ELDERLANDSLAS CRÓNICAS

La deuda de los que vuelven / 04

3 · El reverso de la carta

Primera parte · Las cosas que el agua devuelve

Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.

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Neris sostuvo la carta sobre el vapor de una olla. El papel comenzó a inclinarse; en el reverso apareció un dibujo hecho con leche y ceniza.

Teren acercó la lámpara. Era un plano de las Catacumbas del Pacto. La ruta comenzaba fuera de Cuencapuente: huertas bajas, ribera de las lavanderas, marismas de las garzas y una compuerta entre sauces. Cuatro trayectos expuestos. Nada de túneles cómodos desde una plaza protegida.

—Los nombres lindos siempre esconden el barro —dijo Neris.

Lina, que había fingido dormir, abrió los ojos.

—¿Nos van a atacar por eso?

Nadie respondió enseguida.

Neris bajó la carta.

—Mi abuela se llamaba Isna. Era la hija de Madruga Senn. Tu correo se llamaba Iven. Me escribió hace once días: encontró pagos que no aparecen en los libros del Consejo. Le dijeron que las partidas eran para reparar diques. Él fue a verlos. Estaban dejando que se pudrieran.

—¿Para inundar algo?

—Para obligar a la gente a aceptar otra reparación.

Teren leyó otra vez la carta generosa de Cael

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Ordan. Conocía al canciller: lo había visto arrodillado en un hospicio, cambiando una venda que los médicos no se animaban a tocar. Su hija murió allí de fiebre, nueve años atrás. No sonreía cuando había pobres cerca; trabajaba. Aquello era más difícil de reconciliar con una conspiración que un tirano de los sermones.

Neris explicó que su abuela nunca cantaba dos veces igual la huida de Madruga. Cambiaba el color de la falda y el número de peldaños. Cuando la familia quería corregirla, ella respondía que las escaleras de un recuerdo no se desgastaban por el mismo lado que las de piedra.

La gnoma creyó durante años que aquello era una licencia de artista. Descubrió después que su abuela había vendido la mitad de un testimonio para conseguir comida en un invierno. Su voz se convirtió en espectáculo justo donde su madre quiso dejar una advertencia.

—Se enojaban entre ellas —dijo—. Mi abuela decía que un relato que nadie quiere escuchar se muere igual que uno perdido. Su madre decía

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que, si para escucharlo había que cambiarlo todo, ya estaba muerto.

Lina dejó de fingir que no escuchaba.

—¿Quién tenía razón?

—Las dos cuando discutían con la otra. Ninguna cuando quería mandar sola.

Teren observó la carta de Iven. Se veía una línea añadida en otro momento, con tinta distinta: «No sé si esto es lo que debo hacer». Debajo había escrito algo que tachó hasta casi romper el papel. El clérigo quiso leerlo a contraluz. Neris lo cubrió con la mano.

—No todo lo que dejó de decirnos nos pertenece.

—Puede ser una prueba.

—Puede ser una cosa cruel que escribió enojado.

Él soltó la hoja. Le pareció que estaba poniendo el pudor por encima de la vida de otros. Después imaginó que alguien reconstruyese su fe con las palabras que alguna vez había escrito para no gritarlas.

Neris apartó la carta amorosa y dejó visible el plano.

Serik, junto a la puerta, oyó solo el final de la discusión. No quiso participar. En su primer destino, un comandante

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había leído en voz alta una carta privada de un desertor para demostrar que era un cobarde. El hombre estaba muerto. Los soldados rieron porque el mando esperaba que lo hicieran. Serik no rio, pero se quedó.

Nunca se había permitido usar aquella diferencia mínima como excusa.

Afuera se había levantado viento. La rueda del molino producía un golpe irregular cada siete vueltas. Lina dijo que una pala debía cambiarse antes de las lluvias fuertes. Mientras hablaban del Pacto, ella seguía oyendo una avería que podía dejar al valle sin harina.

Teren quiso pedirle que descansara. La vio mirar el techo, atenta a cada crujido. No estaba allí para escuchar aventuras de viajeros.

Era su casa la que los alojaba.

Elyen golpeó la ventana con dos dedos.

—Vienen seis. Por el azud.

