ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 14

13 · Donde falta una mano

Segunda parte · Lo que se sostiene entre todos

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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No podían cerrar todas las conducciones. La presión rompería el techo de la fundición y sepultaría a quienes esperaban arriba. Tampoco podían dejarlas abiertas: el pulso del sello seguiría corriendo hacia las otras cámaras.

El agua subía por las escaleras inferiores. No corría hacia ellos con la violencia de una crecida; aparecía en las junturas, tomaba posesión de un peldaño y esperaba a que alguien apartara la vista para subir al siguiente. Beran puso tres astillas en el borde. Cuando retiró la tercera, la primera ya flotaba.

—Menos de media hora —dijo.

Ivara intentó calcular otro camino desde el plano. Había una chimenea de ventilación hacia la cantera, pero el tramo final estaba derrumbado. Maera podía llegar hasta la grieta y verificarla. Elyen midió el trayecto y decidió acompañarla. Serik quiso ir también; el enano lo detuvo con un gesto.

—Tenemos que mover peso. Quedate.

El paladín cargó una viga hasta el mecanismo. Se le abrió la palma donde una vieja ampolla todavía no había curado. Beran le mostró cómo

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sujetarla para que no se aplastara los dedos. La intimidad de aquella instrucción le hizo más difícil pensar en el destino de los huesos bajo el agua.

Maera regresó primero. La chimenea no tenía salida. Había una corriente fría detrás de las piedras, pero no sitio para pasar un brazo.

Elyen volvió con una tira de tela y una caja de madera del tamaño de un pan, con un ciervo tallado en la tapa. Las había encontrado juntas, enganchadas en el derrumbe. Había gente que intentó salir por allí durante la Ruptura. No añadió nada más. Beran recogió la tela y la guardó con el cascabel. La caja no la abrió.

Teren se arrodilló para revisar sus cuerdas. Ivara le preguntó si estaba rezando.

—Estoy buscando una que no se haya mojado.

La maga acercó la suya. Le habían enseñado de niña que los clérigos hallaban consuelo en cualquier ceremonia. Había esperado que aquel tuviera una oración especial para los lugares sin salida. Cuando dijo que no, se sintió por

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un instante abandonada por alguien que nunca le había prometido otra cosa.

—Podemos rezar después —añadió Teren—. Ahora me serviría que me sostengas esto.

Ella tomó el cabo. Él hizo un nudo, lo deshizo porque había quedado mal y volvió a intentarlo bajo la mirada de los demás. Nadie lo apuró. La urgencia no convertía un nudo defectuoso en un nudo útil.

Neris encontró en una pared el esquema de cierre. Había sido pintado para trabajadores que no supieran leer. Las figuras mostraban a dos personas operando la palanca y a una tercera aguardando en un lugar alto. El espacio donde debía estar esa plataforma era ahora una abertura negra.

Beran encontró la solución en una compuerta que él mismo había instalado veintisiete años antes. La bisagra seguía firme. El cierre debía hacerse desde el lado inundado.

Serik se ofreció. Beran negó con la cabeza.

—Tenés una mano atravesada y no sabés cuál palanca girar.

—Mostrame.

—No tenemos tiempo para convertir el valor en una profesión.

Teren sostuvo la lámpara

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mientras el enano se metía en el agua. Llegó a la cintura, al pecho. La corriente le levantó el abrigo. Beran apoyó ambos pies contra el muro y tiró de la palanca.

Algo cedió con un ruido seco.

La compuerta empezó a bajar. También empezó a bajar la viga a la que estaba unida la cuerda de seguridad.

Teren agarró el cabo con su mano sana. Serik se arrodilló a su lado. Maera sujetó al paladín por el cinturón. Todos se deslizaron un palmo. Beran gritó, pero el agua se llevó las palabras.

Ivara podía fundir el mecanismo. El fuego habría hervido el agua que envolvía al enano. Miró a Teren; él entendió que le estaba pidiendo otro camino, no permiso.

Neris metió el mástil de su bandurria entre los dientes del engranaje.

La madera crujió. Aguantó lo suficiente.

Sacaron a Beran antes del cierre. Tenía la mano izquierda atrapada bajo un trozo de hierro que llegó con él. Teren vio dos dedos triturados, tendones blancos, una arteria que llenó

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enseguida el pliegue de la manta.

