ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 06

5 · La ciudad que mide el agua

Primera parte · Las cosas que el agua devuelve

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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Cuencapuente olía a lana mojada y cáscaras de naranja. Sobre los canales se cruzaban tablones, puentes de arco, pasarelas desmontables. Cada barrio medía la altura del agua con sus propias marcas, y todas afirmaban tener la más antigua.

Entraron al atardecer, cuando los faroleros recorrían los puentes con pértigas. No encendían mechas: golpeaban con suavidad unos frascos colgados de las barandas, y dentro despertaban miles de larvas de luz, verdes como el primer brote de una cebolla. El agua devolvía cada farol dos veces. Neris se quedó quieta en medio de un arco, con la boca abierta, hasta que un carretero le gritó que la ciudad no se había hecho para que la miraran.

—Entonces la hicieron mal —contestó ella, y siguió mirando.

Mara Dels recibió a los viajeros en una oficina donde faltaba una ventana. Dos carpinteros discutían el precio de repararla mientras ella leía la declaración de Serik.

—Esto no prueba que Ordan ordenó el ataque.

—Prueba que sus depósitos lo alimentaron —respondió el paladín.

—Mis depósitos alimentan

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a contrabandistas cada semana. Los registros no hacen inocente al hambre.

Teren apoyó el estaño sobre el escritorio.

La gobernadora dejó de discutir.

Al cabo de un momento llamó a una mujer alta que esperaba detrás del biombo. Era una elfa oscura; llevaba el pelo blanco recogido con una varilla y una quemadura en la comisura de los labios.

—Ivara —dijo Mara—. Tu problema acaba de entrar caminando.

La maga no tocó el fragmento.

—¿Quién murió para traerlo?

Teren le dijo el nombre de Iven.

Ivara se sentó. Hasta entonces había mantenido la postura de alguien a quien nunca sorprendían las noticias. La silla crujió bajo ella.

—Me pidió que lo acompañara. Yo preferí tener un documento antes de acusar a nadie.

Sacó una libreta. Dentro había dos versiones del Pacto: una copia oficial, pulcra, y otra tan llena de raspaduras que parecía una tela comida por insectos. En la oficial, los mineros de las Cumbres habían roto las conducciones y provocado la Ruptura. En la otra, las obras eran

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anteriores al desastre y la clausura se había ordenado desde Albarroca.

—Mi trabajo era demostrar cuál era falsa —dijo—. Alguien decidió simplificarlo. Quemaron el archivo de pesas. Tres copistas siguen desaparecidos.

El secretario que había llevado el mensaje al canciller dejó caer una llave al salir. Ivara la recogió y vio que pertenecía al archivo de pesas. Lo llamó por su nombre. El hombre se quedó inmóvil en el corredor.

Habían trabajado juntos cuando se quemó el depósito. Él declaró que no había visto a nadie. La maga tampoco lo acusó entonces: el hombre tenía una esposa enferma y un hijo recién ingresado como aprendiz. Cada silencio venía con una razón que, considerada por separado, parecía suficiente para no exigir nada más.

—¿Siguen las copias en el depósito del este? —preguntó ella.

Él miró a Mara.

La gobernadora le indicó que contestara.

—Algunas.

Ivara pidió que las trajera. El secretario se humedeció los labios y dijo que no podía abrir ese sector sin permiso de Albarroca. Cuencapuente conservaba las cajas

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como garantía de un préstamo de grano. Romper el sello podía exigir devolverlo antes de tiempo.

Mara tuvo que sentarse. Por eso había hablado de sus convoyes antes que de la verdad. La amenaza no siempre llegaba con un cuchillo; a veces era una fecha al pie de un contrato que mantenía vivos a otros.

—¿Cuánto? —preguntó la gobernadora.

El secretario dio la cifra.

Mara miró el techo sin responder. Después pidió los libros del puerto. Tenía derechos sobre dos cargamentos de madera que debían llegar al mes siguiente. Podía ofrecerlos como compensación. Si los barcos no llegaban, tendrían que suspender las reparaciones del puente del sur.

Serik propuso pedir a Adela una excepción. Ivara se negó a demorar las copias por una respuesta que alertaría a los mismos hombres que buscaban los papeles.

Discutieron sin levantar la voz. No llegaron a una solución perfecta. Mara ordenó traer las cajas y asumir la deuda. El secretario pidió que la instrucción constara por escrito.

Ella la firmó.

Teren quiso decir que

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era una buena decisión. La mujer levantó una mano antes de oírlo.

—Si el puente se cae dentro de seis meses, no sirve poner tu aprobación debajo.

El clérigo aceptó el límite. Esa noche ayudaría a mover sacos para mantener seco el depósito, una tarea que no mejoraba el contrato pero era al menos concreta.

El secretario regresó con una caja pequeña. La puso delante de Ivara.

—No quemaron todo —dijo—. Yo guardé esta.

La maga no lo llamó cobarde ni héroe. Abrió la caja y le pidió que identificara las letras que había copiado él.

Mara cerró la puerta de la oficina.

