muchacha lo sabía y no cambió su relato.
Teren la escuchó hasta el final sin interrumpirla una sola vez.
Cuando se apagó la última vela, no tenían una historia única. Tenían algo con lo que una persona que llegara después podría empezar a discutir sin borrar a todos los anteriores.
Al amanecer, la noticia ya marchaba hacia Cuencapuente en boca de carreteros. Cambiaría por el camino. Ivara mandó copias escritas por tres rutas, con sus fórmulas y su firma incluidas. Beran envió el plano de las minas a un gremio que lo había expulsado. No pidió que le devolvieran el puesto: pidió que revisaran las salidas de agua antes del deshielo. La caja del
ciervo la mandó aparte, cerrada, a la madre de Tavo.
Serik escribió a Ysara Venn. Usó el tratamiento completo, comandante de la Armada, y ningún insulto. La carta terminaba con una pregunta que le llevó media noche: «¿A quién protege una orden cuando impide que sus víctimas declaren?».
Maera se despidió de Darven junto a los carros vacíos. Él quería que regresase al sur con sus hombres.
—Si muero lejos, no vas a poder recuperarme —le dijo ella.
Darven la miró con enojo.
—No te mandé para que murieras bien.
—Entonces seguimos de acuerdo.
Neris se separó de los demás durante una tarde para entregar la carta de Iven.
La destinataria vivía en una aldea de alfareros al otro lado de la loma. Se llamaba Sura y llevaba una semana buscando noticias en los carros de Cuencapuente. Cuando vio a la gnoma con el cilindro, dejó la vasija que estaba modelando sobre una tabla.
—Decilo primero —pidió.
Neris lo dijo.
La mujer se limpió las manos en el delantal. Se
las limpió otra vez, aunque ya no tenía barro. Después invitó a la gnoma a sentarse y puso agua al fuego. No preguntó cómo murió hasta que pudo ocuparse del ruido de la olla.
Neris le contó lo que sabía y separó lo que solo habían supuesto. Iven llevaba una flecha; los atacantes buscaron sus papeles; no sabían si alcanzó el molino con vida. Habían enterrado el cuerpo bajo el roble de Valdelinde. La tumba no sufrió en la inundación.
Sura sostuvo la carta un rato sin abrirla.
—Le dije que no fuera —confesó—. Él habló como si yo solo quisiera vivir tranquila. Se fue enojado. Esperé que volviera para enojarme yo.
Neris conocía aquella clase de final. Las canciones solían corregirlo: la última despedida se convertía en una frase perfecta, una promesa o un abrazo que daba sentido al resto. Ahora tenía delante a una mujer cuya última frase al muerto había sido una ofensa que no quería retirar.
—Podés seguir enojada —dijo.
Sura abrió la carta. Había seis
líneas de amor, tres sobre el precio de un cuarto cerca del puente y una discusión que continuaba con términos menos duros. En el borde de la última página Iven había dibujado una taza torcida. Era una de las primeras que ella le vendió. La conservaba porque no retenía bien el calor y así no se quemaba cuando salía apurado.
La mujer rió al verla. Luego se quedó sin aire. Neris acercó una silla y esperó sin tocarla.
Cuando Sura pudo hablar, quiso saber si la muerte de Iven había servido.
La gnoma tuvo una respuesta inmediata: gracias a él habían encontrado los archivos, descubierto la red, sacado trabajadores de las minas. Ya abría la boca cuando se dio cuenta de que todo eso no era una medida del hombre.
—Nos ayudó a ver —dijo—. Todavía no sé qué vamos a poder hacer con lo que vimos.
Sura asintió, cansada.
—Deciles que tenía miedo. No lo vuelvan un valiente que no se parecía a él.
Le dio dos tazas y
un pedazo de arcilla envuelto para que lo dejase en la tumba. Neris lo llevó al roble antes de regresar con sus compañeros.
Teren la esperaba en el camino. No le pidió que contara la conversación.
—¿Hay algo para mí? —preguntó.
Ella le dio una de las tazas.
—Esto quema por todos lados. Usala con cuidado.
Partieron hacia Albarroca para exigir acceso a los registros del hospicio. Después tendrían que llegar al roble hueco de los Túmulos. Entre ambos quedaban soldados, campos inundados y personas que podían preferir la promesa del canciller a la verdad incompleta de siete viajeros.
Lina les dio pan para el primer día.
—Cuando vuelvan —dijo—, capaz tenemos molino.
Teren aceptó el pan sin prometerle un regreso. Ella pareció agradecérselo.
El progreso se guarda en este navegador. Las páginas de lectura son propias de esta edición digital.