La deuda de los que vuelven / 15
14 · El valle de las cenizas húmedas
Segunda parte · Lo que se sostiene entre todos
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
La noticia los alcanzó en el bosque de abetos.
En Valdelinde, Lina había estado moliendo grano cuando llegaron las órdenes.
No se presentaron con antorchas. Un escribiente de voz amable pidió reunirse con Oren bajo techo. Traía un mapa de la represa y una autorización para trasladar a quienes hubieran regresado de la muerte. Decía que el agua podía contaminarse y que era preciso proteger a los más expuestos.
Lina lo oyó desde la escalera. El escribiente preguntaba por muertos como otros preguntaban por cabras: cuántos, de qué familias, en qué casas. Oren contestó que no había un registro así. Habían nacido criaturas desde la última cuenta y un hombre volvió después de ocho meses. No sabía si debía incluirlo entre los vecinos o entre las visitas.
El escribiente sonrió sin celebrar la broma.
—Entonces empezamos hoy.
Oren pidió ver la orden de evacuación de los barrios bajos. No había tal orden. Se abría la represa para aliviar la presión de las conducciones; el concejo debía disponer el movimiento de
personas por su cuenta. El gobernador miró el mapa y comprendió que el margen anotado era de horas.
Mandó a Lina a tocar las campanas.
Ella corrió a la torre. Subió los peldaños de dos en dos y tiró de la cuerda hasta que se le levantó la piel entre los dedos. La primera campanada pareció una equivocación. A la quinta, salieron mujeres con niños en brazos. A la undécima, el aprendiz del arado apareció con una cuerda y fue a sacar animales de los corrales.
Los soldados quisieron detener la alarma. Oren se plantó en la puerta de la torre con la lanza que casi nunca llevaba bien. No habría podido vencerlos. Detrás llegaron el panadero, Arven, la hija de Arven y doce vecinos que no estaban dispuestos a abandonar al hombre que acababa de avisarles.
El escribiente los llamó insensatos. No tenía una orden para matar y temía verse obligado a explicarlo. Retrocedió hacia el camino y dejó a dos hombres vigilando el molino.
El agua llegó antes
del mediodía. No vino como una pared: apareció detrás de los cercos, llenó los canales al revés, empezó a entrar en las bodegas. Un anciano se negó a dejar la cama de su mujer muerta. Lina le sacó la manta y le prometió que la llevarían después. Mintió con tanta convicción que el hombre terminó siguiéndola.
Cuando quiso volver por la manta, el agua ya había tumbado una pared.
En el molino, los guardias buscaban lo que había traído el correo. No sabían que Teren se lo llevó. Rompieron sacos y levantaron tablas. La llama empezó cerca del aceite de las herramientas. Lina nunca pudo decir si uno de ellos la había provocado o si se cayó la lámpara durante la pelea.
Pudo decir que su padre seguía adentro.
Entró gateando por la despensa. Lo encontró junto a una mesa caída, sin conocimiento. No pesaba más que el anciano de la manta, se dijo. No pesaba más que dos sacos. El cuerpo no le creyó, pero logró arrastrarlo hasta la
puerta.
Un guardia los ayudó a sacarlo. El otro había huido. Lina vio la insignia azul y le golpeó las manos hasta que el hombre se apartó. Después tuvo que dejar que volviera a ayudarla, porque el molinero había dejado de respirar de una manera que parecía respirar y ella no sabía qué hacer.
El guardia regresó a la casa por un cántaro. No salió. El techo cayó sobre la despensa.
Durante los días siguientes, Lina no quiso que la llamaran valiente. Quería entender cómo agradecer a alguien al que también tenía derecho a odiar.
Un muchacho venía sin caballo, con las suelas atadas a los pies mediante tiras de camisa. Era de Valdelinde. Teren lo reconoció por la cicatriz de una quemadura que él mismo había limpiado.
—Abrieron la represa del Fresno —dijo—. El agua entró por los campos. Después llegaron soldados a recoger a los que tenían señal.
El clérigo le dio agua y esperó a que pudiera seguir.
—Oren se negó. Quemaron el molino.
Teren pensó en
Lina debajo de la mesa.
Bajaron sin detenerse en el refugio. Beran perdió fiebre y la recuperó dos veces. No se quejó hasta que Ivara propuso dejarlo con los pastores.
