La deuda de los que vuelven / 02
1 · Un hombre sin campana
Primera parte · Las cosas que el agua devuelve
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
Antes de que encontraran el cuerpo, Teren había prometido una cosa que no podía cumplir.
La madre del aprendiz herido lo esperaba en el hospicio del valle con una gallina bajo el brazo. La noche anterior, el muchacho se había clavado una astilla de arado en la mano. Teren limpió la herida, sacó la madera y dejó una venda húmeda. Al amanecer, los dedos estaban hinchados. Necesitaba la corteza de un árbol que no crecía en el valle y una infusión que se había terminado hacía tres semanas.
—Hoy llega una carreta —dijo.
La mujer apoyó la gallina en una cesta.
—¿Qué vas a necesitar además de eso?
Él miró al animal como si hubiese entrado por su cuenta.
—No te la puedo aceptar.
—No te pregunté si podías.
Era una mujer que había aprendido a negociar comida con hombres más altos. Llevaba un pañuelo atado a la muñeca y la ropa del domingo debajo del delantal. Teren sospechó que se había vestido así para que la curación pareciera algo
que podía comprarse entero, con sus ahorros y su dignidad, en vez de mendigarse.
Le devolvió la cesta.
—Me hacen falta telas limpias. Traé las que puedas hervir. La gallina te sirve para poner huevos.
El muchacho, sentado sobre la mesa, lo miraba sin atreverse a llorar. Tendría quince años. Teren le tocó el brazo para que dejara de vigilar cada movimiento de la madre.
—¿Cómo se llama el arado?
El niño frunció el ceño.
—No tiene nombre.
—Mala señal. Las cosas a las que ponemos nombre suelen tratarnos mejor.
—El caballo se llama Jaro y me mordió dos veces.
Su madre soltó una risa breve. Luego pidió que el dios del clérigo conservase la mano de su hijo. Teren dijo que haría todo lo posible. No había dicho lo mismo. Los tres lo supieron y los tres fingieron que sí.
Cuando se quedó solo, abrió el armario de las ofrendas. Había un collar barato, tres monedas y dos figuras de Ilyndra hechas con pan duro. Ninguna caravana aceptaría aquello
a cambio de remedios. El valle había cambiado demasiadas veces la riqueza de los vecinos por el derecho a seguir pasando frío.
Fue al molino a preguntar por la carreta.
Oren lo interceptó en la plaza. Tenía una lista de familias y una discusión pendiente con el panadero, que se negaba a entregar harina por promesas del concejo.
—Anotá cuántas vendas gastás —le pidió el gobernador.
—Las anoto.
—Y cuántas bendiciones.
Teren pensó que se burlaba, hasta que vio la hoja. El concejo había prometido al hospicio de Albarroca un número de oficios a cambio de mantener al clérigo en el valle. Le habían explicado aquello cuando aceptó el destino. Él imaginó una manera de garantizar atención a quienes no podían pagarla. Ahora veía a Oren tratando de decidir si bendecir una parcela equivalía a dos entierros o a medio parto.
—No las cuentes —dijo.
—Alguien las cuenta igual. Prefiero saber qué debe el pueblo antes de que vengan a cobrármelo.
Teren se guardó la respuesta que le habían enseñado
sobre el don sin precio. La fórmula parecía escrita para gente que nunca había tenido que decidir a quién darle el último saco.
En el molino, la hija del molinero buscaba un cuchillo que había perdido entre las piedras. Le pidió que la ayudara a correr una tabla. Al agacharse, Teren vio el pez atrapado en una bota.
El correo había quedado sentado en la acequia, sujeto por la bota a una raíz.
El agua le llegaba al pecho. Llevaba la librea de los correos del este y una flecha partida bajo el brazo. Teren dejó en el borde la bolsa de remedios, entró hasta las rodillas y le sostuvo la cabeza. Todavía estaba tibio.
—Llegaste tarde —dijo la muchacha desde la rueda.
Se llamaba Lina y tenía la costumbre de contar las campanadas con los dedos, como si temiera que alguna pudiera escaparse. Esa mañana las campanas de Valdelinde no habían sonado. El gobernador las reservaba para los ataques y para los entierros con cuerpo identificado. Habían empezado a
escasear ambas cosas.
—Ayudame a sacarlo —pidió Teren.
Ella no se movió.
—Si vuelve mientras lo tocás, ¿vuelve por tu culpa?
