ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 09

8 · Una salida por la aduana

Primera parte · Las cosas que el agua devuelve

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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El prisionero se llamaba Luro y había servido tres años abriendo caminos al sur. No hablaba por valentía, al principio; luego Teren entendió que tenía miedo de que su madre dejara de volver.

—La trajeron al Refugio de la Mano —dijo—. Un día se acordó de mí. El canciller dijo que podía perderla si el sello no se sostenía.

Ivara apoyó delante de él el registro de Serik.

—¿Con esto los eligen?

Luro asintió.

El hombre tenía una marca circular encima de la muñeca. Teren quiso verla. Luro apartó el brazo con tanta violencia que Serik le sujetó el hombro.

—No vamos a cortarte —dijo el clérigo.

—Ellos tampoco cortaban al principio.

Serik aflojó la mano.

La marca era del tamaño de una moneda. Alrededor había una quemadura por presión, como la de un hierro que se llevaba durante demasiado tiempo. Ivara reconoció el patrón de la ficha de cobre.

—Se comunica con los sellos —dijo—. ¿Sentís algo cuando obedecés una orden?

Luro la miró sin contestar. Neris puso a

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su lado el pan de la camisa que encontraron en la marisma.

—No sabemos a quién iba. Si tu madre te mandaba comida, puede ser esta.

Él rompió un pedazo. Tenía las manos tan entumecidas que dejó caer las migas sobre la camisa quemada.

—Mi madre no cocinaba —dijo—. Cantaba para no tener miedo.

No pudieron demostrar que la nota fuese suya. Teren decidió que no iban a intentarlo allí, debajo de la tierra. Le ofreció agua y le explicó que lo llevarían ante Mara Dels. Tendría que declarar sobre el ataque del molino. No le prometió libertad. Luro parecía esperar una trampa hasta que oyó aquello.

—¿Y si no hablo?

—Vas a llegar igual.

—¿Aunque haya ido a matarte?

El clérigo miró la manga rota. Había una franja de piel levantada que iba a doler bastante cuando se secara.

—Estoy tratando de decidir qué hacemos con gente que puede volver de la muerte —respondió—. No puedo empezar matando a los que todavía respiran porque no me sirven.

Luro siguió

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comiendo. Un rato después pidió que apartaran la lámpara de su cara. Más tarde dijo el nombre del encargado que le entregó las fichas. Neris lo anotó sin levantar la vista del papel.

Maera se mantuvo lejos del preso. Había entrado siguiendo un envío de grano robado a Brasanegra y llevaba dos días en los túneles. Sus hombres esperaban fuera. No se ofreció a formar parte de nada; señaló en el mapa los caminos que se cerrarían si los depósitos de Ordan movilizaban más soldados.

—Nosotros llegamos desde los barrios que llaman criminales —dijo—. El hambre no cambia de nombre cuando cruza una frontera.

En la Sala del Pacto encontraron el primer sello.

No era una joya ni una espada. Era un aro de piedra rodeado de conductos secos. En su borde había dos cavidades. Ivara las nombró en voz baja: una alojaba la pieza de límite, que fijaba hasta dónde podía abrirse el paso; la otra, una cuña grabada que decidía hacia quién se abría. La primera estaba vacía.

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En la segunda se había colocado una cuña nueva, grabada con un nombre: Ordan.

Teren sintió un tirón detrás del esternón. Por un instante oyó a su padre llamarlo desde una cocina que ya no existía. Ivara lo sujetó antes de que acercara la mano.

—El agua recuerda tu voz —susurró—. Eso no quiere decir que sea él.

Sacaron la cuña con herramientas de los obreros. Al caer, se oyó un golpe muy lejano, como si una puerta hubiera sido cerrada en la otra punta de una casa inmensa.

Antes de retirarse, Ivara intentó volver a poner la pieza falsa para probar qué parte del flujo controlaba. Teren le detuvo la mano.

—No.

La maga lo miró con irritación. Necesitaban saber cómo estaban conectadas las cámaras. Un error más adelante podía costar muchas vidas. Él no poseía conocimientos suficientes para contradecir la prueba y ambos lo sabían.

—Si la inserto solo hasta la primera marca, no llega a…

—Nos oyó con la pieza entera puesta. No sabemos qué pasa con

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media.

Ivara apretó los labios. Era el mismo razonamiento con que sus superiores rechazaban las observaciones incómodas: no arriesgar una obra por una duda. Pero Teren no huía de la duda. Se negaba a usar a los presentes para responderla, y esa diferencia le costó a la maga más de lo que habría querido admitir.

Guardó la cuña envuelta, sin volver a tocar el aro.

Neris había subido a una cornisa. Desde allí vio las marcas del nivel del agua y el punto donde un conducto antiguo había sido tapado con cal reciente. No entendía de presión, pero entendía una repetición que alguien trataba de borrar: las manchas más oscuras terminaban siempre junto al mismo muro.

Elyen probó el conducto con una vara. La cal cedió y dejó salir un chorro fino. El agua olía a metal caliente.

