ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 10

9 · El hombre del dique

Segunda parte · Lo que se sostiene entre todos

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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Beran vivía sobre un torrente, en una casa que a los demás les parecía demasiado cercana al agua. Él decía que las casas temían al agua cuando quienes las construían no sabían escucharla.

Los recibió con una pala en las manos. Al ver la insignia que Serik llevaba guardada en el cinturón, cerró la puerta.

—No vengo a detenerte —dijo el paladín desde afuera.

—Eso dijeron los últimos.

Ivara le deslizó por debajo la copia del archivo. Oyeron que el enano dejaba la pala, que acercaba una silla, que leía durante un largo rato. Cuando abrió otra vez, tenía puestos los anteojos de remachar y el rostro mojado.

—¿Quién encontró esto?

Teren dijo el nombre de Madruga Senn. Beran los dejó pasar.

La casa contenía modelos de compuertas hechos con huesos de pescado y trozos de metal, y una sola pintura: una enana con vestido amarillo sentada junto a un niño. La mujer sostenía una pera; el niño intentaba sacársela.

—Mi hermana —explicó Beran al ver la mirada de Neris—.

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Y su hijo. La pintura la hizo una vecina de memoria. Tenía la nariz más grande.

En las vigas había marcado las crecidas por año. La mayor llevaba el nombre de la Ruptura.

Beran desplegó un plano bajo los platos del almuerzo. Explicó que las Minas del Abismo no eran un pozo vertical: la cantera se hundía hacia la montaña, la fundición aprovechaba una corriente profunda y los puentes atravesaban una cavidad donde antes había agua. El Corazón estaba más abajo. Hara lo había construido para que ningún sello pudiera abrirse sin permitir escapar la presión.

—No fue un error de cálculo —dijo—. Cerraron el alivio desde arriba. Después necesitaban un culpable que supiera calcular.

Serik se quitó el cinturón con la espada y lo dejó en el suelo.

—Mi padre fue guardia en la evacuación.

—Tu padre no cerró las compuertas.

—No lo sé.

Beran lo observó. Aquella respuesta parecía haberle servido más que una defensa.

Un hombre llegó a la casa mientras discutían. Traía un eje torcido sobre

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el hombro y un trozo de queso envuelto en papel. Se detuvo al ver a los visitantes. Beran lo hizo pasar.

Era Tavo, el hijo de uno de los carpinteros que levantaron la casa. Trabajaba conduciendo troncos río abajo. El eje pertenecía a la rueda de un pescante. Lo necesitaba antes de la próxima crecida y solo conocía a una persona capaz de repararlo sin cambiarlo entero.

Beran lo puso sobre dos apoyos y escuchó el metal al golpearlo. Tavo repitió que nadie le había pedido denunciar al enano, como si aquello siguiera siendo una recomendación comercial necesaria.

—Ya sé —respondió Beran—. Pasame la cuña.

El joven movió la pieza equivocada. El ingeniero lo corrigió sin enojarse. Teren observó la paciencia con que iba devolviendo rectitud al eje. Cada golpe parecía contrario al siguiente hasta que la forma empezó a tener sentido.

—¿Por qué no lo mandás a un taller de la ciudad? —preguntó Ivara.

Beran apoyó el martillo.

—Porque sabe volver.

Tavo rió, pero el enano no hacía una

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broma. Las reparaciones de un dique empezaban donde una persona podía decir que algo se había movido sin temer perder el empleo. Su antigua cuadrilla aprendió a informar las grietas aunque parecieran pequeñas. Después de su expulsión, los informes empezaron a llegar más limpios y el agua no se volvió más obediente por eso.

El eje necesitaba una pieza nueva. Beran buscó una barra destinada a la conducción de su casa. La cortó para usarla en el pescante. Tavo quiso pagarle. El ingeniero señaló el queso.

—Eso y revisar el anclaje mañana. No cuando se rompa.

El joven aceptó.

Antes de irse, vio los planos de las minas y dejó de sonreír. Su padre había estado en la cuadrilla de rescate. Nunca quiso hablar del último descenso.

