La deuda de los que vuelven / 07
6 · Las ranas de Madruga
Primera parte · Las cosas que el agua devuelve
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Las huertas bajas estaban anegadas hasta las rodillas de los espantapájaros. En la ribera de las lavanderas, las cuerdas vacías chasqueaban con el viento. Elyen se detuvo en las marismas de las garzas y contó tres vuelos sucesivos hacia el oeste.
—Algo está avanzando por el carrizal.
El agua no mostraba por dónde se podía caminar. Elyen les hizo juntar ramas largas para buscar suelo antes de apoyar el pie. El sendero que señalaba el plano había quedado debajo de un desborde. Las estacas de los antiguos barqueros se inclinaban hacia un lado, aunque la corriente visible corría hacia el otro.
Ivara se arrodilló para observar las marcas. Tenía barro en el dobladillo y un insecto atrapado bajo la manga. Se lo sacó con una paciencia que Teren no esperaba de una mujer capaz de doblar el agua.
—La corriente profunda tira hacia el canal —dijo—. Si pisamos el borde viejo, nos lleva adentro.
Serik propuso tender una cuerda entre todos. Neris objetó que, si caía el paladín, los arrastraría
al resto. Decidieron asegurar tramos cortos a las raíces. Tardaron más de una hora en cruzar lo que, sobre el mapa, parecía una estrecha franja blanca.
En un islote encontraron una camisa colgada de un junco. Tenía el bordado de una familia del barrio de los tintoreros. Había una bolsa atada a la manga: pan blando, un pedazo de jabón y una nota que pedía a quien la encontrase llevarla a un preso de los canales. No decía el nombre. Decía «el que canta cuando tiene miedo».
Neris guardó la bolsa.
—Podría haber cien —observó Serik.
—Entonces alguno va a agradecer el pan.
Teren la ayudó a envolverlo en una tela seca. Conocía demasiadas plegarias que hacían menos que aquel gesto.
Continuaron en fila. Entre los juncos se oían pequeños chasquidos. Los insectos dejaban de sonar cuando las sombras de los viajeros pasaban por encima. A lo lejos, una garza levantó el vuelo sin posarse en el árbol que todos esperaban.
Elyen volvió a mirar hacia el carrizal.
—Ahora nos
sigue.
Serik soltó la correa de su espada.
—¿Personas?
—Lo sabremos por lo que maten.
En el último islote había una caseta de pescadores. El techo estaba cubierto de nidos vacíos. Elyen encontró escamas en una tabla y supo que alguien había pasado antes de la crecida. No halló huellas de salida.
Teren entró agachado. Un hombre aguardaba sentado en un banco, con una pierna entablillada. Tenía un cuchillo sobre las rodillas. Miró a Serik y apartó la cara hacia la pared.
No huía de ningún crimen. Había vendido pescado fuera de las horas autorizadas para no perder la captura en el calor. El recaudador le quitó la barca como multa. Después llegó la inundación y quedó atrapado en la caseta.
La historia podía ser falsa. Teren empezó a revisar la pierna mientras el paladín miraba la tablilla de la multa. Tenía fecha y sello. La cifra excedía el valor de la embarcación.
—No puedo evacuarlo solo —dijo el clérigo.
Elyen calculó la vuelta. Perderían la poca luz que quedaba.
La compuerta podía cerrarse al cambiar el nivel del canal. Ivara miró el cielo, después el agua. No había una manera segura de saber cuál riesgo era mayor.
Neris se ofreció a llevar al pescador hasta la ribera con una de las monturas que dejaron atadas. Él no podía atravesar el fango sentado. Ninguno llevaba una camilla; tendrían que fabricar una antes de moverlo.
Desmontaron dos tablones de la caseta. Serik y Elyen los ataron con cuerda. Teren envolvió la pierna y le dio al hombre agua antes de moverlo. Entre todos lo llevaron hasta un alto protegido donde los barqueros de la ronda nocturna solían recoger redes.
Ivara encendió una señal breve. No un rayo hacia las nubes: una luz fijada sobre un poste con la forma que usaban los inspectores de diques. El pescador conocía el signo. Dijo que lo verían antes de medianoche.
Teren quiso quedarse.
El hombre le devolvió el cuchillo del suelo, que había guardado sin darse cuenta.
—Si te quedás, ¿qué hacés cuando suba
más?
El clérigo lo cubrió con la última manta seca y se fue con los demás. Durante el trayecto volvió la cabeza cada pocos pasos hasta dejar de ver la señal. Nadie le había enseñado a dejar a alguien en manos de una ayuda que quizá llegara.
