La deuda de los que vuelven / 13
12 · Los puentes del vacío
Segunda parte · Lo que se sostiene entre todos
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
En los Puentes del Vacío no había eco.
Beran dijo que era por la forma de la cavidad. Neris dijo que eso no lo hacía mejor. Bajo las pasarelas, las lámparas apenas mostraban los extremos de viejas vigas sumergidas. El agua había bajado, pero no tanto como para revelar el fondo.
Beran golpeó un pilar con los nudillos, tres veces y una, como quien llama a la puerta de un pariente. En la piedra se encendió una veta de metal incrustado, después otra, y la luz corrió por las vigas hasta el otro lado de la cavidad, dibujando el puente entero en el aire negro: arcos, tensores y el nombre de cada cuadrilla grabado en su junta. Hara lo había construido así para que nadie tuviera que cruzar a oscuras.
—Responde al golpe de trabajo —dijo el enano, y por primera vez desde que lo conocían pareció orgulloso de algo—. No a las órdenes.
Neris le pidió que lo hiciera otra vez. Él lo hizo otra vez.
Encontraron el primer
cadáver reciente atado a un cable. La soga estaba dispuesta para que, al caer, tensara una placa de cobre. Ivara la miró sin tocarla.
—No querían que trabajase. Querían medir qué ocurría al morir cerca del sello.
El hombre llevaba una ficha con el número cuarenta y tres.
En un saliente próximo había una mesa de observación protegida por una lona encerada. Los papeles seguían allí porque los investigadores pensaban volver. Habían medido el tiempo entre la muerte y la primera respuesta del sello, la distancia a los pilares, la cantidad de personas que sentían una voz. No figuraba ningún nombre propio junto a las cifras.
Ivara examinó las hojas sin tocarlas. Llevaba guantes para que la grasa de los dedos no destruyera tinta antigua. Allí se los quitó. Le pareció indecente proteger del contacto humano un registro creado para suprimirlo.
Había experimentos fallidos en los que no murió nadie y otros en los que murió más de uno. El libro usaba la misma expresión: «Sin respuesta útil». En el
margen, otra mano había añadido «dolor persistente del sujeto asociado». Ivara siguió la flecha de esa nota hasta un anexo. El sujeto asociado era una madre que esperaba al otro lado del puente.
Neris encontró debajo de la mesa un retazo de tela. Tenía cosido un bolsillo secreto. Dentro había tres semillas y una oración mal escrita a Ilyndra. No decía «devuélveme». Decía «que mi hermano sepa».
Serik se arrodilló junto al cadáver. Le aflojó el cordón de la ficha y vio que el número había sido punzado sobre otro. Treinta y ocho. Habían reutilizado la pieza.
—No va a viajar con esto —dijo.
Teren quiso dejarla en su sitio como prueba. Discutieron en voz muy baja, sin mirarse. El clérigo afirmaba que debían conservar lo que habían hecho; el paladín, que aquel hombre no tenía por qué seguir cargándolo. Beran resolvió la disputa sacando un cordón de la bolsa.
Ataron la ficha al libro, junto a la página correspondiente.
No supieron entonces que el cuerpo era Esren Toll. Serik
cortó la cuerda y entre todos lo envolvieron bajo la inscripción «hombre de la cantera, hallado en el puente». Neris anotó los rasgos que aún podían reconocerse. Era una manera pobre de conservarlo, pero exigía mirarlo sin convertirlo en una cifra.
Después de levantarlo, el paladín descubrió marcas de uñas en la madera. Había tratado de soltarse. Durante un momento se quedó inmóvil, con ambas manos sobre la camilla.
Maera lo esperó al otro lado del paso.
—No puedo prometer que los nuestros nunca hicieron algo así —dijo ella.
—No te lo iba a pedir.
—La gente suele pedírmelo antes de dejarme estar enojada.
Serik alzó la cabeza. Había perdido amigos en ataques de la Horda y durante años había usado esa pérdida como una explicación suficiente para no escuchar a ninguno.
—Entonces enojate —respondió—. Nos va a hacer falta.
La elfa oscura lo ayudó a levantar la camilla. No fueron amigos al hacerlo. Lo que encontraron entre ambos era menos cómodo y, por eso mismo, podía servirles en el
puente siguiente.