Serik fue a buscar herramientas. Cuando regresó, la grieta ya se había extendido. Bajo la capa nueva había un viejo relieve de Naevyra: no una mujer coronada, sino dos manos que dejaban

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pasar agua entre los dedos. Habían usado el cuerpo del dibujo para sostener el tapón.

Maera preguntó si podían salir por el corredor de los guardias. Luro negó con la cabeza. Subía hasta una cámara que cerraban desde afuera. La ruta se empleaba para entrar, nunca para que los trabajadores regresaran por su cuenta.

El paladín miró al prisionero.

—¿Nunca preguntaste por qué?

Luro se encogió como si hubiera recibido un golpe. Serik quiso retirar la pregunta. El hombre contestó antes.

—Pregunté una vez por mi madre. Me dijeron que, si ya la tenía, no iba a ser tan desagradecido de preguntar también por las puertas.

El agua tocó la suela de Neris. La gnoma saltó de la cornisa y recogió sus papeles.

Ivara alzó la lámpara. Ya no discutía sobre el experimento. Había una pregunta distinta que solo podían contestar con el cuerpo entero: si iban a ser capaces de llegar hasta arriba.

Entonces comenzó la inundación.

Subieron por donde habían bajado. Serik llevó al prisionero; Maera y Elyen

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se turnaron para sostener a Teren. Neris llevaba las dos mitades bajo la camisa. En los canales, las ranas cantaban tan fuerte que no se oían las instrucciones.

Salieron con agua hasta el cuello y regresaron por las marismas bajo la lluvia. Cuando alcanzaron las huertas, detrás de ellos se alzó una columna de espuma. La compuerta había cedido.

Entraron a Cuencapuente por la aduana al amanecer. Mara Dels aguardaba rodeada de barqueros, tenderos y guardias. Su testimonio público les salvó la vida: una orden llegada de Albarroca los describía como ladrones de reliquias, aliados de la Horda y responsables de sabotear las defensas del río.

Serik leyó la acusación en voz alta.

Un tendero pidió que los llevaran a la casa del Consejo. Otro quiso cerrar las puertas de la ciudad. La noticia de la inundación había llegado antes que los viajeros y los vecinos tenían demasiados sacos en los pisos bajos para distinguir entre una obra de auxilio y una conspiración.

Mara hizo subir a Luro a la

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balanza de la aduana.

—Hable —ordenó.

El preso miró a Maera. La elfa oscura retrocedió hasta salir de la vista. Lo que temía el preso era otra amenaza: le habían contado qué harían los enemigos con su madre si llegaba a sus manos.

Luro habló primero de la comida. Había entrado al servicio de las obras porque pagaban puntual. Después le ofrecieron llevar a su madre al refugio. Una tarde la encontró viva. No un fantasma ni una voz: una mujer que lo llamó por su nombre, le dio un golpe en el brazo por tener la camisa sucia y se echó a llorar. Decía que había vuelto con algo tibio debajo de la clavícula, como una brasa que no quemaba. El encargado lo dejó abrazarla antes de hablar de los deberes que contraía.

Un barquero gritó que era una mentira. Su hermana llevaba un año desaparecida. Si había una puerta, él quería saber dónde estaba.

—No sé por qué vuelve uno y otro no —respondió Luro—. A mi madre

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la tuvieron cuarenta días sin dejarla verme. Me dijeron que necesitaba reposo. Me dijeron muchas cosas.

Mara ordenó que se escribieran sus palabras sin corregirlas. Luego puso las dos mitades de estaño en una mesa y llamó a testigos que supieran leer la escritura antigua. Ivara se apartó para no ser la única que pudiera darle sentido a lo que habían traído.

Un hombre muy viejo, vendedor de sal, reconoció las formas. Su abuelo tallaba lápidas. Leyó la frase y la repitió con una pronunciación distinta. Nadie supo cuál era la correcta. Por primera vez, aquello dejó de importar tanto como que ambas versiones decían lo mismo.

La gobernadora no declaró vencedores a los viajeros. Los puso bajo protección y mandó inspeccionar los conductos de la ribera. Los registros se dividirían en tres depósitos. Luro seguiría preso, con derecho a nombrar testigos propios. A Serik le permitió escribir a la comandante.

Cuando la multitud se dispersó, el barquero que había gritado se quedó junto a Teren.

—Si encuentran a mi

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hermana, se llama Ula —dijo—. Le falta un diente de adelante. Decile que tengo sus collares. No los vendí.

El clérigo lo apuntó. No podía hacer otra cosa y no iba a llamar pequeño a lo único que podía hacer.

Serik volvió a desplegar la orden de captura. Al pie llevaba la firma de la comandante Ysara Venn.

El paladín se quitó la insignia de la Armada, pero no la arrojó.

—Todavía tengo que pedirle una explicación —dijo.

Neris miró a la multitud. Había llegado el momento de elegir qué versión cantar. Por primera vez en su vida, la certeza la asustó más que las contradicciones.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.