Los primeros proyectiles atravesaron la puerta cuando Teren todavía estaba doblando el plano. La olla se rompió y el vapor apagó media lámpara. Elyen tiró de Lina hacia el suelo. Neris se metió bajo la mesa con la

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bandurria abrazada al pecho.

Teren tomó el gancho de levantar sacos. El hombre que entró por la ventana llevaba el rostro cubierto por lino gris. Buscó el bolsillo del clérigo antes de levantar el cuchillo. Teren le golpeó la muñeca y la punta se le hundió en el muslo.

El dolor le dio una claridad horrible. Recordó dónde pasaba la arteria. Recordó que debía gritar para que lo auxiliaran. En cambio gritó el nombre de Lina.

Serik irrumpió por la puerta trasera con el escudo en alto. Hizo retroceder al atacante contra la rueda de engranajes. Un segundo hombre huyó al ver sus insignias. El primero, atrapado, intentó arrancarse algo del cuello. Elyen lo inmovilizó con el pie.

Era una ficha de cobre. Mostraba la misma puerta y cinco trazos del estaño.

—¿Quién los manda? —preguntó Serik.

El hombre escupió sangre y miró a Lina.

Teren apretó la herida de su pierna con las dos manos. Por primera vez deseó poder hacer un milagro que no tuviera nada que ver

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con curar: deseó obligar a alguien a decir la verdad.

—No tenemos tiempo —dijo Elyen.

Fuera ardía el techo de paja del granero.

El aprendiz herido salió de su casa para ayudar a levantar una escala. Tenía la mano vendada contra el pecho y la otra cerrada sobre una cuerda. Teren lo vio entre el humo y quiso mandarlo a la cama. El muchacho ya estaba subiendo.

Lina corrió a la rueda del molino para detener la alimentación del granero. Si el eje seguía girando, llevaría polvo encendido hasta la cámara de las piedras. La palanca estaba en el cobertizo que acababan de atravesar las flechas.

Teren intentó seguirla y cayó sobre la pierna abierta.

La caída no tuvo nada de heroico: había pisado mal, tenía sangre dentro de la bota y el cuerpo se negaba a sostenerlo. La muchacha lo vio caer sin detenerse. Al cabo de un momento, la rueda dejó de girar.

Elyen lo arrastró hasta un muro.

—No necesito que me salves —protestó el clérigo.

El

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cazador lo dejó sentado sobre un montón de grava.

—Qué suerte. Porque ahora tengo que buscar a los otros.

Serik cortó las amarras del carro para llevarlo hasta la cisterna. Los vecinos habían formado una cadena de cubos. Neris corría de una punta a otra repitiendo las órdenes que no se oían entre los gritos. Su voz aguda encontraba pasajes donde las voces graves se disolvían en el ruido.

Teren apretó su herida y atendió a quienes podían llegar hasta él. Un hombre había respirado demasiado humo. Lo hizo sentar inclinado hacia delante. Una niña tenía una quemadura en el brazo; la enfrió con agua mientras su padre intentaba cubrirla con grasa.

El aprendiz bajó de la escala con la mano ensangrentada. Había perdido la venda. Miró al clérigo como si quisiera disculparse por estropear el trabajo de la mañana.

Teren lo sentó a su lado.

—¿Y el arado? —preguntó, para que no mirase los dedos.

—Le puse un nombre.

—¿Cuál?

El muchacho dio una respuesta tan obscena que la

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niña quemada empezó a reír. Le dolía reír y tuvo que parar. Después volvió a intentarlo.

Teren supo que también iba a recordar aquello. El horror no tenía derecho a quedarse con todas las imágenes de la noche.

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Glosario

Ruptura
El acontecimiento que atraviesa el prólogo y el pacto entre las cuatro ciudades.
Albarroca
Ciudad de piedra clara, tejados azules y terrazas junto al agua.
Valdelinde
Ciudad de colinas, huertos y casas de entramado, alrededor de un gran roble.
Cuencapuente
Ciudad de puentes, canales y muelles; lugar de origen de Madruga Senn.
Brasanegra
Una de las cuatro ciudades representadas en el pacto de la Ruptura.
Madruga Senn
La escriba que abre esta historia, en la noche de la Ruptura.