La deuda de los que vuelven / 11
10 · La nieve y las marcas
Segunda parte · Lo que se sostiene entre todos
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Atravesaron primero las terrazas de cultivo, donde el barro les quedó pegado hasta que el sol lo convirtió en costras. En la segunda jornada siguieron una garganta de abetos. Elyen encontró los troncos de abajo negros de humedad y los de arriba cubiertos de liquen claro. Les hizo llenar agua antes de subir al pedregal.
El cuarto tramo, la morrena, parecía cercano desde el valle. Les llevó todo un día. La lluvia se volvió granizo, luego nieve. Una distancia dibujada no decía nada del peso del aire.
En un refugio de pastores hallaron cuatro familias. Habían sido expulsadas de sus casas por hombres que buscaban trabajadores para las minas. Una mujer enana le mostró a Beran los papeles de contratación: comida para los hijos a cambio de un mes de trabajo. Cada jornada se descontaba dos veces.
—No podemos mantenerlos acá arriba —dijo Elyen, mirando el techo vencido.
Las familias habían dividido el refugio con mantas. A un lado estaban los que aceptaron los contratos; al otro, los que escaparon
antes de firmar. No había bastante espacio para semejante frontera. Una anciana se había quedado entre ambos y pasaba una olla de una zona a otra sin reconocer la separación.
Su nieta guardaba una piedra en el bolsillo. La había recogido de su casa para que no desapareciera del todo. Beran le preguntó cómo era la casa. La niña le describió un pórtico, tres ventanas y una escalera exterior. Él conocía el barrio.
—Tu ventana daba al oeste —dijo—. Por la tarde entraba el sol hasta la mesa.
La niña rompió a llorar. Su madre le quitó la piedra como si fuese culpable. Beran se la pidió y volvió a dársela a la pequeña.
No intentó contarle que el hogar podía reconstruirse en cualquier parte. Se sentó a su lado y dibujó las tres ventanas sobre la nieve que entraba por una rendija.
Los adultos discutían si bajar. Un hombre había recibido aviso de que arrestarían a los fugitivos en el puesto del bosque. Serik ofreció un escrito de protección.
El hombre lo miró con hostilidad.
—Mi contrato también tiene esa marca.
El paladín guardó su sello.
—Entonces voy hasta el puesto.
Elyen calculó la distancia. Podían perder medio día. Beran señaló la nieve que se acumulaba contra el marco. Si esperaban para discutir más, perderían la ruta.
Serik bajó con dos hombres y la madre de la niña. Teren quiso acompañarlos. El paladín le mostró la pierna.
—Acá hay dos criaturas con fiebre. No nos hace falta llegar todos al mismo lugar.
El clérigo se quedó.
Limpió las ollas, revisó la tos de los niños y le enseñó a la anciana qué podía hacerse con la corteza de los árboles cercanos. Ivara la corrigió en una medida. No discutió por orgullo; le pasó el cuenco y escuchó. Entre ambos prepararon una infusión que olía tan mal que los enfermos recuperaron energías para protestar.
Elyen reparó una puerta con cuerda. Maera repartió la comida sin pedir que la gente prometiera nada a cambio. Neris tocó una melodía que conocían de
otra región. Una mujer empezó a cantarla con palabras distintas. Las compararon y descubrieron que ambas habían olvidado la estrofa más indecente. Se rieron al reconstruirla.
Serik regresó al atardecer. El puesto no estaba ocupado por guardias, sino por recaudadores que usaban capas azules compradas a soldados. Dos huyeron; un tercero aceptó cambiar el nombre de «impuesto» por el de robo cuando Serik le mostró qué artículo lo condenaría.
Trajo pan, una mula y la certeza de que la insignia seguía haciendo cosas que su palabra sola no podía hacer.
Se quedó mirando el metal mientras los demás ensillaban.
La madre de la niña se le acercó.
—No me gusta deberte esto —dijo.
—No me lo debés.
—Eso lo decidimos nosotros.
Serik asintió. Se prometió recordar también aquella respuesta cuando volviera a tener mando.
