ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 08

7 · El archivo bajo los pies

Primera parte · Las cosas que el agua devuelve

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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Para llegar al Archivo de los Sellos tuvieron que pasar por una escalera partida. Ivara quería sellar sus grietas con fuego frío; Beran habría sabido apuntalarlas, dijo al consultar sus notas.

—¿Quién es Beran? —preguntó Teren.

—Un hombre al que casi todo el mundo atribuye un derrumbe que intentó detener.

Serik pasó primero con la cuerda. Desde abajo sostuvo las losas mientras cruzaban los otros. Las piedras rechinaron y cayó polvo de cal. El clérigo, último, apoyó todo el peso en su pierna sana. El paladín no le dijo que se apurase.

El archivo era una sala estrecha excavada entre dos muros más antiguos. En el centro esperaba una mesa idéntica a la dibujada por Neris en su canción. Tenía una pata sustituida. Sobre la otra persistía una muesca de hacha.

Ivara empezó a leer las tablillas de barro, guardadas donde la humedad no llegaba. Halló cuentas de mineral, raciones y turnos. Los diques de las minas habían sido desviados por orden de un magistrado imperial: querían enfriar las cuatro

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cámaras de una misma red, a la vez. Las instrucciones prohibían informar a los barrios situados debajo.

—Quisieron traer a alguien —dijo Teren.

Ivara apartó una tablilla y puso debajo una copia sellada con el emblema de su antiguo colegio.

—Yo ayudé a fechar esto hace doce años. La marca del depósito fue añadida después. Me di cuenta entonces.

Teren la miró.

—¿Lo dijiste?

—Escribí que existían dudas razonables sobre la correspondencia entre la pieza y su contexto. Mi maestro me recomendó evitar una expresión que invalidase todo el catálogo. Él había dedicado su vida a ese trabajo. Yo quería que me aceptaran en el archivo central.

Neris dejó de buscar entre las cajas.

—¿Y te aceptaron?

—Sí.

La maga no les pidió que comprendieran el tamaño de aquella ambición para una muchacha de su origen. Tampoco dijo que su maestro hubiese sido un hombre bueno. Lo había sido en muchos aspectos. Le regaló los primeros libros que pudo llevarse a su casa. La defendió cuando otro profesor se negó

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a corregir un trabajo suyo. Después le enseñó a escribir una duda de manera que nadie tuviera que responderla.

—Busqué la tablilla al enterarme de los pagos —continuó—. Había desaparecido. Iven la vio en un inventario de obras. Si yo hubiese hecho una denuncia clara entonces, tal vez…

Teren no quiso consolarla. Empezaba a reconocer cuánto había de comodidad propia en absolver deprisa a quienes necesitaban quedarse cerca.

—Podés hacerla ahora —dijo.

Ivara pasó una hoja en blanco a su libreta. Escribió su nombre, la fecha de aquella revisión y el nombre de su maestro. Le mostró la página a Neris antes de arrancarla y guardarla junto al fragmento de estaño.

Luego volvieron a las cuentas.

—¿A quién querían traer? —preguntó Serik.

—A muchos —respondió la maga—. Un ejército perdido en la frontera. El primer monopolio fue militar.

Neris levantó una lámina mayor. La mitad faltante encajó con el trozo de Teren.

La unión daba una frase completa: «El regreso no será de ninguno, ni aun de quien abra la

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puerta».

La tablilla más antigua llevaba el nombre de Leth Aram.

Teren lo conocía de los libros escolares: un general de Albarroca que mantuvo abiertos los pasos durante la primera guerra de la Ruptura. Lo pintaban con una espada y un arco de piedra detrás. Su monumento ocupaba la terraza donde los aprendices juraban defender la ciudad.

En aquellas cuentas figuraba como responsable de retirar dos escuadrones de los barrios inundables para proteger un depósito de mineral. Ivara encontró una nota de su puño: el ejército no podía combatir sin metal. Debajo, otro escribió que los mineros tampoco podían extraerlo muertos.

Aquello no desmentía sus victorias. Solo mostraba que una estatua podía sostener sobre la misma base un valor real y una omisión que otros pagaron.

Serik conocía un juramento atribuido al general. Lo recitó en voz muy baja. «No dejar a ninguno detrás de la puerta». Se quedó mirando el documento.

—A lo mejor lo dijo después —sugirió Neris.

—Lo enseñan como si siempre hubiera sabido hacerlo.

La gnoma

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encontró un renglón en el reverso. El general reconocía la pérdida de los barrios y pedía que se conservaran sus nombres en la restauración. Esa parte nunca llegó al monumento. Los herederos prefirieron una figura capaz de no equivocarse a un hombre que necesitó admitirlo.

Elyen se acercó al mapa. Reconoció un paso que la Horda utilizaba para sacar familias de los asedios. También había servido para llevar tropas a aldeas que se habían declarado neutrales. El mismo trazo no cambiaba de color al cambiar de propósito.

—Si contamos todo, nadie va a querer un emblema —dijo.

—Tal vez quiera uno por una razón menos estúpida —respondió Serik.

El elfo lo miró con sorpresa y luego volvió al plano.

Ivara copió el nombre del general junto al de la persona que pidió conservar las pérdidas. Era una oficial de suministros, Dema Rell. No encontró ningún monumento suyo en los catálogos de Albarroca. Había propuesto llevar el registro de las evacuaciones casa por casa, y sus hojas estaban debajo de los

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relatos que los investigadores solían consultar.

Neris tomó una. El papel contenía una sola frase: «Si no volvió nadie a reclamar esta casa, no por eso estaba vacía».

La guardó con el fragmento de Madruga. La historia que habían venido a rescatar acababa de hacerse más grande y menos manejable.

En el corredor sonaron pasos.

Maera apareció sin correr. La elfa oscura llevaba dos cuchillos cortos, un arco plegado a la espalda y un pañuelo rojo atado al antebrazo. Serik la reconoció y alzó la espada.

—Horda.

—Paladín —respondió ella—. Ya nos presentamos.

Una saeta chocó contra el marco. Maera se dejó caer y empujó a Neris bajo la mesa. Tras ella entraron hombres con fichas de cobre.

El combate duró menos que el descenso de la escalera. Ivara extinguió las luces del corredor y dejó vivas las del archivo. Elyen disparó hacia los destellos de acero. Serik sostuvo la puerta mientras Maera atacaba por el costado, metiendo el cuerpo donde el escudo le quitaba espacio al enemigo.

Uno logró

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alcanzar a Teren. Le desgarró la manga y le hizo soltar la lámina. El clérigo lo golpeó con la lámpara. El aceite prendió la ropa. Durante un instante vio el rostro descubierto del hombre y supo que iba a recordarlo.

Maera apagó el fuego con una manta. El herido seguía respirando.

—Si vamos a preguntarles —dijo—, conviene que conserven boca.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.