La deuda de los que vuelven / 12
11 · La fundición que escucha
Segunda parte · Lo que se sostiene entre todos
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Las Galerías de la Cantera estaban llenas de calzado.
Botas pequeñas, sandalias de trabajo, zuecos partidos: las familias los habían colgado de las vigas para encontrar a los suyos en la evacuación. El polvo había borrado los colores. Beran pasó debajo sin tocar ninguno.
Hallaron diecisiete trabajadores en una cámara lateral, encerrados después de negarse a seguir perforando. Uno había muerto de frío. Teren se quedó atendiendo a los demás mientras Serik y Maera guiaban a los que podían andar hasta la entrada. No todos quisieron abandonar a su compañero. Beran les prometió volver a sacarlo.
—No a él —dijo una anciana—. El cuerpo.
Se llamaba Hulda y había trabajado en la mina antes de que Beran recibiera el primer encargo. Lo reconoció, aunque al principio fingió no hacerlo. Teren notó cómo le evitaba la cara y pensó que era rencor. Cuando quedaron solos, ella le pidió que la ayudara a levantarse.
—Me gustaría hablarle sentada en otra parte —dijo—. Acá parezco una condenada pidiéndole algo a un juez.
La
llevaron hasta una grada donde no corría agua. Hulda había declarado contra Beran. Dijo en la audiencia que el enano ordenó mantener abiertas unas galerías después de la alarma. Aquello era cierto. Faltaba la razón: había familias atrapadas en las viviendas de un nivel inferior y las galerías eran el único acceso.
—Me dijeron que si hablaba de los barrios iban a poner en la lista a mi hijo —explicó—. Que él firmó los turnos. Me callé. Después pensé que, si te mataban, ya no tendría que encontrarte.
Beran se quedó en cuclillas frente a ella.
—Mi hermana estaba abajo.
—Lo sé.
El enano se levantó. Teren se preparó para sujetarlo, avergonzado un momento después de haberlo pensado. Beran salió al corredor. Hulda empezó a quitarse un anillo con los dedos entumecidos.
—No es un juicio —le dijo el clérigo.
—Todo lo es cuando te queda menos tiempo que vergüenza.
Beran volvió con una manta más seca. Se la puso en las rodillas.
—Cuando bajes, declarás —dijo.
Hulda asintió.
—No
puedo devolverte…
—No te lo pedí.
Teren esperó hasta ver que el enano conseguía apartarse sin caer. Lo siguió unos pasos. Beran tenía apoyada la frente contra una viga.
—La odio —dijo antes de que el clérigo hablara—. No sé si voy a dejar de odiarla por decir la verdad. No quiero que me expliques cómo hacerlo hoy.
Teren se apoyó en la viga de enfrente. Escucharon el agua un rato. Después el enano fue a buscar herramientas para cortar las cadenas.
En la cámara siguiente encontraron las provisiones confiscadas a los trabajadores. Había zapatos infantiles, cartas y pequeñas cosas de metal que no servían en una obra. Habían traído recuerdos pensando que se quedarían un mes. Un hombre había tallado una cuchara cada jornada; treinta y ocho, todas imperfectas de una manera distinta.
Neris las contó y luego lo buscó entre los liberados. Él le dijo que quería vendérselas. La gnoma compró dos. No le dijo que debía conservarlas como testimonio. Nadie estaba obligado a convertirse en una pieza
de museo.
En la Fundición Silenciosa, las hornallas apagadas seguían emitiendo calor. Los obreros de Ordan habían conectado tubos de cobre a los conductos antiguos. El agua derretida de la nieve bajaba, se calentaba y salía hacia el río. Por eso las bestias del limo habían cambiado de territorio. Por eso las huertas bajas de Cuencapuente estaban anegadas aunque no hubiera llovido suficiente.
Ivara tomó notas, pero rompió una hoja cuando descubrió una cifra.
—¿Qué pasa? —preguntó Teren.