El enano lo miró y asintió antes de que le dijera nada.

No hubo plegaria que sustituyera la sierra. Teren trabajó mientras Neris le sostenía la lámpara y cantaba una canción sin palabras. La había inventado allí, a medida que Beran necesitaba respirar.

Al terminar, el clérigo se apartó y vomitó sobre la roca. La mano que había quitado seguía sobre la manta. Serik la envolvió sin que nadie se lo pidiera.

Beran quiso sentarse. No pudo. Se quedó mirando el extremo del vendaje con una expresión que Teren no había visto ni durante el corte.

—Mové los dedos —le dijo al fin.

El clérigo creyó que deliraba.

—Los míos —aclaró Beran, irritado—. Quiero verlos una vez más.

Serik miró la manta cerrada. Ninguno supo responder. El ingeniero soltó una risa breve, feroz.

—Ya sé. Ya lo sé.

Neris se sentó junto a él. La bandurria rota estaba a pocos pasos. El mástil había quedado reducido a dos astillas largas. Beran la vio mirarla

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y le pidió disculpas.

La gnoma se enfureció.

—No me hagas eso ahora.

Él cerró la boca.

Tardaron un rato en comprender por qué ambos estaban llorando por un instrumento cuando había cuerpos en el suelo. Teren no intentó ordenarlo. Sujetó la venda, esperó a que el sangrado disminuyera y les pidió que guardaran los pedazos que quisieran llevarse.

Neris conservó la tapa con la roseta. Beran pidió que no le quitaran el cascabel del bolsillo. Después aceptó que lo levantaran.

En la cantera, Hulda los vio llegar y pidió que apartaran una mesa.

El ingeniero estaba consciente. No quiso mirarla. Ella tampoco intentó hablar de la declaración pendiente. Había atendido partos y accidentes de mina durante treinta años; sabía qué podía hacerse con agua limpia y qué no debía tocarse aunque alguien suplicara.

Revisó el vendaje junto a Teren y le mostró una zona que seguía sangrando. El clérigo apretó donde ella indicaba. No hubo necesidad de discutir quién sabía más.

Beran oyó la voz de la mujer antes

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de abrir los ojos.

—No me debés esto —dijo.

Hulda siguió trabajando.

—Le debo al brazo que no se pudra.

La respuesta no borró el odio. Le permitió aceptar que la ayudara a sostener el cuerpo que todavía tenía.

Los trabajadores trajeron listones para una camilla. Había madera suficiente para una sola que resistiera toda la bajada. Serik propuso usarla para Beran y repartir los cuerpos en puertas más cortas. Dos hombres dijeron que podían llevar al ingeniero entre ellos. Una mujer se negó: el sendero estaba helado y no iban a convertir el valor en otro accidente.

Teren apoyó las tablas sobre el suelo y las midió. Meses atrás habría esperado que el paladín diera una orden. Esta vez esperó a que terminaran de discutir, porque iban a cargarla todos.

Neris encontró las cucharas del tallador. El hombre seguía allí y se ofreció para ajustar las uniones. Trabajó con una rapidez que la gnoma no le había visto al venderle aquellas dos piezas torpes. Las cucharas habían sido la

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cuenta de los días, no la medida de su oficio.

Cuando la camilla estuvo lista, pusieron a Beran encima. Él pidió que lo giraran para ver la entrada una última vez.

Teren creyó que buscaba al niño del cascabel. El ingeniero miraba un conducto.

—Que nadie tape ese —dijo—. Si vuelven a trabajar acá, el alivio queda visible.

Un obrero lo marcó con cal.

Fue la primera instrucción suya que la cantera obedeció sin una orden de arriba en casi tres décadas. Beran cerró los ojos antes de que los demás pudieran ver lo que le hacía.

Neris guardó el resto de las astillas de la bandurria. Ya no sabía si quería reconstruirla. Se permitió no resolverlo mientras hubiera que bajar la montaña.

Salieron llevando dos cuerpos, un herido y los libros de la fundición. Los trabajadores los ayudaron a pasar las últimas galerías. En la entrada, el joven de los dientes rotos aguardaba sentado junto al capitán muerto.

—¿También lo bajamos? —preguntó.

Beran miró la montaña.

—A todos —respondió.

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La nieve les dio en la cara. El mundo de arriba no se había enterado de nada y, por un instante, todos lo odiaron por eso.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.