—Si los ayudo, Ordan puede retirar la escolta de los convoyes.

—Si no nos ayuda —dijo Neris—, va a decidir quién vuelve a su ciudad.

La gobernadora miró por el hueco de la ventana. Dos barqueros estaban peleándose por un amarre; una mujer les arrojó agua sucia desde un balcón.

—No tengo una ciudad mejor escondida —dijo—. Esta es la que tengo.

Les entregó una llave de

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hierro.

—La compuerta de los sauces abre con esto. Salgan antes del toque de cierre. Cuando vuelvan, si vuelven, entren por la aduana. Quiero testigos viéndolos vivos.

Antes de que pudieran salir, un estrépito subió desde la calle. Los barqueros habían atravesado tres embarcaciones en el canal de la aduana. Llevaban una semana esperando que les pagaran el traslado de refugiados. Los hombres de Mara querían abrir paso a una barcaza de alimentos. Ninguno estaba dispuesto a ser el primero en retroceder.

La gobernadora bajó sin escolta. Teren la siguió hasta el muelle. La lluvia dejaba redondeles oscuros en el polvo adherido a las cubiertas.

Un barquero le mostró el recibo de su padre, muerto hacía cinco días: la aduana no lo pagaba porque la firma del patrón estaba incompleta. Mara pidió un segundo testigo y levantó la mano una mujer sentada en la cubierta. La habían evacuado con tres nietos y una cabra; el muerto había hecho dos viajes porque la cabra no quería subir. La gobernadora hizo traer

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una mesa y revisó recibos allí mismo. Ofrecía una parte en monedas y otra en grano, y los barqueros todavía regateaban cuando la barcaza de alimentos empezó a empujar una de sus naves contra el muro.

Serik y Elyen saltaron para separar los cascos. Un niño se cayó al agua. Teren lo vio desaparecer entre dos bordas y tuvo la certeza de que llegaría tarde otra vez.

Ivara trazó una corriente corta contra el muro. No elevó una columna magnífica: desvió apenas el agua que entraba entre las embarcaciones. El niño apareció en el hueco y Serik lo agarró del abrigo.

Las naves se apartaron lo suficiente.

Después de que lo rescataron, la maga se sostuvo del poste y respiró con la boca abierta. Un viejo la llamó bruja. La madre del niño le dio una bofetada al viejo y luego abrazó a Ivara sin preguntarle si podía tocarla.

Mara consiguió el acuerdo antes del anochecer. Cuando volvió a la oficina, tenía la falda rota y la llave de la

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compuerta todavía en la mano.

—Este era mi día libre —dijo.

Neris levantó una ceja.

—¿Tienen de esos?

—Es el nombre de los días que pierdo haciendo esto.

Teren permaneció un momento junto a la madre del niño. Se llamaba Ada y hacía redes. Había perdido su casa en una crecida tres años atrás. El concejo le asignó un techo en un barrio seco y ella lo rechazó porque las redes debían trabajarse junto al agua. A Mara le parecía una ingratitud hasta que fue a verla.

—Siempre nos dan un lugar donde no podemos ser quienes somos —dijo Ada—. Después dicen que no queremos salir de la miseria.

Le explicó que su hijo se había caído porque no conocía la nueva orilla. La aduana cambió el nivel del canal para que pasaran barcazas mayores; los escalones quedaron sumergidos y los chicos seguían pisándolos de memoria.

Teren miró el hueco entre los barcos. Cuencapuente no tenía menos escasez que Valdelinde. Tenía más puertas detrás de las cuales esconderla.

Ada le

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preguntó si Ivara volvería por allí.

—Voy a decirle que venga —respondió.

—No para agradecerle. Eso ya lo hice. Tenemos una pared que se moja por abajo y el dueño insiste en que es cosa nuestra. Si ella puede explicar lo que hace el agua, tal vez nos escuche.

El clérigo llevó el pedido. Ivara apuntó la dirección en la misma libreta donde guardaba las pruebas contra el canciller. Teren sonrió al ver juntas ambas cosas.

—¿Te parece una ocupación menor? —preguntó ella.

—Me parece que tenés una libreta demasiado chica.

Ivara arrancó unas hojas vacías de otro cuaderno y se las cosió al lomo con hilo de encuadernar. Era una respuesta literal, casi burlona. Él la ayudó a enhebrar la aguja y, durante esos pocos minutos, dejaron de ser una mujer culpable por no haber acompañado a un correo y un hombre que había traído el peligro a su valle.

En el piso de arriba, Mara firmaba órdenes para detener a personas que podían negarle trigo. Abajo, los carpinteros

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seguían discutiendo por la ventana. Uno de ellos cantaba una canción de Neris con el final equivocado. La gnoma quiso corregirlo y decidió esperar: el hombre llevaba tres clavos sujetos entre los labios.

Ivara guardó su libreta y un rollo de cuerda.

—Voy con ustedes.

Teren quiso decirle que no tenía que pagar la muerte de Iven con otra. Ella ya estaba bajando la escalera y él no encontró una frase que no sonara a absolución barata.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.