Llegaron a los sauces al oscurecer. Las raíces rodeaban una reja; el agua corría hacia adentro con un rumor de garganta. Mientras Ivara buscaba el mecanismo, una cabeza larga surgió entre los juncos.
El animal tenía la piel lisa de los habitantes del limo y una cicatriz blanca donde le faltaba un ojo. No venía de otra esfera. Era un depredador del río, empujado aguas abajo por el agua caliente que vertían las obras. Elyen lo reconoció y retrocedió despacio.
Neris pisó una rama.
El salto los separó. Serik recibió el peso en el escudo y resbaló sobre las raíces. Teren vio los dientes cerrarse sobre el borde del metal. Ivara levantó la lámpara y trazó un arco de luz sobre el hocico;
el animal giró, cegado. Elyen clavó una flecha bajo la mandíbula. No bastó.
Teren pudo haber corrido hacia la reja abierta. En cambio enganchó la correa de Serik con el gancho del molino y tiró. Sintió que se abrían los puntos de su muslo. El paladín salió de debajo del animal justo cuando otra flecha le atravesaba la garganta.
El animal se arrastró hacia el agua, agonizando, con un ruido casi humano. Elyen acabó con él y se quedó un momento junto a la cabeza.
—Acá no cazaba antes —dijo.
En los Canales Olvidados encontraron muros marcados con nombres. Ninguno tenía título: «Sela, dos mantas»; «Jorin, olla grande»; «Madruga, harina». Las familias habían vivido allí durante la Ruptura.
Allí abajo vivían las ranas. Eran pálidas como la cera y no más grandes que una uña. Cuando cantaban, la garganta se les encendía con un resplandor de brasa, y el canal entero se llenaba de puntos que latían al mismo ritmo, como si alguien hubiera sembrado estrellas en el agua para
que no se perdieran. Ivara apagó la lámpara sin que nadie se lo pidiera. Durante un rato caminaron a oscuras por aquella luz prestada, y nadie dijo nada, porque cualquier palabra habría sido más chica.
Más abajo, en las Cisternas del Consejo, había camas recientes y cajas de grano con el sello de Ordan. Las ranas callaron cuando entraron. Teren sintió que el silencio le tocaba la nuca.
Ivara abrió una caja de documentos.
—Están reuniendo las listas de los muertos por familia.
Teren había supuesto que una lista era un objeto inofensivo hasta que alguien decidiera usarlo mal. Allí comenzó a sospechar otra cosa. Los encabezamientos elegían qué parentescos contaban, qué muertes merecían búsqueda y cuáles se consideraban abandono. Una mujer aparecía como viuda en una hoja y como ausente en otra; la primera servía para reclamar comida, la segunda para que no pudiera reclamar a sus hijos.
Ivara encontró un libro de consultas. Los escribientes habían preguntado por costumbres domésticas: qué canción se cantaba a un niño, cómo
llamaba a su esposo una mujer al despertar, dónde guardaba un artesano la herramienta preferida. Los padres creyentes se habían disputado el derecho a dejar recuerdos mejores, más dignos de atraer una respuesta. Alguien había tachado «cose mal las camisas» y escrito encima «consagrada al cuidado familiar».
—Están quitándoles la voz incluso a los muertos —dijo Neris.
Serik no contestó. Encontró una nota de su padre. La letra era inconfundible: hacía las letras demasiado pequeñas y dejaba un espacio enorme antes del punto. Recordaba a su esposa ordenando dejar que se enfriase la sopa. Aquel era el recuerdo que había escogido entre todos.
El paladín se sentó en una cama. No había sabido que su padre pidió ayuda al canciller. Cuando hablaban de su madre, el viejo prefería contar cómo mantenía la casa durante las ausencias de campaña. En aquella hoja aparecía, en cambio, el hambre sencilla de otra tarde sentados a la misma mesa.
Teren se detuvo al lado sin mirar el papel.
—No sabía —dijo Serik.
—No podías
saber todo lo que extrañaba.
—Le dije una vez que dejara de vivir entre tumbas.
El clérigo recordó las respuestas aprendidas y eligió no usar ninguna.
Neris puso a hervir agua en un hornillo de los obreros. Preparó algo parecido a sopa con el pan de la bolsa y un puñado de hierbas. La bebieron de tres tazas que se fueron pasando. Serik sostuvo la suya hasta que dejó de quemar y después comió sin volver a hablar de su padre.
Más tarde volvió a la caja de las listas. Encontró su apellido en la tercera línea.
La anotación correspondía a su madre. Había muerto pariendo a su hermana. A la derecha, otra mano había escrito: «Posible garantía de obediencia». El paladín miró el papel hasta que empezó a temblarle.
Neris dejó la bandurria sobre una cama y se sentó cerca, sin hablar.
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