Maera tenía dos rutas hacia el sur, pero ninguna servía con niños en la nieve. Serik propuso mandar un mensaje a la Armada. Nadie se rio. Eso le pareció peor.
Beran sacó carbón y corrigió el
plano de la mujer.
—Bajen por el bosque oriental. El puente de piedra perdió el arco, pero hay un paso bajo el pilar. No esperen al deshielo.
Les dejaron parte de la comida. Neris entregó el abrigo de repuesto. Al salir, un niño le preguntó si los gnomos cantaban porque no sabían pelear.
—A veces cantamos para recordar por qué estamos peleando —respondió.
En la morrena se desprendió una placa de nieve a la altura de sus cabezas.
La avalancha fue pequeña. Cayó desde un saliente recalentado por el sol, con piedras pequeñas dentro. Bastó para empujar el carro hacia el borde. Beran saltó a la rueda y Elyen sujetó la rienda de la mula. El animal empezó a girar sobre sí mismo, asustado por el ruido.
Serik quiso tirar del carro hacia arriba. La rueda se hundía más. Ivara levantó la mano para derretir la nieve y Beran le gritó que no calentara el suelo.
La maga se detuvo. El aire frente a sus dedos tembló y volvió a
quedarse quieto.
Maera cortó la correa del cajón más pesado. Cayó al borde del camino, se abrió y dejó rodar dos mantas hacia el vacío. Los remedios seguían en la bolsa de Teren. Neris estaba debajo del carro, buscando dónde poner una piedra.
Entre cuatro lograron sacar la rueda. La mula temblaba tanto que Elyen tuvo que taparle los ojos con un pañuelo. Le habló cerca de la oreja, con una voz sin palabras. El animal dejó de retroceder.
Beran se quedó arrodillado junto a la huella.
—El camino ya no descarga al lado de la ladera —dijo—. Pusieron la conducción en medio y la dejaron sin cubrir.
El agua tibia corría debajo de la nieve, socavando el paso que los trabajadores debían usar para llegar a la obra.
Teren recogió una manta enganchada en un saliente. La otra había desaparecido. Sintió una pena desproporcionada: la había prestado Lina y conservaba una costura azul en el borde. El peligro se volvía concreto a través de esas pérdidas pequeñas, las que
habría podido explicar al regresar si regresaba sin el resto.
Elyen encontró una ruta por encima de la conducción. Tenían que llevar el carro a mano. Se quitaron las alforjas y descargaron hasta lo que parecía insignificante. Un cuenco, una cuerda, una piedra para afilar; la suma de objetos decidía si podían salvar una rueda.
Neris quiso tirar la bandurria por primera vez en su vida. Pesaba poco, pero no curaba ni alimentaba. Beran la detuvo.
—Vos también tenés trabajo.
No le dijo qué significaba aquello. La gnoma volvió a ajustarse la correa y empujó el carro sin usar la frase como una absolución.
La entrada a la cantera estaba protegida por una empalizada reciente. Beran señaló las grietas de la ladera. Las habían ensanchado para meter una conducción nueva que bajaba desde los neveros.
Los guardias no eran muchos. Eran trabajadores armados que protegían las raciones. Serik avanzó sin espada y les mostró los contratos falsos. El más joven quiso bajar el arco. Su jefe lo golpeó en la
boca.
Maera le puso un cuchillo en la espalda al jefe antes de que pudiera ordenar el disparo.
—Podés mandarnos a todos al abismo —le dijo—. Pero vos vas primero.
Lo desarmaron sin matar a nadie. Teren curó al muchacho. Tenía dos dientes flojos y no quería admitir que había llorado.
—Si abrimos la puerta, nos cortan el suministro —dijo.
Beran miró las conducciones. De ellas subía un temblor que apenas se notaba en las suelas.
—Si no la abrimos, no van a necesitar cortarlo.
Entonces todos oyeron un golpe al otro lado de la roca. No era una herramienta. Se repitió tres veces, con la paciencia de alguien que ya había aprendido cuánto tarda una montaña en responder.
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