Teren se apoyó en la baranda. Había visto cuerpos maltratados antes. Este no había sido odiado. Habían hecho con él una pregunta y anotado la respuesta.
El camino al Corazón del Abismo los obligó a pasar por una viga sin barandas. Beran avanzó primero y probó los anclajes. En mitad del cruce sonaron pasos detrás de ellos. Los guardias que habían dejado ir en la entrada llegaban con otros hombres, estos de armadura azul. El joven de los dientes rotos gritó algo; recibió un golpe y desapareció bajo los escudos.
Maera se volvió con el arco. Serik se interpuso.
—¡Esperen! ¡Orden de la comandante Venn!
El capitán levantó una tablilla sellada.
—Esa es la orden.
El capitán leyó la parte que describía a los viajeros como saboteadores. No leyó las acusaciones de asesinato añadidas al pie. Serik reconoció el procedimiento: hacer que la primera palabra aceptada volviera innecesario demostrar las siguientes.
—Tenemos trabajadores liberados en la cantera —gritó—. Pueden declarar.
—Están bajo instrucción —respondió el capitán.
El joven
de los dientes rotos intentó acercarse. Dijo que los cautivos estaban encadenados desde antes de la llegada de los viajeros. Uno de los soldados lo golpeó en el estómago con el extremo de la lanza. Se dobló sobre la pasarela.
Teren vio que se le hundía el talón entre dos tablas. Si lo empujaban de nuevo, quedaría atrapado. Quiso avisarle. Su voz se mezcló con la del capitán, que seguía leyendo para los propios.
El soldado detrás de la tablilla tenía miedo. Se veía en cómo buscaba el apoyo del puente con ambos pies. Maera le hizo una seña para que no avanzara. Él creyó que le señalaba un blanco y empezó a levantar el arco.
Serik mostró las manos.
—Conozco a la comandante. Voy a presentarme. Que los otros salgan.
No estaba ofreciéndoles la rendición de todos. A Teren lo enfureció el impulso y al mismo tiempo comprendió que el paladín tenía poco con qué negociar. La insignia que había dejado de llevar seguía siendo lo único que podían
reconocer al otro lado.
El capitán dobló la tablilla.
—La orden es completa.
Neris había empezado a cantar muy bajo. No una canción de desafío: la melodía que usaban los niños para contar pasos al cruzar un arroyo. El joven herido la oyó. Movió un pie al ritmo y sacó el talón de la grieta antes de que el soldado lo empujara de nuevo.
Elyen vio el movimiento. También vio la amarra que sostenía la pasarela lateral.
No podía cortar el puente principal sin matar al muchacho. Tendría que dejarles un tramo donde retirarse. Midió la cuerda, el ángulo del agua y la posición de Serik. La decisión se hizo en su cuerpo antes de que pudiera explicarla.
Maera ya estaba apuntando al capitán.
El paladín dio un paso más, todavía con las manos abiertas.
La primera saeta atravesó el antebrazo de Serik. Maera disparó al capitán. Elyen cortó una amarra y dejó caer un tramo de pasarela entre ambos grupos. El estruendo despertó el eco que no había existido
hasta entonces.
Teren arrastró al paladín hacia una cornisa. La flecha no había tocado el hueso. Mientras trabajaba, oyó a Beran discutir con Ivara. Habían llegado al sello.
La cuña de Ordan estaba en su sitio. El aro de piedra vibraba. Una sombra se formó en el agua inferior y tomó las proporciones de un niño con un cascabel en la mano.
Beran no apartó los ojos.
—Sé que no sos él —dijo.
La sombra sacudió el brazo. El cascabel sonó exactamente como el que había guardado.
—Eso no te impide querer abrir —observó Ivara.
Beran apoyó el martillo sobre el mecanismo y lo sostuvo allí, sin golpear.
—Me lo impide prometerles a dieciséis personas que voy a volver con su muerto.
Sacaron la cuña. El niño se deshizo en una franja de agua clara. Beran esperó a que terminara de desaparecer. Luego le pidió a Teren que lo ayudara con el cuerpo número cuarenta y tres.
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