—Si encuentran una caja de madera con un ciervo tallado, no la abran allá abajo —dijo—. La llevó mi tío. Él no volvió. Mi madre todavía cree que tiene cartas.

Beran anotó el lugar. No prometió encontrarla.

Cuando Tavo se marchó, la casa

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quedó otra vez en silencio.

Comieron sopa con repollo. Teren habló del sello de Cuencapuente y de la voz que había oído. Beran se levantó y trajo un saquito. Dentro había un cascabel de niño oxidado.

—La primera vez que volví a las minas también escuché algo —dijo—. No la voz de mi sobrino. Su cascabel. Yo lo había fabricado. Sabía exactamente qué sonido buscarme.

Maera dejó la cuchara.

—¿Vas a acompañarnos?

—No para escuchar muertos.

Apoyó el cascabel junto al plano.

—Para averiguar quién sigue tapando las salidas de los vivos.

Mientras preparaba las herramientas, Beran puso el cascabel en manos de Neris. Ella quiso devolverlo. Él le pidió que lo hiciera sonar.

La gnoma lo agitó una vez. Sonó opaco, con un choque breve al final.

—Lo hice con un retazo de latón de la fundición —explicó Beran—. Tenía una fractura que no se veía. No sirve como cascabel fino. Mi hermana se quejaba de que despertaba a todo el edificio. El nene se reía cada vez que

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lo oía.

Le mostró la cabeza diminuta del percutor, que había tallado con forma de pájaro. Para verlo hubo que buscar una luz mejor. Teren se sorprendió de cuánto trabajo podía haber en un objeto destinado a recibir golpes y saliva.

—Era bueno para las herramientas pequeñas —continuó el enano—. Después del derrumbe me ofrecieron volver a hacerlas. Un taller, sin responsabilidad sobre hombres. Tenía que firmar que mi culpa provenía de exceso de celo.

Serik preguntó quién había hecho la oferta.

—El mismo gremio que declaró que yo actué solo.

Beran abrió un cajón. Conservaba la carta. La había doblado tantas veces que una esquina se desprendió al extenderla. Allí no decía «exceso de celo»; decía «insubordinación técnica causante del fallo». La expresión implicaba que Beran había sabido más que sus superiores y decidió no obedecerlos. Durante años creyó que podía vivir con aquello porque al menos no lo llamaban inepto. Después comprendió que habían convertido incluso su orgullo en una confesión.

—No firmé —dijo.

—¿Y qué hicieron? —preguntó

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Maera.

—Dejaron de preguntarme.

La casa del torrente fue posible porque una cuadrilla de carpinteros no aceptó el dictamen. Le trajeron vigas que les sobraban y le dejaron una deuda que nunca quisieron cobrar. Ahora algunos estaban muertos. Los nuevos aprendices repetían que el ingeniero del derrumbe vivía allí porque ya no lo toleraban en ninguna ciudad.

Teren abrió su bolsa y contó las vendas. Le avergonzó descubrir que estaba pensando en cuántas podría gastar antes de necesitar más. La mano generosa y la mano que mide no eran manos distintas.

Beran sacó del armario un martillo de cabeza corta, dos llaves y un cortafrío. Dejó el arma grande colgada junto a la puerta.

—¿No la llevás? —preguntó Serik.

—Voy a trabajar.

Maera señaló las fichas de cobre.

—No somos los únicos que van.

El enano tardó un momento. Después recogió también el hacha de guerra y le cubrió el filo con cuero.

Neris lavó los platos antes de partir. En el fondo de una taza encontró una grieta reparada

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con metal. Todas las cosas de la casa tenían una rotura visible y ninguna parecía avergonzarse de ella. Quiso decir algo al respecto, pero temió convertir al dueño en una parábola mientras todavía tenía que vivir con lo que le había pasado.

En vez de hacerlo, preguntó dónde guardaba la escoba.

Beran la miró extrañado y después le señaló el corredor. Fue la primera vez que la llamó por su nombre.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.