Teren había aprendido ocho respuestas para esa pregunta. En el hospicio de Albarroca, bajo el mosaico de Ilyndra, se las hacían repetir a los clérigos jóvenes. La muerte era tránsito; el regreso, don; el don exigía servicio. Allí, con el barro succionándole los tobillos, ninguna le pareció honrada.
—No sé por qué vuelve alguien —dijo—. Pero sé lo que pesa un hombre mojado.
Lina bajó.
Lo tendieron sobre una puerta. El correo apretaba un cilindro de cuero contra el vientre. Teren no pudo abrírselo de la mano sin quebrarle dos dedos. Lo hizo después de cubrirle la cara, enojado consigo mismo por aquella cortesía tardía.
Dentro había un permiso de grano, una carta de amor sin terminar y un trozo de estaño envuelto en lana. El fragmento tenía apenas cuatro palabras: «no será de ninguno». Una segunda escritura, mucho más reciente, decía: «Pregunte por la copista. No entregue esto
al Consejo».
Teren reconoció el dibujo del margen: una puerta atravesada por cinco trazos. Lo había visto detrás del altar de Albarroca, raspado y cubierto con yeso.
Un perro comenzó a ladrar al otro lado del arroyo. Luego se calló. Las aves que picoteaban en la huerta abandonaron los surcos y volaron hacia la loma.
Elyen apareció entre los avellanos con el arco sin encordar. El elfo cazador tenía una oreja vendada y sangre seca en el cuello.
—Llévenlo adentro. Ahora.
—¿Qué viene?
—Hombres que hacen que los animales se aparten de su camino.
Teren miró al cadáver. Había servido durante seis meses en aquel valle, limpiado fiebres, bendecido semilla, discutido con madres sobre el agua de beber. Nunca había decidido nada que pusiera en peligro a todos.
Oren Linde llegó desde la plaza con cuatro vecinos y una vieja lanza. La panza le tensaba el chaleco de gobernador; el miedo le volvía pequeños los ojos.
—Dame lo que traía —dijo.
Teren cerró el cilindro.
—Lo vamos a leer juntos.
—Te mandaron para atender enfermos.
—Este llegó enfermo de algo que nos concierne.
Los vecinos empezaron a salir de las casas sin saber qué peligro estaban mirando. Una mujer traía una cuchara en la mano. Otro cargaba una azada recién afilada. El hijo del panadero se puso el delantal como si fuese una defensa y después se lo quitó, avergonzado de que alguien lo hubiera visto.
Teren quiso ordenar que llevaran a los chicos a la iglesia. Oren se adelantó.
—Al horno —dijo—. La iglesia tiene dos puertas y el horno, cuatro.
El clérigo conocía mejor las ventajas del templo para sostener una defensa en los relatos que la forma real del edificio. Se apartó para dejar pasar.
Lina fue a buscar a la madre del aprendiz. La encontró intentando terminar una costura. No quería abandonar una camisa que estaba cobrando por adelantado; si no la entregaba, debía devolver harina que ya habían comido. Lina le quitó la prenda, se la puso alrededor del cuello y cargó una cesta para
que la mujer pudiera sostener al hijo.
Arven llegó hasta la acequia y reconoció al correo. Había pasado por allí otras veces. Siempre dejaba que su caballo bebiera antes de preguntar cuánto faltaba.
—No era un hombre apurado por costumbre —dijo.
Elyen volvió sobre los rastros. La sangre comenzaba lejos, junto a un sauce. Había conseguido desmontar después del ataque y arrastrarse por el borde para no quedar expuesto. La corriente lo llevó el último tramo. El cazador señaló una huella que salía del agua: Iven intentó levantarse.
Entre la flecha y el molino, Iven había tomado decisiones que nadie iba a conocer. Teren pensó en las cuatro palabras del estaño y apretó el cilindro contra el cuerpo.
Oren le pidió que lo llevara a la casa del concejo.
—Si tenemos que entregarlo, lo decidimos con otros.
—¿Y si vienen a buscarlo sin decidir?
El gobernador miró la lanza. La sostenía como se sostiene una escoba ajena.
—Entonces al menos no voy a poder decirme después que estaba solo.
Teren
sintió vergüenza por haber confundido el miedo del hombre con falta de valor. Lo siguió hasta el concejo, donde dejaron el cuerpo a la sombra. La mujer de la cuchara entró detrás y puso un vaso de agua junto al muerto antes de recordar que ya no podía beber.
Nadie se lo retiró.
Desde el camino se oyó un cuerno. Lina retrocedió hacia la rueda del molino. El muerto, bajo la tela, no hizo nada extraordinario. A Teren le pareció de pronto que eso era lo más terrible de la mañana.
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