La deuda de los que vuelven / 05
4 · El precio del trigo
Primera parte · Las cosas que el agua devuelve
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
La mitad de la harina se perdió bajo el agua con que apagaron el incendio. No hubo muertos entre los vecinos, aunque Teren no pudo salvar los dedos de un aprendiz. Al amanecer, Oren se plantó ante la cama donde el clérigo se había cosido la pierna.
—Te vas.
Teren tenía fiebre.
—Necesitan manos.
—Necesitamos que no vuelvan a buscarlas entre nuestros hijos.
Lina estaba al otro lado de la puerta. Oyó a su padre aprobar desde el pasillo. Teren no podía culparlo sin mentirse.
Serik entró con las fichas de los atacantes. Ninguno de los que quedaron en el pueblo seguía con vida: el preso había conseguido tragarse un polvo mientras lo trasladaban y otros dos murieron en el granero. Los demás huyeron por el canal del molino. El paladín puso las piezas sobre la manta.
—Son fichas de paso. Se usan en obras del canciller para retirar provisiones.
Oren cerró los ojos.
—Él nos mandó trigo.
—También a los hombres que lo quemaron —dijo Neris.
El gobernador la
sujetó del abrigo.
—Tené cuidado con lo que dejás detrás cuando cantás.
Ella no intentó soltarse.
—Eso hago.
El aprendiz apareció antes de la partida con el brazo envuelto. Le faltaban dos dedos. No había llorado delante de Teren desde la operación. Aquella mañana le preguntó si podría volver a sostener las riendas.
El clérigo dijo que tendrían que aprender una forma distinta.
—¿Quiénes?
Teren lo miró.
—Vos y quien te enseñe.
El muchacho asintió sin estar conforme. No quería una frase sobre aprender. Quería saber si algún día podría enojarse por otra cosa.
Le devolvió el gancho con que había ayudado a sacar al correo. El hierro estaba limpio. Su madre lo había fregado hasta quitarle la sangre.
—Llevátelo —dijo—. Acá tenemos otro.
Teren quiso rechazarlo porque pesaba. Después aceptó. Se lo ató a la alforja y no lo llamó recuerdo ni regalo sagrado. Seguiría siendo una herramienta.
Oren salió con un inventario de las cosas prestadas. Anotó mantas, cuerda, dos caballos y el carro. No incluía el gancho.
El gobernador dejó un espacio vacío cuando el clérigo se lo señaló.
—Eso no lo prestó el concejo.
La madre del muchacho miraba desde la esquina. No se despidió. Teren dudó en acercarse. La mujer se volvió hacia su casa antes de que él pudiera elegir. No tenía derecho a reclamarle una palabra que lo dejara partir más ligero.
Serik entregó a sus soldados la orden de proteger el almacén y obedecer a Oren en asuntos de evacuación. El más joven preguntó si recibirían otras instrucciones del depósito. El paladín dijo que debían registrarlas y contrastarlas con el gobernador.
—¿Y si no coinciden?
Serik pensó en lo que le habían enseñado: una autoridad superior resolvía la discrepancia. Allí la superioridad tenía el nombre del hombre cuyos depósitos acababan de aparecer en las fichas de los atacantes.
—Protegen primero a las familias —respondió.
No bastaba como regla para todo. El soldado pareció agradecer que por una vez no se fingiera lo contrario.
Elyen comprobó los cascos de las monturas y la
presión de las cinchas. Neris guardó un puñado de harina en una bolsa seca. No para comerla: quería conservar el olor del molino antes de que la memoria lo volviera solo humo.
Al pasar el puente, Lina alzó la mano sin sonreír. Teren devolvió el gesto.
Ella no bajó la mano hasta que el camino dobló detrás de los avellanos.
Salieron al mediodía con las monturas prestadas y un carro pequeño. Serik dijo a sus soldados que llevaría la declaración del ataque a Cuencapuente. Dos pidieron acompañarlo. Él los dejó custodiando la harina. No era todavía desobediencia; Teren reconoció el esfuerzo que le costaba mantenerla de aquel lado.
Elyen eligió el camino alto. Desde allí vieron Valdelinde reducido a techos, humo y campos oscuros. El roble del cementerio seguía entero. Teren imaginó el cajón de Iven bajo sus raíces, los dedos rotos, la carta que no había terminado. Había querido preservar la identidad del muerto. Ahora se llevaba incluso sus palabras de amor.
—Puedo entregarlas a quien estaban destinadas —dijo
Neris.
Él la miró, sorprendido de que hubiera adivinado.
—¿Sabés quién es?
—No. Pero sé preguntar sin anunciar un secreto al pueblo entero.
En la ribera acamparon junto a un puente derrumbado. Elyen cazó dos peces con una paciencia que irritó a Serik, hasta que el elfo le señaló los insectos agolpados debajo de las hojas.
—Va a llover. Si cruzamos ahora, nos encuentra en la ladera. Acá tenemos techo.
La lluvia llegó en cortinas oblicuas. Cada gota levantaba un olor distinto: polvo de camino, hojas machucadas, cuero caliente. Teren oyó a los pájaros refugiarse sobre ellos y pensó que el mundo daba muchas advertencias. Lo difícil era decidir a cuáles responder.
En el camino, Serik había visto a Elyen arrancar una espina de hierro clavada en la rueda del carro. El cazador la sostuvo sobre la palma y luego se la guardó.
—¿Para qué? —preguntó Teren.
—Para mostrársela a mi padre si vuelvo a verlo.
El cazador rara vez hablaba de su familia. Teren solo sabía que había abandonado
un puesto entre los guardas del este y que enviaba dinero a una persona que nunca respondía. Lo había tomado por el silencio de un hombre reservado. Ahora sospechó que era un asunto que llevaba demasiado tiempo sin encontrar una primera frase.
—Él las mandó poner —dijo Elyen—. Para impedir que cruzaran los carros del clan de la Rama Alta. Les cobraban paso por un puente levantado entre todos. Mi padre decidió que, si no pagaban, no iban a usarlo.
Neris recogió la espina. La punta tenía la forma de un anzuelo.
—Eso se queda en una pata.
—Sí.
La gnoma se la devolvió sin comentario.
Elyen explicó que había protestado. Se acordaba de lo valiente que se sintió al hacerlo, de lo bien que eligió las palabras para que todos lo oyeran. Después se marchó. Las espinas quedaron allí. Dos familias perdieron sus caballos y una niña murió en un carro que no llegó al puesto de cura.
—No sabías que iba a pasar —dijo Teren.
El cazador miró
el hierro en su mano.
—Sabía qué hacía una espina. No quise pensar en el resto.
El clérigo se quedó callado. Había viajado con él durante meses, pidiéndole rutas y consejos, y solo ahora empezaba a conocerlo. Se preguntó qué parte de sí mismo resultaría tolerable a sus compañeros únicamente mientras no preguntasen demasiado.
Neris se acercó al fuego y dejó de afinar el instrumento.
—Mi abuela vendió canciones sobre una mujer que había jurado no mentir —dijo—. A veces las cambiaba según quién pagara. Si escuchás todas, se entiende mucho mejor quién fue ella que si elegís la más limpia.
Elyen la miró con cansancio.
—¿Eso me tendría que consolar?
—No. Nos evita empezar una competencia.
Fue Elyen quien se rio primero. Serik se sentó junto a Teren.
—Si el canciller hizo esto, lo llevaré ante la gobernadora.
—¿Y si ella lo sabe?
El paladín observó cómo el agua llenaba las huellas del carro.
—Entonces tendré que aprender a cumplir mi juramento sin que me lo expliquen.
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