La deuda de los que vuelven / 03
2 · La mano generosa
Primera parte · Las cosas que el agua devuelve
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Los jinetes llevaban sacos de avena delante de las sillas. Por detrás venían dos carretas con harina y sal, escoltadas por hombres de la Armada. El paladín que cabalgaba primero alzó la mano abierta.
—Serik de las Terrazas. Traemos auxilio del canciller.
Oren bajó la lanza tan deprisa que se hirió el pie.
La carta venía sellada por Cael Ordan y por Adela Veyr, gobernadora de Albarroca. Anunciaba un proyecto de restauración de caminos, diques y refugios. Pedía que las ciudades enviaran sus registros de desaparecidos y que los retornados recibieran protección hasta esclarecer su condición. El valle necesitaría la harina antes de una semana.
—No se cobra tributo —dijo Serik cuando Oren buscó el renglón.
Tenía una voz áspera, más de hombre acostumbrado a dar explicaciones en la lluvia que a proclamar victorias. Teren le mostró al correo sin mencionar el estaño.
El paladín se arrodilló a su lado.
—Este salió de Cuencapuente. Lo busqué en el puente del Fresno. Había sangre, pero no cuerpo.
—¿Conocías su encargo?
—Cartas.
Listas de muertos. Lo que todos llevamos ahora.
Le cerró mejor los párpados. Después pidió permiso para enterrarlo. Teren lo acompañó al cementerio bajo el roble grande. Serik cavó con una pala prestada, se sacó los guantes y aceptó las ampollas sin comentario.
—Los hombres que lo atacaron no eran bandidos —dijo Elyen al caer la tarde—. Dejaron la plata.
Serik siguió cavando.
—Hay guerras para las que la plata pesa demasiado.
Teren esperó a que el cazador se alejara.
—En Albarroca, ¿qué hacen con quienes vuelven?
—Comida. Descanso. Preguntas.
—¿Pueden irse?
La pala dejó de golpear.
—Con escolta si su familia los reclama.
—No pregunté eso.
El paladín clavó la pala en la tierra.
—Yo tampoco escribo las leyes.
Durante el reparto de harina, el viejo Arven llegó dos veces a la fila con sombreros distintos. Serik lo reconoció por la manera de arrastrar una pierna. Le cerró el paso, le pidió la ficha y vio que solo había recogido media ración la primera vez.
—Somos cuatro en la
casa —dijo el hombre.
El registro decía tres. La hija mayor se había casado en otro barrio y, según las cuentas, ya no debía comer allí. Había vuelto después de que su marido la golpeara. Oren todavía no había encontrado cómo explicar aquello en una casilla.
El encargado de la carreta dijo que no podía modificar la lista sin autorización. Si entregaban de más, al final alguien se quedaría sin nada. Arven respondió que al final siempre era él. Los vecinos empezaron a hablar al mismo tiempo.
Serik levantó un saco y pidió una balanza.
Lo pesó delante de todos. Después pesó los otros nueve del primer carro. Uno tenía menos de lo declarado. Dos estaban mojados por abajo. La diferencia no alcanzaba para solucionar el problema, pero reveló que la cifra con la que estaban discutiendo ya era una ficción.
—¿A quién pertenecen estos carros? —preguntó.
—Al depósito de la Mano —respondió el encargado.
—Entonces el depósito va a recibir una cuenta corregida.
Ordenó abrir un saco de reserva.
El encargado le advirtió que el reglamento permitía cargar la diferencia al oficial que decidiera hacerlo.
Serik le dio su nombre completo.
Teren observó cómo firmaba: como alguien acostumbrado a pagar de su bolsillo las pequeñas excepciones, sin preguntar nunca quién había creado la necesidad de hacerlas.
Cuando la fila volvió a moverse, Arven quiso llevarse dos medidas enteras. El paladín le tomó la muñeca.
—Una más por su hija. No dos.
El viejo lo insultó. Serik esperó a que terminase y le entregó la medida que le correspondía.
Teren se acercó después.
—Podrías haberlo dejado pasar.
—Sí. Y el próximo iba a necesitar otra hija.
—¿No confiás en ellos?
Serik miró los sacos vacíos.
—Confío en que tienen hambre. Es bastante más seguro que confiar en que van a ser buenos porque yo esté mirando.
La respuesta no le gustó al clérigo. Más tarde, al encontrarse el mapa y las fichas de cobre, tuvo que reconocer que seguía pensando en ella.
En el cementerio, Serik encontró una piedra suelta
entre las raíces. Llevaba un nombre que Teren no podía leer. El clérigo quiso girarla para que no siguiera gastándose boca abajo; el paladín le pidió que la dejara un momento donde estaba.
Los soldados de su compañía hacían eso antes de enterrar a los propios: buscaban un nombre anterior para que nadie creyera ser el primer muerto de una tierra vacía. La costumbre no venía de la Armada. Serik la había aprendido de una mujer que pasó de cazadora a soldado después de perder su aldea.
—Mi maestro decía que no debíamos mezclar usos —contó Teren.
—El mío decía que no hiciéramos rituales que ocuparan más tiempo del que necesitaban los vivos.
El clérigo sonrió. Serik no se burlaba de las plegarias. Se arrodilló cuando Teren empezó a preparar el cuerpo, sostuvo la tela y aguardó a que terminase.
Teren leyó el nombre del correo de la libreta de paso. Le sorprendió que escribirlo le costara más que pronunciar la oración completa. Hasta entonces le había dado un título:
muerto, mensajero, víctima. El nombre lo devolvía a una vida que no conocía.
Serik puso sobre la tumba una piedra pequeña. Venía de otro camino.
—Para que tenga de dónde seguir —explicó.
—¿Creés que sigue?
El paladín tardó.
—Creo que mi padre necesitó hacerlo cuando murió mi madre. No quise quitarle también eso.
Si lo apuraba, obtendría una respuesta más orgullosa y menos cierta. Teren se quedó callado.
Desde abajo del cementerio llegaban discusiones por el reparto. El encargado de las carretas había anotado el grano adicional y seguía reclamando una firma. Serik lo llamó, apoyó el papel sobre una lápida y firmó. Teren iba a advertir que no era un escritorio. Al ver la mano del paladín detenida para no borrar el nombre grabado, decidió que la falta de respeto habría sido otra cosa.
Una vecina trajo flores de calabaza. No tenía otras. Las dejó junto al barro fresco y volvió enseguida al trabajo.
Fue un entierro pequeño, sin señal del cielo, sin respuesta bajo la tierra y sin
campana. Lo hicieron con cuidado, y eso fue todo.
Cuando ya se iban, una gnoma subió al muro del cementerio con una bandurria y anunció que se llamaba Neris, que tenía hambre y que sabía una canción apropiada. Oren quiso echarla. Ella empezó a cantar antes de que pudiera alcanzarla.
La canción hablaba de una copista que escondió una lámina en la harina. Había errores deliberados: una ciudad quedaba en la montaña equivocada; Hara era un anciano; el cuchillo pertenecía a la mujer que lo había recibido. Teren notó que, cada vez que equivocaba un nombre, Neris miraba las caras.
Cuando terminó, los vecinos habían dejado pan en su sombrero.
Teren la encontró comiendo detrás del roble.
—¿Quién te enseñó eso?
—Una abuela que no sabía leer. ¿Vos ya encontraste la mitad?
Él miró hacia Serik. El paladín estaba dando de beber a su caballo.
—Esta noche —dijo Neris—, cuando todos duerman, vení al molino. Y traé el papel de la carta de amor. A veces el amor es la
mejor manera de pasar algo por una aduana.
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