La deuda de los que vuelven / 01
Prólogo · La última cuenta
Pasá las hojas con las flechas o deslizá sobre el papel.
La primera señal fue que las ranas dejaron de cantar.
Madruga Senn las había oído en las cisternas desde niña, aun en los inviernos en que el hielo cerraba los canales superiores. Su padre decía que las ranas de Cuencapuente no necesitaban verano: les bastaban las pérdidas de las cocinas y el calor de las casas. Aquella noche de la Ruptura, bajo el salón del Consejo, el silencio subió por los peldaños antes que el agua.
Madruga estaba copiando cuatro nombres en una lámina de estaño. Tenía tinta en la muñeca y una hija dormida contra su costado. Sobre la mesa, los enviados de las cuatro ciudades esperaban que terminase. Nadie quería firmar primero.
—No es una victoria —dijo la mujer de Brasanegra.
Había dejado una espada mellada sobre el tablero. La hoja conservaba pelos blancos atrapados en una grieta: no humanos, no de animal conocido por Madruga. El hombre de Albarroca apartó de ella su manga azul.
—Es una puerta que podemos cerrar.
—Desde este lado —respondió la mujer.
La enana Hara del Dique puso la mano sobre el mapa. Sus uñas estaban rotas. Bajo sus dedos, las líneas de los ríos atravesaban poblaciones que ya habían dejado de existir.
—Ciérrenla. Pero escriban quién queda fuera.
Madruga mojó la pluma. En el papel de los acuerdos había sitio para los graneros que se repartirían, para los caminos que vigilaría la Armada, para las amnistías ofrecidas a la Horda. No había columna para los que aguardaban regreso.
La niña despertó cuando una sacudida dobló la llama de las lámparas.
—¿Es él? —preguntó.
Madruga no contestó. Su marido llevaba once días muerto. La muchacha aún contaba las noches como si fuesen escalones y pudiera llegar al último.
Del corredor vino un ruido de pies mojados. El guardia abrió y una mujer entró sin que nadie la hubiese autorizado. Llevaba un vestido de viaje atravesado por una quemadura; en su garganta, la herida que la había matado parecía una cicatriz de muchos años. Madruga la había visto bajo una manta esa misma
tarde.
—No firmen la propiedad —dijo la recién llegada.
El representante de Albarroca se levantó.
—¿Quién te envía?
—Yo estaba muerta. No era un lugar desde donde obedecer.
La mujer tuvo que sostenerse de la mesa. Hara le acercó una silla, pero ella se aferró al mapa.
—Hay voces al otro lado. No cantan juntas. Una pide forma; otra, que recordemos. Una quiere quemar lo que ha terminado. Otra guarda las semillas. La quinta…
Se llevó la mano a la boca. Sangraba, aunque su herida ya estaba cerrada.
—La quinta mantiene abierto el umbral. Todas tienen límites. No dejen que un hombre los ocupe.
Se tocó el pecho, debajo de la clavícula, como quien busca una moneda que no recuerda haber guardado.
—Y al volver traje algo. Acá. Calienta como una astilla de luz. No me lo pidan, porque no se puede dar.
El agua entró bajo la puerta. Primero olió a barro; después, a hojas y a hierro. Las ranas cantaron a la vez y callaron de nuevo.
Madruga
vio el renglón que el emisario azul había añadido al acuerdo: «Todo aquel que retorne quedará sujeto al custodio del sello». La frase estaba trazada con una tinta más oscura. No figuraba en el borrador que ella había copiado al amanecer.
El hombre desenvainó un cuchillo de escritorio.
Hara volcó la mesa sobre él.
Las lámparas se apagaron. Madruga alzó a su hija. Mientras corría hacia la escalera de servicio, oyó a la enana partir la lámina de estaño con un golpe de martillo. Algo pequeño le chocó en la espalda y cayó en el pliegue de su falda.
—¡Llevá la cuenta verdadera! —gritó Hara.
Madruga no vio quién cerró la puerta ni cuánto tiempo resistió. En el patio, la noche estaba llena de campanas tocadas a destiempo. Las aguas de cuatro canales corrían hacia la misma plaza. Un puente entero giró lentamente, con las personas todavía aferradas a sus barandas, y se hundió sin levantar una ola grande.
En la esquina de las tintorerías encontraron a un guardia atado
a una reja.
La corriente le llegaba a la cintura y seguía subiendo. Los refugiados pasaban sin soltarlo. Había defendido el cierre del canal esa misma mañana. Madruga lo reconoció por una cicatriz en la nariz y por la manera en que había apartado a una mujer del puesto de reparto.
El guardia pidió un cuchillo.
La copista llevaba el de recortar pergaminos. No servía para cortar una cuerda gruesa de un golpe. Tendría que acercarse. La niña se aferró más a su cuello cuando la sintió bajar por la escalera.
—Nos va a llevar el agua —dijo.
Madruga miró hacia el puente que acababa de hundirse. Era cierto. Podían perder la salida por ayudar a alguien que quizá las detuviera si conseguía volver a mandar.
Puso a su hija en un nicho alto y se metió en el agua.
El guardia intentó agarrarla. Ella se apartó antes de que la arrastrase con su desesperación.
—Quedate quieto.
El hombre obedeció durante dos respiraciones y volvió a sacudirse. Madruga apoyó la
mano contra su hombro y le mostró la hoja diminuta.
—Si me hacés perderla, no tengo otra.
Cortó una fibra, después otra. El agua tenía una fuerza que no parecía venir de ninguna dirección. Arrastraba cucharas, flores, una puerta de armario. El guardia empezó a llorar con la cara pegada al hierro.
Cuando la cuerda cedió, no pudo ayudarlo a subir. Se limitó a señalar una cadena en el muro. El hombre se aferró a ella y avanzó hacia el patio.
Madruga recogió a su hija.
El guardia las siguió una cuadra. Quiso darle su capa. Ella se negó porque necesitaba mantener libres los brazos y la prenda pesaba demasiado mojada. El hombre insistió hasta comprender que no podía decidir qué forma debía tener el agradecimiento de la persona que lo salvó.
Se separaron en la cuesta.
La niña preguntó si aquel hombre era bueno.
Madruga pensó en la mujer apartada del reparto, en las cuerdas y en las manos agarrando la reja.
—Hoy estuvo atado —respondió.
No era una
explicación suficiente para una niña. Tal vez nunca la hubiese para nadie. Siguió subiendo hasta que el agua empezó a quedar detrás.
En el bolsillo de la falda sintió el fragmento de estaño. Le golpeaba la pierna con cada paso. Durante un instante deseó tirarlo y llevar solamente a su hija, dejar que otras personas decidieran qué significó la noche.
Lo conservó.
No porque supiera que el mundo iba a necesitarlo. Porque había visto unas palabras cambiar de dueño sobre una mesa y no soportaba entregárselas también en su recuerdo.
Muchos años después dirían que la Ruptura había sucedido por la cobardía de los mineros y la soberbia de los dioses.
Madruga guardó el fragmento de estaño en un saco de harina. Se pasó el resto de su vida corrigiendo la historia con voz tan baja que solo alcanzaban a oírla quienes dormían a su lado.
Su hija aprendió la primera versión antes de saber leer.
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