—Si no puedo caminar, me atan al carro. No me conviertan en otro objeto que conviene ocultar.
El valle olía a ceniza mojada. La inundación había arrancado cercos y depositado truchas entre las calabazas. El agua no había llegado a la plaza, pero el fuego sí. El gran roble del cementerio tenía una rama partida; las tumbas seguían bajo él.
Hallaron a Oren en la iglesia, con la cabeza vendada. Había dieciséis heridos bajo las mesas. No les pidió que se fueran. Se hizo a un lado cuando Teren se arrodilló junto al primero.
Lina apareció al anochecer con un cántaro. Tenía el pelo cortado a cuchillo porque se le había prendido al sacar a su padre.
—La rueda quedó entera —le dijo al clérigo—. Se llevó el techo y las piedras se rajaron, pero la rueda quedó.
Él quiso
abrazarla. Ella le puso el cántaro en las manos.
—Traé agua. Todavía quedan muchos.
Durante dos días no hablaron de sellos.
La primera noche, una mujer entró al hospicio con dos ollas de agua y una noticia: el pozo del norte olía a animal muerto. Era el único que no había quedado bajo el barro de la inundación.
Teren quiso mandar cerrar el brocal. Oren le preguntó con qué agua pensaba lavar las heridas. Nadie discutía si el pozo era seguro, sino cuánto tiempo podían esperar sin usarlo.
Beran, acostado junto al muro, pidió ver un mapa del valle. Lina se lo dibujó con carbón en una tabla. El ingeniero señaló una conducción del molino que tomaba agua antes de los campos. Podía desviarse hacia el patio si limpiaban el canal y encontraban recipientes suficientes.
Lina lo miró como si acabara de permitirle regresar a una parte de su casa.
Salió con seis vecinos. Serik cargó piedras; Maera abrió camino entre tablones quemados. Elyen se adelantó para revisar el nacimiento.
Había pájaros bebiendo y huellas de animales que no huían del olor. No era una garantía de pureza, pero les permitió elegir dónde llenar los primeros cántaros.
Neris organizó a los chicos para avisar qué recipientes podían usarse. Tenían que distinguir los que guardaron aceite de los que habían contenido tintura. Una niña propuso poner una marca de harina en los buenos. A la gnoma le dolió ver caer al suelo aquel poco que todavía no sabían si podrían comer.
Para el amanecer, el agua llegaba por un canal abierto hasta la iglesia. Debían hervirla. Faltaba leña seca. Oren permitió desmontar los bancos de la sala del concejo. Eran de roble y habían servido a tres gobernadores.
Un vecino protestó. No por el valor del mueble, sino porque sabía que después les pedirían reconstruirlo sin cobrar.
—Lo anotamos —dijo Oren—. Y la próxima mesa no tiene por qué ser tan grande.
El aprendiz del arado apareció con tablas al hombro. Había aprendido a apoyarlas contra el brazo vendado. No quería
volver a sentarse entre los heridos y Teren no tuvo fuerzas para convertir cada intento suyo en una prohibición.
Le dio un trabajo que podía hacer sin abrir los puntos.
El muchacho tardó en aceptar. Al final empezó a cortar tiras para los atados, torpemente, con una mano menos capaz de lo que recordaba. Lina trabajó a su lado sin explicarle que era valiente. El clérigo se lo agradeció en silencio. Lavaron heridas, cavaron letrinas, hirvieron las mantas que pudieron rescatar. Serik clavó tablas junto a hombres que antes lo habían saludado como protector. Uno le escupió a los pies. El paladín sostuvo la tabla hasta que quedó derecha.
Maera envió un mensaje al sur y otro al este. No prometió que llegarían. Elyen abrió un paso por el bosque para que los carros no cruzaran las tierras blandas. Neris, sin instrumento, aprendió los nombres de los detenidos.
Teren encontró a Oren en los restos del molino.
—Si me hubiera quedado…
El gobernador se volvió.
—No hagas eso. No nos
robes también el derecho a haber decidido. Yo recibí la orden. Yo dije que no.
Le mostró una quemadura en la palma.
—Esto es mío. Vos fijate qué vas a hacer con lo tuyo.
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