—Yo aprobé esta fórmula. En un tratado sobre conservación de recuerdos. Pidieron una revisión desde el hospicio de Albarroca. Dijeron que era para devolverles el habla a los heridos.
Beran observó las válvulas.
—La fórmula no conecta los tubos sola.
—Yo sabía quién pagaba.
El enano ajustó una tuerca antes de contestar.
—Entonces habrá que escribirlo cuando escribamos lo demás.
Ivara asintió. A Teren le pareció que acababa de aceptar una condena y un alivio al mismo tiempo.
El golpe se repitió al fondo de la fundición.
La criatura surgió de una
tolva: un animal acorazado, ciego, con patas para excavar y costillas ensanchadas por viejos injertos de metal. En la guerra de la Ruptura habían usado bestias subterráneas para abrir fortificaciones. Aquella seguía llevando un aro de mando incrustado en el cuello.
Elyen tiró de Neris detrás de una caldera. El primer embate partió una viga y levantó una nube de escoria. Serik se colocó ante Teren. Su espada rebotó contra la coraza; la vibración le abrió la mano.
Beran golpeó con el martillo una conducción, tres veces. La criatura volvió la cabeza.
—Sigue el ritmo de trabajo —gritó—. ¡No ve!
Neris marcó otro ritmo sobre la caldera. El animal cargó hacia ella. Ivara cortó el aro con una línea de fuego blanco cuando pasó bajo el conducto. La carne se quemó; la criatura cayó sobre un costado y empezó a patalear.
Beran quiso acercarse. Elyen lo detuvo.
El cazador terminó con ella desde lejos.
La criatura murió con un ruido de agua atrapada.
Elyen esperó hasta que dejaran de moverse
las patas. Después se acercó al aro partido. Tenía letras muy gastadas: el nombre de una compañía de zapadores y un número que indicaba el lote de animales. La habían criado para distinguir golpes de trabajo y avanzar sobre ellos. Bajo tierra, esa orden sobrevivió a todos los que supieron dársela.
Serik quiso saber si podía haber sido soltada antes.
El cazador levantó un extremo del aro. Las raíces de metal habían entrado en la carne hacía décadas. La bestia no era vieja según los años humanos: pertenecía a una especie que mudaba la coraza lentamente y podía vivir más que las comunidades que la domesticaron. Sin herramientas especiales, arrancar aquel mando la habría matado igual.
—No sé si había otra manera —respondió—. Me gustaría no tener que decidirlo con el arco en la mano.
Maera había cortado un pedazo de cuerda para atar la herida de Serik. Lo miró sin hablar. Tampoco ella podía averiguar cada vez cuánto de una amenaza era voluntad y cuánto era una orden vieja
incrustada.
Teren se arrodilló junto a la cabeza. Había oído a los predicadores dividir las criaturas del mundo entre custodios y corrupciones. Aquel cuerpo no sabía en qué categoría lo habrían puesto. Sufrió, obedeció, intentó matar a quienes hicieron ruido.
Le cubrió el ojo ciego con un paño. Elyen no le agradeció el gesto ni lo detuvo.
Entre las placas de la coraza encontraron una semilla germinada. Había caído allí porque el animal se tendía en el barro caliente y las grietas conservaban humedad. Ilyndra habría sido una explicación posible; también lo eran tierra, agua y tiempo. El cazador la dejó en un rincón donde podía encontrar luz de una lámpara antigua.
Luego volvió a las flechas.
Habían gastado cuatro. Recuperó dos enteras. Una estaba quebrada bajo la criatura y la última se había hundido entre conductos que no podían abrir. Serik le ofreció algunas de los guardias. No equilibraban igual. Elyen las probó y aceptó tres.
Antes de seguir, Maera miró la tolva de la que salió la bestia.
Había más de una cámara al otro lado.
No investigaron las demás. Saber que el mundo contenía un peligro no los obligaba a agotarlo ese mismo día. Después recogió la flecha intacta y la quebró. Nadie le preguntó por qué.
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